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Fotografía
Una fotografía se encuentra frente a nosotros, lectores de un diario: Página 12 - del
domingo 23 del febrero de 2003. Esta foto no nos llamó la atención de inmediato. Es
decir: no nos hizo pensar cuando pasó frente a nosotros en tanto lectores habituales de
los Página 12 del Domingo. Sin embargo, sí nos llamó la atención el artículo que la foto
pretende ilustrar proveyéndole una imagen que a pesar de estar allí de manera accesoria,
o complementaria, fue de a poco tornándose mas relevante aún que el artículo mismo.
El artículo en cuestión se titula: El turismo piquetero. Este título atrae el interés en
la Argentina actual. El subtítulo, en cambio, refuerza el efecto banal que la palabra
"turismo" antepone al mas dramático "piquetero". Dice así: "los extranjeros que vienen a
la Argentina a observar los nuevos movimientos sociales". Este artículo - cuyo subtítulo
resume lo esencial - viene acompañado de uno menor, que completa la página y que se
titula Le armamos su circuito más nac y pop. La ironía no sorprende en Página. El tema,
con tono de "nota color", sin embargo produce curiosidad.
En una primera lectura, la foto no agrega demasiado: no nos detuvimos en ella.
Pero otra mirada nos advierte de la fotografía. Se trata de dos personas enfrentadas. Una
de ellas -de frente- posee el rostros cubierto por un pañuelo (que también podría ser una
remera) con un estilo entre zapatista y palestino (es decir, piquetero). Sólo se le ven
los ojos. Parece ser un joven. Se halla tras una bandera que le cubre la mitad del cuerpo
- del torso hacia abajo -. La otra persona se encuentra de perfil. Es una mujer de edad
media. Su cara se halla descubierta. Es rubia y lleva el pelo atado. Se encuentra mirando
al piquetero, a la vez que empuña una viejísima cámara de video de los ´70.
Andreas y Alice quedan afectados por esa imagen. Se trata para ellos de una imagen muy
fuerte: ¿por qué?: muestra más de lo que hubiéramos podido ver a simple vista. El
piquetero no tiene rostro. Su presencia es definitoria, pero de una manera llamativamente
pasiva. En cambio la mujer sí lo tiene. Tiene rostro y gestos. El piquetero está en
desventaja: la acción recae sobre ella. Ella filma con una vieja cámara. No parece ser
argentina. Tampoco oficia de latinoamericana ni de tercermundista. Es canadiense,
norteamericana o europea, o eso quiere parecer. Su procedencia queda sugerida: viene de
un lugar en donde es fácil vivir.
Ella filma al piquetero. El se deja mirar, ella mira. La fotografía tiene por objeto la
mirada de ella.
Y bien: su mirada está tomada a partir de los dos extremos de su máquina. De un lado está
quien mira, y del otro lo que mira. Quién mira?: una mujer con su vida resuelta, que se
encuentra - además - sólo de paso por el país. Es evidente que no posee ningún compromiso
con la experiencia de quien se deja filmar. Pero hay algo más: el setentismo. Esa mujer
es turista, pero de un turismo muy particular: turismo militante.
Algo extraño para un país que en las últimas tres décadas produjo mucho más turismo
militante que el que debió soportar. En efecto, ya no contamos tanto como observadores
sino los observados. Y no tanto por los méritos cuanto por las desgracias. En fin, ella
es sin dudas bien intencionada. Añora los tiempos de militancia e idealismo. Pero sabe
muy bien que esos tiempos se fueron. De allí su alegría sórdida frente a un auténtico
anacronismo.
El piquetero está dos veces objetivado: sin rostro, siendo sólo ojos, sin embargo, no
mira nada y es completamente mirado. Además, muestra -posando- algo que él mismo no
parece percibir: su anacronismo. Y bien: qué mira? A un argentino sin rostro, de
apariencia piquetera. Y cómo es la apariencia piquetera? Así: sin rostro, y con olor a
lucha callejera. Al menos esa es la imagen más identificatoria.
Y es que el piquetero está preso de su imagen. Se le nota. Él está posando, no luchando.
Está, como si dijésemos, poniendo cara de piquetero. Sin embargo, la foto está captada
desde un ángulo muy particular. Como si hubiera una curva entre el piquetero posando y la
cámara que le apunta. Y es que el piquetero, que parece estar de frente a la cámara está
en rigor de frente a una segunda cámara que es la que toma la foto que estamos viendo
nosotros y no la imagen que toma la mujer.
Y es que en rigor, quien mira no es tampoco la mujer, quien en realidad está siendo
observada por nosotros. Y he aquí que ese nosotros no preexiste a la foto sino es
producido por la foto misma de una manera muy definida: nosotros somos quienes poseemos
el ángulo para ver a esta mujer mirando a un piquetero ... es decir, nosotros es alguien
que no es piquetero ni turista militante con nostalgia por un cierto pasado ya enterrado.
Se trata de un observador que además es capaz de entender la ironía: lo que se muestra
ante quien mira es un anacronismo. La situación es cómica por eso, pero a la vez es de
una mordacidad extrema, ya que en rigor hay un nosotros observando la situación completa.
Y ella dice que lo que ya no hay país. Que ya no hay clases sociales nacionales. Que sólo
hay ecos de luchas pasadas y un presente de restos sin rostros. Y que sólo resta posar
para turistas nostálgicos de las izquierdas.
Llegados a este punto, un llamado nos advierte: la fotografía no es tal. Se trata de un
fotomontaje. El efecto estético fue buscado, no sólo logrado. La foto vuelve de pronto al
fondo primero del desinterés. Aquella curva extraña aparece ahora como una desprolijidad,
una huella que denota el carácter intencional y forzado de tal efecto. Podemos observar
ahora, finalmente, algo más: la mano que manipula. Esta situación nunca existió, y los
personajes -que habíamos analizado con toda seriedad- no son sino fragmentos de otras
situaciones en las que seguramente encuentran una significación de la que ya no sabemos
nada.
Colectivo Situaciones, Buenos Aires, Marzo 2003
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