La Normalidad
Del 15 de febrero al
19 de marzo de 2006
Palais de Glace
Posadas 1725
Buenos Aires
Entrada libre y gratuita
EL PROYECTO

Cartas de viaje

Carta 4

Buenos Aires, 12 de febrero de 2003

En vista de cierto tono peyorativo que se deslizó en cartas anteriores, se nos preguntó acerca de nuestro concepto de "clase media". La intención de tratar de responder a esa pregunta (qué es la clase media) nos resultó difícil, tanto, que casi nos ocupa toda esta carta, de modo que no informamos acerca de nuestro viaje a Posadas (Pcia. De Misiones), ni sobre el larguísimo viaje a Porto Alegre a través del poblado alemán El Dorado, ni sobre Puerto Esperanza, donde una fábrica de celulosa ahora adquirida por un consorcio chileno contamina con sus residuos el Río Paraná. De modo que pasamos por alto los reportes que tienen que ver con una geografía determinada. También Porto Alegre quedará para otra ocasión.

Ese rechazo que se desliza en nuestro concepto de clase media se debe a que también nosotros nos sentimos parte de ella en nuestra función de informantes desde un espacio hegemónico, poseedores de un saber y de una libertad capaces de observar "objetivamente" la miserable periferia de la ciudad o la gente sin techo que habita las entradas de algunos edificios de departamentos que precisamente no están en el bello barrio que habitamos. Esta permanente posibilidad de "tomarnos vacaciones baratas en la miseria de otra gente" es tan digna de rechazo como la reconocida ignorancia. Esta calidad de observadores que ya no funcionan como mediadores intelectuales entre las necesidades sociales y las decisiones políticas forman parte de la idiosincrasia de la clase. Porque, ¿en nombre de quién podríamos interpelar a quienes toman decisiones cuando la clase política está ocupada exclusivamente en su propia subsistencia? Hay que tener en cuenta que la mediación (o representación) es siempre parte del "social engineering", es una primera cartografía de necesidades que fija la manera en que una sociedad en su conjunto es tomada como productora de riqueza. Esta ingeniería social define el potencial de "valor" y de "uso" de la ciudadanía como partes de una totalidad.

En los suplementos culturales de la prensa liberal se habla de la tradición intelectual de la Argentina y se observa criticamente que esa mediación (o representación) ya no funciona. Nosotros pensamos que esa transferencia ya no funciona porque gran parte de la población dejó de ser una fuente de recursos o mejor, es tomada como prescindible. Esa gente dejó de tener valor: las ganancias de esta economía están escindidas de la fuerza de trabajo local, las inversiones son realmente tan volátiles como las golondrinas. [1]

Creemos que esta nueva riqueza proviene de la venta de los recursos nacionales y de las previsiones que se toman para garantizar los intereses cuando se cuenta con información anticipada del flujo de capitales en épocas de turbulencias financieras. Alguien calculó que en Buenos Aires hay tantos millonarios cuantos habitantes tiene Barcelona; el dato es seguramente exagerado, pero habla de las dimensiones incalculables de la ganancia.

En este lamento por la ausencia de mediación (o representación) nunca se dice cómo eran las épocas en que funcionaba (o cuándo dejó de funcionar) ese contrato entre la intelligentsia de la clase media y la política; tal vez el último intento de hallar un consenso cultural fue durante los años 80 bajo el gobierno de Alfonsín, un consenso que se tornó inviable con aquella proclama de "la casa está en orden" [2], tan inviable como la búsqueda de consenso en la Alemania posfacista, en el Chile posterior a Pinochet o en la España después de Franco.

De manera que en este espacio hegemónico que no da lugar a renovación, lo único que queda por hacer es lo que hizo Beate Clarsfeld en 1968: Durante el congreso general del partido demócrata cristiano se filtró en el parlamento de Berlín con una credencial de periodista y atravesó la muchedumbre congregada para darle una bofetada en pleno rostro nada menos que a Kiesinger, entonces canciller alemán y antiguo funcionario del partido nacional socialista. [3]

(Si es cierto, si la población de un país deja de ser su fuente de recursos, entonces también cambiaron los aparatos de poder que acostumbrábamos a analizar. Pero no se nos ocurre otra manera de reflexionar acerca de la prescindibilidad de la población y la cuantificación de su libertad democrática en el mero "no / sí" del voto, única legitimación del gobierno. Esta cuantificación es un proceso que transforma al voto en una mercancía comprable a precio de dumping. En una de las manifestaciones pudimos ver cómo manifestantes balanceaban cartones de pizzas delante de la policía (mal paga) al ritmo de "por una pizza vendés a tu madre". Lo mismo vale para los votos que el puntero de un barrio compra para el partido, para las encuestadoras de opinión que manipulan los resultados, para los privatizados medios de comunicación que manipulan la información. Todavía ignoramos la manera de conjugar populismo con "prescindibilidad" (cuando la población de un país deviene en eso que los franceses llaman quantité négligeable). Una de las condiciones del FMI para otorgar nuevos créditos fue que el gobierno argentino garantizara un presupuesto para publicidad en las próximas elecciones.)

Sería excesivamente egocéntrico entender por clase media a los académicos, los creativos y lo que se llama el gerenciamiento medio, esa franja de la población que hoy constituye la enorme fuga de cerebros de la Argentina a causa de la falta de trabajo y de la amenaza contra su acostumbrado standard de vida. A la Clase Media también pertenecen los empleados en general y los empleados de los bancos cuyos ahorros desaparecieron; o también toda esa gente que no puede pagar el crédito de la vivienda que habita. Nos contaron historias de gente mayor que parece pasearse por la calle, a primera vista, parece gente elegante, especialmente acicalados; hay que acercárseles mucho para darse cuenta que ese pelo, ese olor y esa mirada perdida pertenece a gente de mediana edad que ha perdido la vivienda están comenzando la odisea de vivir en la calle. Tenemos que confiar en este tipo de relatos porque la mirada de afuera es demasiado plana para percibir esos detalles que ineludiblemente son de clase media.

La actual situación en la Argentina se parece a la de muchos países del Este: al parecer, la rapiña de cierta oligarquía financiera internacional no habría podido ganar tanto si una infraestructura local ilustrada no le hubiera allanado el camino. (La comparación con los países del este es tal vez un poco forzada porque el origen de la clase media de esos países difiere del caso argentino). A la Clase Media pertenecen aquellos prestadores de servicios que se enriquecieron con esos procedimientos y aquellos que se convierten en una quantité negligeable, prescindible. El ámbito de los "servicios" prolifera en Buenos Aires como un frondoso sistema capilar que es tanto más sutil cuanto más profesiones inventa: una inconmensurable flota de taxistas inunda la ciudad durante las 24 horas, servicios a domicilio (deliveries) de cualquier cosa, jardineros, lavaderos, tintorerías, lustrabotas, servicio doméstico de toda índole, seguridad, cambistas ambulantes (arbolitos), vendedores ambulantes de botones, pastillas, pilas, cartucheras para telefonía móvil, remeras de marca, lotería, cartoneros, basureros, juntabasuras, limpiaparabrisas que apenas llegan a las ventanas de los autos y saltimbanquis por el espacio de una luz roja.

Nos contaron que la clase media argentina solía estar orgullosa de su existencia, que la diferenciaba del resto de los países de América Latina. Esa clase que parecía estar dentro de la definición de lo que hoy se conoce como sociedad civil. También nos contaron que durante el gobierno de Perón se cercaba a las villas miseria detrás de un muro para que nadie tuviera que sentir vergüenza. En las economías insulares todo se transforma en una representación. La promesa del consumo y la contra-promesa, que el consumo ya no puede incrementarse lleva a un consumo obcecado, a contrapelo, lleva a la agresiva predisposición de autodefensa. Las viviendas están protegidas por cercos, las cámaras que controlan esas viviendas también.

Con el fin de ilustrarles un incierto temor, vamos a contarles brevemente acerca de una de las discusiones que tuvo lugar en el marco del Foro Social Mundial de Porto Alegre, durante el segundo día, en ese inmenso estadio cubierto que es el Gigantinho. Allí se discutía sobre las crisis económicas y la manera de prevenirlas. Participaban de la mesa funcionarios de las Naciones Unidas, de diferentes ONGs, un político del ministerio del interior del Brasil y una diputada argentina, la misma que durante uno de los debates del Congreso había desplegado la bandera norteamericana delante de la sorpresa de los allí presentes con el fin de ilustrar quién tomaba las decisiones en la Argentina. La retórica en contra del FMI era brillante y en ese vehemente torneo de repudio a los EEUU que apelaba a una nueva soberanía nacional, no se hizo una sola mención crítica a los gobiernos que llevaron al país a su estado actual. Días antes Lula había hablado ante un multitudinario auditorio organizado con banderas, carteles, delegaciones extranjeras y ovacionantes 50.000 personas que lo despedían antes de viajar a Davos. Al parecer, los funcionarios argentinos que estuvieron en Porto Alegre ya se habían olvidado del "Que se vayan todos".

Pensamos en la cantidad de descripciones del Estado como socio del capital y nos sobreviene el miedo a una amnesia generalizada de la brutalidad y la corrupción de la casta política; casi podría decirse que esa amnesia ya ha comenzado cuando todavía circulan infinidad de anécdotas sobre malversaciones, robos y manos en la lata. Nos da miedo la nostalgia de aquellos sistemas incólumes que transformaron a la mayoría de la población en una "quantité negligéable" a través de su control y vigilancia, a través de sus planes industriales, familiares, sociales y habitacionales. Nos atemorizan los intentos de reanimación de un estado fordista que olvida que los puestos de trabajo, los autos, las viviendas y el desarrollo de la clase media fueron comprados a través de un imperialismo vergonzante, con ayuda de la venta de armas y la domesticación de los individuos. Le tenemos miedo a ese estado neofordista zombie que declara la prescindencia de un gran número de personas y al mismo tiempo cumplen con la apariencia de mantener a la gente ocupada. Para qué, si no para una guerra, se necesitaría tanta cantidad de gente? Aunque esa pregunta está fuera de lugar ahora.

Al asumir, Lula prometió solucionar el problema de las Favelas con la ayuda de los militares. El argentino Rodríguez Barrientos murió de un infarto en el avión de Air France que lo repatriaba a su país por no tener permiso de residencia. Para evitar que los pasajeros no fueran molestados por sus gritos, la policía le había colocado un casco de motociclista y le mantenía la cabeza entre las piernas para disimular su desesperación. Hay una guerra, es una guerra interna contra aquellos de los que se puede prescindir. Y hay una guerra por los recursos que el 15 de febrero pasado reunió a millones de manifestantes en todo el mundo. Ambas se dejan legitimar por una ética burguesa: mantener la democracia, libertad de decisión y derechos humanos.

Es la ética de la Clase Media, la misma que nos llena de desprecio porque nosotros somos parte de ella y porque el contrato con el aparato del gobierno no se pone en duda.


[1] Golondrinas se le dice a aquellas fábricas que se dejan armar o desarmar muy rápidamente en cualquier lado, por lo general allí donde la mano de obra es barata, donde las medidas de seguridad no son rigurosas, donde no se pagan impuestos, donde hay suficiente infraestructura para un transporte rápido y, sobre todo, donde existe una clase política permeable a las contravenciones. Comp. Naomi Klein: No Logo)

[2] La frase fue una manera de tranquilizar a los militares luego del golpe de 1987. Alfonsín cede ante la presión militar y sanciona la Ley de Punto Final, por la que dos meses después caducan todos los plazos para presentar pruebas acerca de los crímenes de las Juntas. Esto llevó a una serie de denuncias masivas que provocó un intento de golpe en el mes de abril de ese año. Meses después se sanciona la Ley de Obediencia debida, a través de la que los torturadores son declarados inocentes en función de haber cumplido órdenes superiores.

[3] Beate Clarsfeld recibió una condena de cuatro meses de prisión y salió en libertad condicional;durante el proceso no se tematizó el pasado nazi del canciller Kiesinger. La sociedad la condenó como provocadora histérica; fueron tantas las difamaciones de las que fue presa, que no pudo publicar más en Alemania. La mayoría de sus libros salieron en Francia. Beate Clarsfeld no cesó en su persecución de los crímenes nazis y fundó una red de niños descendientes de víctimas del nazismo.