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Máscaras de carácter
La descripción que ustedes hacen de Menem nos recordó las máscaras de carácter. Nos
pusimos a buscar en la estantería polvorosa de nuestra casa en Berlín un párrafo de Marx,
en el que habla sobre las máscaras de carácter. Este párrafo trata de las condiciones de
explotación laboral en la que tiene lugar la creación de valor. Máscara de carácter
denomina Marx a un simulacro en el que los medios de producción - "construcciones,
maquinaría, drenajes, animales de trabajo, aparatos de cualquier tipo" - no se cuentan
como parte de los que los producen sino como parte del capital, como su propiedad o
inversión. Estos medios de producción son, como la mercancía, trabajo pasado, que siempre
se disfraza con la máscara del capital. Nosotros conocemos este simulacro en su forma
actual, como aparece en el debate de los años '90, cuando - cegado por los espectaculares
negocios de bolsa de la nueva economía - se afirmaba que el capital gracias a la nueva
tecnología y a la nueva comunicación también podía crear valor a partir de sí mismo. Esto
se proclamaba en los grandes centros de Occidente sin tener en cuenta con qué se pagaba
este espectáculo bursátil. Ni siquiera había que considerar la hiper-explotación en las
"lejanas" zonas productoras de exportación o los "sweatshops". Bastaba tener en cuenta
los salarios y las condiciones de trabajo de los obreros de la construcción en el
Potsdamer Platz en Berlín o los "sweatshops" en el barrio del Once en Buenos Aires, de
cuyas existencias cuentan los montones de tela que aparecen todas las tardes en las
veredas, hoy pobladas de cartoneros. O piénsese en el salario que pagaba el fabricante
Jacobo Brukman a las obreras que producían trajes para Dior. ¿Qué tiene que ver este
debate sobre la creación de valor y la máscara de carácter con Menem?
Hace meses que nos sorprendió el arrojo de Menem: atreverse a presentarse otra vez como
candidato. Los primeros carteles que vimos, "Menem 2003", nos recordaron, por su
tipografía, a los anuncios de un circo, donde primero aparece el nombre y luego se
completa con el lugar y los horarios. O a las estrategias de publicidad que inculcan una
marca en la consciencia de la gente simplemente nombrándola - una lacónica demostración
del poder de estar presente. Menem, quien hace dos años fue arrestado y era el símbolo de
la insurrección de todos los estafados, reapareció en público como tipografía. Solamente
hacia finales de la campaña electoral los hacedores de la estrategia se atrevieron a
exponer su retrato, pero oscuro y cortado por líneas horizontales como detrás de una
persiana o la impresión de un grabado en video de mala calidad. Apareció antes con el
slogan: una marca registrada - un producto de marca comprobado. Entonces, ¿qué pasa si
Menem es una marca? ¿Qué trabajo pasado está acumulado en él?
En 1995, la revista "Die Beute" publicó un ensayo de Maurizio Lazzarato sobre Benetton y
Berlusconi que nos impresionó mucho. Lazzarato describió un nuevo tipo de gerente
político que está muy unido a la industria de los medios. Su equivalente se encuentra en
el traslado de la producción (p.e. en la industria textil) y en una técnica cultural
paralela que crea logos que le dan un valor emotivo a la mercancía. Y eso se hace
construyendo la marca/la imagen con contenidos políticos - como si en los clips
publicitarios retornaran los sujetos que han sido expulsados por las nuevas economías. No
nos quedaba muy claro lo que tenían en común la marca Berlusconi y las marcas y sujetos
Benetton, Tommy Hilfiger o Nike mientras no nos dimos cuenta de la perfección con la que
podían ocultar las condiciones de trabajo en la nueva producción trasladada. Trasladar no
significa necesariamente "embarcado a un país lejano", sino borrado de un contexto
social. La moralidad de este contexto parte todavía de la idea de una población que
enriquece la sociedad por su desgaste en el trabajo y en el consumo. El personaje del
representante político encarna la continuidad de este modelo. El gerente político
traslada este modelo; pone en escena algo que ya no existe. Lo escenifica convirtiéndose
en producto de una campaña.
El retrato de Menem es un zombie que asusta. Cuentan que después de su último lifting
apareció en público con el pómulo hinchado. Menem dijo que le había picado una abeja.
Vivimos un susto parecido en Berlín cuando nos encontramos, sin preparación alguna, con
un retrato gigante de Hannelore Kohl. (Hannelore Kohl es la esposa difunta del
ex-canciller alemán Helmut Kohl, cuya época terminó en un escándalo de proporciones
inmensas. Pero no hay "iluminación" en este caso, porque Kohl se niega a declarar.) Era
el anuncio de un concierto a beneficio de víctimas de accidentes de tránsito. Lo
espantoso del retrato era la mezcla de pequeña burguesía y honras fúnebres - y la promesa
del estilo de vida de buen hombre: blusa blanca, cabello ondulado, un taller fotográfico
que usa esta iluminación anticuada con focos laterales, creando un fondo difuso para que
la cara no contraste sino se integre.
El susto ya no es un susto ante la ideología con la que las dos máscaras / las dos marcas
/ se produjeron - la una es la pequeña burguesía de la Guerra Fría, la otra la
subalternidad neoliberal y la promesa vacía de EXITO (que tiene para nosotros un doble
sentido de éxito en castellano y la denominación clínica de muerte/exitus en alemán). No,
es el susto que provoca el hecho que detrás de estos carteles aparezca por un momento el
poder - desnudo, como arbitrariedad que no necesita legitimación. Sin embargo, todavía se
cuentan cuentos - familias blancas, autos y puestos de trabajo, en serio, como tienen que
añadir las campañas de Kirchner. Pero estos cuentos están muy bien separados del poder
que los deja contar. Tal vez para no dejarnos atrapar por la nostalgia, queremos
dedicarnos otra vez a estos cuentos y su constelación específica con el poder. En los
puestos de los vendedores de libros usados en Buenos Aires encontramos un atlas de 1950
que se llama "La Nación Argentina". Muestra gráficos y estadísticas que cuentan la
historia de la felicidad nacional, que es equivalente con el bienestar del pueblo -
alimentación, educación, salud, colonización. Todo esto está asegurado por la persona del
general Perón en la primera página y por la autarquía de una industria nacional que
promete puestos de trabajo y pide disciplina y obediencia. Es un libro de propaganda del
Peronismo que se distribuyó en todas las escuelas. Si ahora miramos este libro, lo
hacemos con la fascinación de que hoy parece haberse realizado el contrario, y a la vez
con un horror de que podría pasar si la felicidad nacional se contara de nuevo y cuales
serían las máscaras de la autoridad.
A.C./A.S., Berlín, mayo de 2003
Nota
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