|
|
Cartas de viaje
Carta 5
Esta carta va a ser larga. Porque intenta luego de cuatro meses retomar el hilo de la
narración interrumpido a comienzos de marzo, cuando se iniciaba la campaña electoral y
nosotros nos dedicamos con los amigos de la Argentina a armar el evento "Planes de Fuga
Del trabajo al hacer" (la primera presentación de los grupos que integrarían Ex
Argentina). Después el tiempo voló: la despedida, que como toda despedida implicó
obligaciones, encuentros, postergaciones y tareas de último momento. La llegada a Berlín
fue muy intensa en actividades que recién ahora van cediendo en intensidad. Por más que
parezca extemporáneo, queremos brindar aquí nuestras impresiones sobre la campaña
electoral, antes de que otras sensaciones las releguen o las hagan desaparecer. En esta
antesala de la narración estamos permanentemente acechados por la necesidad de expresar
lo que vemos y sentimos; experiencias y sensaciones se van acumulando en nuestro registro
cuyo ritmo es impertinentemente lento y se permite el lujo del remoloneo: tomar café,
papar moscas, limarse las uñas... Retomamos a partir del fin de nuestra estadía en Buenos
Aires, a partir de esa nueva experiencia de la distancia que funciona como si la óptica
de antes debiera ser regulada para ojos diferentes. Aunque los lentes nunca terminan de
repararse porque la nueva distancia vuelve a distorsionarlo todo. Es como si alguien que
parte en un auto contempla lo que deja atrás a través del parabrisas trasero y mantiene
su vista fija hasta que hechos, objetos y personas se transforman en un punto.
De este lado del mundo se sabe que Kirchner es el Presidente de los argentinos con el 22%
de los votos. Que Menem, a pesar de tener el 26% de los votos, renunció a presentarse a
la segunda vuelta. En las pantallas de nuestro televisor de Berlín, las caras del vencido
y del vencedor son tan borrosas como las imágenes que se transmiten de los astronautas en
el espacio. Esas imágenes son atacadas por líneas nerviosas, de inmediato recuerdan a
aquellos retratos de Menem que recién se lanzaron hacia el final de la campaña electoral
para evitar que la gente les pintara encima. El retrato de Menem que vemos es un perfil
furtivo, detenido a través de esas típicas líneas horizontales, como si la cámara hubiese
podido captar esa imagen a través de un complicado esfuerzo técnico. La imagen parece
concentrada en sus múltiples ocupaciones, desciende de un auto y desaparece en un
edificio. Ambas caras parecen demudadas por el esfuerzo, aunque a través de la pantalla
del televisor de Berlín se ven como un fenómeno distante, indiferente: una campaña
electoral cualquiera en alguno de esos países permanentemente destartalados,
convulsionados, fundidos.
Aquí se habla de la campaña argentina con una sola frase: un escalón más en el ingente
proceso de reformas que el país necesita con urgencia. En el peor de los casos, la
alternativa podría ser López Murphy -una suerte de déspota de la ley y el orden- cuyos
proyectos de ley se reducen a garantizar la seguridad para los buenos inversores. En la
ciudad de Buenos Aires cosecha gran parte de su electorado; también Menem. El 80% del
electorado cumplió con su deber ciudadano y fue a votar. Esta vez no hubo votos
impugnados ni figuritas de Clemente, ni improperios, ni protestas como en las últimas
elecciones en las que la población expresó su descontento con la clase política y la
farsa democrática. Nos detenemos en estos detalles porque no entendemos del todo. Durante
los años 80 Bussi fue elegido nuevamente gobernador de Tucumán. Se dice que, con el fin
de que la pobreza no fuera visible, hizo trasladar a miles y miles de carenciados hacia
zonas marginales de la provincia donde muchos se murieron de hambre. Bussi había sido
gobernador de la provincia durante la dictadura militar. [1] ¿Qué significa esta
historia? ¿Quién es tomado por estúpido y quién como cruel? La sospecha parte de la
suposición de que existe una relación (una presunta relación) entre el hecho de votar,
las intenciones individuales y la situación política cotidiana que no toma en cuenta la
ficcionalidad de la política representativa ni la violencia con la que esas ficciones se
transforman en realidad.
Nos acordamos de los afiches de la campaña, algunos muy cómicos. Rodríguez Sáa parado
delante de una refinería de petróleo con la inscripción cien por cien Argentina; a pesar
de que precisamente la venta del petróleo a empresas internacionales fue la causa de la
primera gran ola de despidos en la Argentina. Kirchner prometía "en serio" un país con
una industria nacional y un sistema de salud pública recuperado. Menem, una de las
figuras paradigmáticas de la crisis, arrestado por venta de armas y corrupción hace dos
años, se postulaba como Una Marca Registrada. En el balneario uruguayo de Punta del Este
vimos una construcción cubierta de afiches de Menem, era la carpa de un circo,
completamente cubierto de papeles azules y blancos, coronado por un "Menem 2003" en luces
de neón. Esos afiches eran idénticos a los carteles de las salas de cine de los
shoppings; a través de ellos se filtraba una suerte de inconciente colectivo al estilo
Doris Day en su chalet californiano delante de un parque verde, la botella de leche en el
umbral de la puerta, cerca de aseguradoras refulgentes, e impecables colegios, hospitales
y fábricas... esa típica aparición publicitaria de un estado de bienestar que parece cuidar
y necesitar a sus habitantes. Ese bienestar cuyos corolarios son la amenaza de afuera,
los enemigos de adentro y una industria bélica de la que participa toda la familia.
(Nunca como en aquellos días habíamos percibido cuán cerca está el cine de la maquinaria
bélica: la campaña electoral nos recordaba permanentemente a la operación Enduring
Freedom. El cine despliega su ideología delante de nuestra retina, allí donde puede estar
prácticamente dentro de nuestra subjetividad. El cine no está lejos, como el lejano
representante de esa maquinaria bélica, cuya verdadera ambición de poder ya no es un
secreto para nadie por más que viva proclamando lo contrario. El cine resguarda a la
subjetividad de la evidencia de la corrupción y la tapona de sentido, como esa película
en la que Harrison Ford hace de presidente, que se estrenó percisamente durante la
campaña.)
(En la ciudad existen también carteles que incitan a actos patrióticos. También en
Alemania existen carteles que se rebelan en contra del llamado del ministro de defensa a
defender los intereses alemanes en el Indostán.)
Hasta aquí la ilusión de los carteles de la campaña y su relación con los carteles de
cine. Si esta ilusión se hace realidad no es por su cercanía con la verdad, sino por el
poder público de su presencia. La verdad es insoslayable mientras se mantenga el
simulacro de las elecciones. Esta -la inmaculada armonía de la campaña electoral- está
controlada por el Fondo Monetario y el Banco Mundial. El FMI consideró que el boicot
electoral de hace dos años se debía a la deficiente educación política de la población.
Es por eso que el préstamo otorgado para la campaña electoral, que fluye a las arcas de
los partidos políticos, es interpretado como una medida educativa. Hubo candidatos que
pronunciaban discursos aplaudidos por un "pueblo" que respondió a un casting de las
provincias, extras pagados con empanadas o remeras. Se decía que las cifras de las
encuestas que publicaban los diarios respondían directamente a la cifra que pagaban los
partidos políticos; se hacían apuestas: quién podía comprar más votos al precio más
módico. Hubo grandes pintadas en los puentes de las autopistas que rezaban: Menem -
Romero o Kirchner - Scioli. Hacia el final de la campaña hubo -encargados por la contra
del mismo partido peronista- afiches que decían "Menem al gobierno, Bush al poder". Este
slogan no deja de tener cierto refinamiento histórico. Se apoya en la proclama de Cámpora
(1973), por la que se hacía elegir sólo para darle paso a Perón, entonces proscripto. Así
resuena este mito patriótico empañado por la sustitución de Perón con el odioso Bush.
Estas técnicas que en Europa suelen llamarse "comunicación guerrillera" están en poder de
los partidos porque aún hoy se remontan a aquel tiempo en el que esos mismos partidos
estaban prohibidos y algún operador aislado se encargaba de hacer pintadas alusivas en
los barrios; sólo que, lo que en aquellos años era subversivo, hoy se ha tornado un
instrumento del control del poder. Es verdad que nadie le prestó atención a los afiches
de campaña. La decisión masiva de votar en las urnas, de no votar a Clemente, se deba a
la sana necesidad creada por ese miedo que generaban las mismas campañas en su
omnipresencia, en sus permanentes amenazas "o nosotros o el caos". En la campaña
publicitaria que se emitía por televisión se retrataban las zonas más pobres en señal de
admonición: había que votar para que la voz y el voto se convirtieran en una suerte de
capa de protección contra esa misma pobreza. Nosotros teníamos la sensación de que ese
gesto admonitorio estaba dirigido a una franja de la población que todavía estaba en
condiciones de sentir la pobreza sólo como un peligro latente, como si tuvieran una
herida abierta signada por vecinos que habían caído en la indigencia. Esta gente ocupa
los espacios de la ciudad como un recuerdo doloroso.
La ciudad misma, ese cúmulo de espacio físico ocupado por la miseria. En la ciudad se
empezó por imponer ficciones de poder: las campañas del desalojo forzoso, una campaña de
extinción de todo lo que significara autogestión, tomada como uno de los síntomas más
preponderantes de la crisis. Primero se desalojaron las viviendas ocupadas de la ciudad,
los lugares donde tenían lugar algunas asambleas so aquellos donde se organizaban ollas
populares, iniciativas políticas o culturales. Una cronista de Indymedia que participó de
esos desalojos cita una promesa memorable de Menem: "limpiar las calles de comunistas y
delincuentes para detener el caos social." Sus competidores no le fueron a la zaga en la
contundencia de las promesas.
Unas semanas antes comenzó un debate en los medios. La intelligentsia se percató de los
nuevos movimientos sociales y la receptividad que generaban en el resto de Occidente,
sobre todo en Europa. Así nació la discusión sobre el "turismo piquetero". En este debate
se logró el trasvasamiento de las causas de la crisis (la corrupción de la clase política
que se enriqueció con la ayuda de los centros financieros internacionales) a sus
"síntomas": la pobreza, la protesta, los nuevos movimientos sociales de autogestión, los
reclamos que no se dirigían sólo hacia el Estado, sino que protestaban en contra de los
paradigmas de propiedad de toda una clase. Estos síntomas fueron objeto del voyeurismo de
los extranjeros. Pero ¿cuál es lazo de atracción entre la mirada extranjera respecto de
los que se organizan? ¿Por qué resultaba una ofensa terrible estudiar al objeto del poder
y no cuestionar al poder mismo? Hacemos esta pregunta con la insistencia de quienes
fueron acusados de voyeuristas.
El primer lugar se desalojan las instalaciones del Padelai, una mansión ocupada desde
hace más de veinte años en la que vivían más de 500 personas en el momento del desalojo.
Se dice que la mayoría era menor de 18 años. 300 efectivos policiales desalojan el
inmueble con gases lacrimógenos y balas de goma. 86 personas son detenidas, más de 40
heridos. Le sigue la sede de los desocupados en San Telmo y Florencio Varela, la cocina
popular de Almirante Brown, la sede de H.I.J.O.S., el sitio donde tiene lugar la Asamblea
de la Paternal, el Centro Social Azucena Villaflor... para nombrar sólo a algunos.
Indymedia escribe: "el aparato represivo está permanentemente presente. Delante de cada
Supermercado, de cada Banco hay policías armados hasta los dientes. El cierre de calles
es cosa cotidiana y a nadie le asombra, también la nueva policía que parecen muñecos de
Robocop, armada para una contienda intergaláctica." Nosotros vimos esas imágenes que eran
tan frecuentes que pronto dejaron de asustarnos, es claro, nos protegía nuestra guarida.
Todas las medidas de seguridad se legitiman a partir de una nueva ley antiterrorista,
sancionada en la Argentina (bajo presión de la Embajada de los EEUU) exactamente un año
después del 11 de septiembre del 2001. La ley posibilita el trabajo mancomunado de la
policía, el ejército y el servicio de inteligencia. Da pie que estas instituciones
"actúen en contra de actos terroristas aún bajo sola sospecha". Las "acciones
terroristas" pueden significar cualquier cosa. Es la misma arbitrariedad antijurídica que
se instala en casi todas las "democracias" después del 11 de septiembre y sienta las
bases de una nueva legitimación de la violencia por parte del Estado.
El desalojo de la fábrica textil Brukman es un elemento central en la campaña electoral
sobre todo en la ciudad de Buenos Aires. Se trata de una de las 180 fábricas
"recuperadas" que diariamente dan prueba -a pesar de dificultades estructurales
inevitables- de la factibilidad de una producción colectiva sin propietario y sin jefes.
En la madrugada del viernes Santo entraron en la fábrica 150 efectivos policiales
ejecutando la orden de desalojo dictada por el juez Rimondi (se dice que es un "juez de
la dictadura"). La cúpula que rodeaba al Presidente Duhalde había removido al juez
anterior, más permisivo, poniendo a Rimondi al frente de la causa. Ese mismo día, a pesar
del feriado, las actas del caso Brukman fueron declaradas secreto de Estado. El poder
daba una vez más prueba de una reacción eficiente y efectiva cuando se trata de
militarizar la política. Las trabajadoras de la empresa supieron, a su vez, poner en
movimiento a una gran cantidad de adeptos que, a pesar de la lluvia, protestaron durante
cuatro días seguidos delante de la fábrica hasta que la policía terminó por dispersar a
7000 manifestantes en una batahola en el que por milagro (argentino) no murió nadie.
Aquellos días demostraron que no hay dos partidos nítidos entre la indignación y el
poder, sino que ambos están relacionados a partir de un tejido de intermediarios
jurídicos y laborales que son requeridos por un lado y utilizados por el otro. En el
ámbito de ficcionalidad de la campaña, el desalojo de Brukman una suerte de caso testigo
para la intangibilidad de la propiedad privada y el manifiesto compromiso del Estado a
mantenerla a cualquier precio. El fallo de los jueces que atienden en la causa y ordenó
el desalojo rezaba que "en materia de intereses económicos o cuando éstos están puestos
en juego, la vida humana no puede estar garantizada". Ese fallo provoca una indignación
generalizada en la opinión pública, de modo que es retirado; pero su semántica sigue
allí, como la columna nueva de un nuevo preámbulo constitucional.
(Sin embargo, no se puede afirmar aquí que se puso una obra en escena en la que cada uno
de los actores proclama su parte y se deja aplaudir por el público. Si así fuera,
estaríamos ante interlocutores en igualdad de condiciones: el ministerio de trabajo, los
distintos jefes policiales, los jueces, los abogados, los parlamentarios, los
periodistas, las trabajadoras, hombres, mujeres y niños. Si así fuera, todos tendrían
igual poder de sentar las bases del diálogo y serían escuchados o desatendidos por igual.
Antes de hablar de una puesta en escena hay que recordar algunas instancias que
provocaron indignación y belleza en igual medida. Una de esas noches nos tocó escuchar a
una maravillosa orquesta de bandoneones bajo la lluvia, en frente de la fábrica bloqueada
por los robocops. La orquesta venía a solidarizarse con Brukman después de haber dado un
concierto en un teatro. El cantante cantaba en voz baja, con suma delicadeza y sólo usaba
el megáfono cuando sabía que algunos párrafos de lo que cantaba podía indignar a la
policía. Era claro que el artista era un profesional: soberano de sus destrezas, no
tomaba parte en la obra de teatro del poder, sino que reservaba su arte sólo para los más
próximos: el público sentado en el cordón de la vereda y la gente en la plaza.)
Al lado del poder de la ficción y del poder del desalojo, existe una tercera etapa en
esta descripción de la campaña electoral. A primera vista esta etapa no tiene que ver con
las dos primeras. Si le diéramos un nombre, podría ser el del "poder del registro".
Indymedia informa sobre una encuesta encargada por el intendente de Buenos Aires Ibarra:
"la ciudad está tapizada de afiches color naranja que invitan a la población a
manifestarse acerca de algunos edificios públicos. Esta iniciativa, importada
directamente de Porto Alegre, es una moda que existe en otras ciudades del mundo." Para
responder a estas encuestas se eligen sólo a personalidades cuyos intereses económicos
están ligados a la imagen urbana.
En el mes de marzo de conoció un estudio hecho a pedido del candidato a jefe de gobierno
porteño Macri y revelaba el testimonio de vecinos de barrios pobres, sobre sus deseos de
viviendas sociales y atención sanitaria, agua corriente, electricidad, sobre su
disponibilidad de mudarse a otros barrios. Las preguntas están formuladas de tal modo que
la seguridad se transforma en la preocupación principal de estos vecinos. El informe bien
puede ser usado como "opinión de la mayoría" para futuras acciones represivas. Es una
cartografía de aquellos espacios urbanos y de aquellas personas que no están atendidos
por el estado. En este sentido es bueno saber que la empresa Siemens lleva adelante un
juicio en contra del estado argentino por un contrato millonario que, entre otros,
incluía un senso biométrico de toda la población. Se dice que Menem le entregó la
concesión a Siemens muy pocos meses antes de que concluyera su mandato y que la concesión
fue retirada cuando la empresa se negó a pagar ciertas "comisiones".
Durante estas últimas semanas en Buenos Aires apareció, en el intento de describir la
situación, a menudo el polémico concepto de "libertad" al estilo anglosajón. Por un lado,
este concepto paródico de libertad es la reacción en contra del gesto ideológico con el
que los EEUU justifican sus guerras económicas. Por el otro es una reacción en contra de
las luchas culturales neoliberales de los años 90, donde la libertad era una suerte de
eufemismo de una moral económica inescrupulosa donde la indigencia se transformaba en una
necesidad estructural del plan económico. Esta libertad no es un fenómeno nuevo. Se
relaciona por un lado, con la estructuración de la subjetividad como una mercancía que se
llama fuerza de trabajo generado un concepto de valor a caballo entre la escasez y la
opulencia. Por el otro, esa libertad anglosajona se relaciona con la apelación a una
libertad idealista de la subjetividad, que a partir de (está obligada) "tiene la
libertad" de elegir "libremente" entre partidos, puestos de trabajo, viviendas y
mercancías siempre dentro de una semántica social que no admite ninguna negación. En
Alemania, en sus agencias federales de empleo, en los cursos de autogerenciamiento, en la
Argentina, en las infinitas colas de los taxis vacíos, en el ajetreo de los cartoneros...
esta libertad sólo significa la plena disponibilidad de los individuos para nuevas formas
de trabajo. Esta libertad es también el miedo de no servir para nada, ese miedo que
recorre la subjetividad de cualquier habitante del mundo moderno. Este miedo muestra la
manera en que los funcionarios políticos legitiman su poder creando instituciones que
trabajan con la disponibilidad de la gente. En nuestra última carta ya nos habíamos
preguntado qué pasará cuando no haya más disponibilidad y cuando gran parte de la
población del mundo sea declarada prescindible. No es la miseria la que nos hace plantear
esta pregunta, sino los incipientes intentos de autogestión y auto-organización que
articulan - ellos sí, al parecer - una verdadera forma nueva de libertad.
La campaña electoral fue una dura demostración de la "legitimidad" democrática donde la
clase política apela a una abstracto soberano que llena las urnas, atiende a las
ficciones y gesticula ampulosamente para ahuyentar a su propia sombra. Sólo que entre el
soberano y su sombra hay un vacío, una distancia voluntaria de ambos lados, como en los
Starwars, en los que, desde el descubrimiento de la antimateria, se puede flotar a
velocidades infinitas.
En los diarios leemos que Kirchner revisa las estructuras militares y policiales haciendo
una verdadera tarea de limpieza, que se ha encontrado con Lula, Chávez y Castro, que todo
el mundo quiso estar con Castro para escuchar sus historias sobre el Che. Leemos que en
Latinoamérica se comienza a tener esperanzas acerca de una suerte de socialdemocracia
postkeynesiana. Mientras leemos esto no queremos compararla con la mentirosa coalición
entre Blair, Jospin y Schröder a mediados de la década del 90. Leemos estas noticias
mientras nos damos cuenta cuán abstractas pueden resultar nuestras impresiones a la luz
de esta Realpolitik. Ya no podemos ir al Centro de Buenos Aires a comprobar qué hay de
cierto en todos estos informes de la prensa a la luz de lo que de ellos piensa la gente
de carne y hueso. Hemos abandonado nuestro cómodo puesto de observación desde la guarida.
Ahora estamos de este lado y vamos a tener que abandonar nuestro rol de cronistas para
refrendar nuestras observaciones con esta realidad.
[1] Antonio Domingo Bussi, que es el principal responsable del genocidio en Tucumán, es
hoy intendente de la ciudad San Miguel de Tucumán. Su hijo Ricardo Bussi es diputado de
la Nación.
|