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Cartas de viaje
Carta 4
Buenos Aires, 12 de febrero de 2003
En vista de cierto tono peyorativo que se deslizó en cartas anteriores, se nos preguntó
acerca de nuestro concepto de "clase media". La intención de tratar de responder a esa
pregunta (qué es la clase media) nos resultó difícil, tanto, que casi nos ocupa toda esta
carta, de modo que no informamos acerca de nuestro viaje a Posadas (Pcia. De Misiones),
ni sobre el larguísimo viaje a Porto Alegre a través del poblado alemán El Dorado, ni
sobre Puerto Esperanza, donde una fábrica de celulosa ahora adquirida por un consorcio
chileno contamina con sus residuos el Río Paraná. De modo que pasamos por alto los
reportes que tienen que ver con una geografía determinada. También Porto Alegre quedará
para otra ocasión.
Ese rechazo que se desliza en nuestro concepto de clase media se debe a que también
nosotros nos sentimos parte de ella en nuestra función de informantes desde un espacio
hegemónico, poseedores de un saber y de una libertad capaces de observar "objetivamente"
la miserable periferia de la ciudad o la gente sin techo que habita las entradas de
algunos edificios de departamentos que precisamente no están en el bello barrio que
habitamos. Esta permanente posibilidad de "tomarnos vacaciones baratas en la miseria de
otra gente" es tan digna de rechazo como la reconocida ignorancia. Esta calidad de
observadores que ya no funcionan como mediadores intelectuales entre las necesidades
sociales y las decisiones políticas forman parte de la idiosincrasia de la clase. Porque,
¿en nombre de quién podríamos interpelar a quienes toman decisiones cuando la clase
política está ocupada exclusivamente en su propia subsistencia? Hay que tener en cuenta
que la mediación (o representación) es siempre parte del "social engineering", es una
primera cartografía de necesidades que fija la manera en que una sociedad en su conjunto
es tomada como productora de riqueza. Esta ingeniería social define el potencial de
"valor" y de "uso" de la ciudadanía como partes de una totalidad.
En los suplementos culturales de la prensa liberal se habla de la tradición intelectual
de la Argentina y se observa criticamente que esa mediación (o representación) ya no
funciona. Nosotros pensamos que esa transferencia ya no funciona porque gran parte de la
población dejó de ser una fuente de recursos o mejor, es tomada como prescindible. Esa
gente dejó de tener valor: las ganancias de esta economía están escindidas de la fuerza
de trabajo local, las inversiones son realmente tan volátiles como las golondrinas. [1]
Creemos que esta nueva riqueza proviene de la venta de los recursos nacionales y de las
previsiones que se toman para garantizar los intereses cuando se cuenta con información
anticipada del flujo de capitales en épocas de turbulencias financieras. Alguien calculó
que en Buenos Aires hay tantos millonarios cuantos habitantes tiene Barcelona; el dato es
seguramente exagerado, pero habla de las dimensiones incalculables de la ganancia.
En este lamento por la ausencia de mediación (o representación) nunca se dice cómo eran
las épocas en que funcionaba (o cuándo dejó de funcionar) ese contrato entre la
intelligentsia de la clase media y la política; tal vez el último intento de hallar un
consenso cultural fue durante los años 80 bajo el gobierno de Alfonsín, un consenso que
se tornó inviable con aquella proclama de "la casa está en orden" [2], tan inviable como
la búsqueda de consenso en la Alemania posfacista, en el Chile posterior a Pinochet o en
la España después de Franco.
De manera que en este espacio hegemónico que no da lugar a renovación, lo único que queda
por hacer es lo que hizo Beate Clarsfeld en 1968: Durante el congreso general del partido
demócrata cristiano se filtró en el parlamento de Berlín con una credencial de periodista
y atravesó la muchedumbre congregada para darle una bofetada en pleno rostro nada menos
que a Kiesinger, entonces canciller alemán y antiguo funcionario del partido nacional
socialista. [3]
(Si es cierto, si la población de un país deja de ser su fuente de recursos, entonces
también cambiaron los aparatos de poder que acostumbrábamos a analizar. Pero no se nos
ocurre otra manera de reflexionar acerca de la prescindibilidad de la población y la
cuantificación de su libertad democrática en el mero "no / sí" del voto, única
legitimación del gobierno. Esta cuantificación es un proceso que transforma al voto en
una mercancía comprable a precio de dumping. En una de las manifestaciones pudimos ver
cómo manifestantes balanceaban cartones de pizzas delante de la policía (mal paga) al
ritmo de "por una pizza vendés a tu madre". Lo mismo vale para los votos que el puntero
de un barrio compra para el partido, para las encuestadoras de opinión que manipulan los
resultados, para los privatizados medios de comunicación que manipulan la información.
Todavía ignoramos la manera de conjugar populismo con "prescindibilidad" (cuando la
población de un país deviene en eso que los franceses llaman quantité négligeable). Una
de las condiciones del FMI para otorgar nuevos créditos fue que el gobierno argentino
garantizara un presupuesto para publicidad en las próximas elecciones.)
Sería excesivamente egocéntrico entender por clase media a los académicos, los creativos
y lo que se llama el gerenciamiento medio, esa franja de la población que hoy constituye
la enorme fuga de cerebros de la Argentina a causa de la falta de trabajo y de la amenaza
contra su acostumbrado standard de vida. A la Clase Media también pertenecen los
empleados en general y los empleados de los bancos cuyos ahorros desaparecieron; o
también toda esa gente que no puede pagar el crédito de la vivienda que habita. Nos
contaron historias de gente mayor que parece pasearse por la calle, a primera vista,
parece gente elegante, especialmente acicalados; hay que acercárseles mucho para darse
cuenta que ese pelo, ese olor y esa mirada perdida pertenece a gente de mediana edad que
ha perdido la vivienda están comenzando la odisea de vivir en la calle. Tenemos que
confiar en este tipo de relatos porque la mirada de afuera es demasiado plana para
percibir esos detalles que ineludiblemente son de clase media.
La actual situación en la Argentina se parece a la de muchos países del Este: al parecer,
la rapiña de cierta oligarquía financiera internacional no habría podido ganar tanto si
una infraestructura local ilustrada no le hubiera allanado el camino. (La comparación con
los países del este es tal vez un poco forzada porque el origen de la clase media de esos
países difiere del caso argentino). A la Clase Media pertenecen aquellos prestadores de
servicios que se enriquecieron con esos procedimientos y aquellos que se convierten en
una quantité negligeable, prescindible. El ámbito de los "servicios" prolifera en Buenos
Aires como un frondoso sistema capilar que es tanto más sutil cuanto más profesiones
inventa: una inconmensurable flota de taxistas inunda la ciudad durante las 24 horas,
servicios a domicilio (deliveries) de cualquier cosa, jardineros, lavaderos, tintorerías,
lustrabotas, servicio doméstico de toda índole, seguridad, cambistas ambulantes
(arbolitos), vendedores ambulantes de botones, pastillas, pilas, cartucheras para
telefonía móvil, remeras de marca, lotería, cartoneros, basureros, juntabasuras,
limpiaparabrisas que apenas llegan a las ventanas de los autos y saltimbanquis por el
espacio de una luz roja.
Nos contaron que la clase media argentina solía estar orgullosa de su existencia, que la
diferenciaba del resto de los países de América Latina. Esa clase que parecía estar
dentro de la definición de lo que hoy se conoce como sociedad civil. También nos contaron
que durante el gobierno de Perón se cercaba a las villas miseria detrás de un muro para
que nadie tuviera que sentir vergüenza. En las economías insulares todo se transforma en
una representación. La promesa del consumo y la contra-promesa, que el consumo ya no
puede incrementarse lleva a un consumo obcecado, a contrapelo, lleva a la agresiva
predisposición de autodefensa. Las viviendas están protegidas por cercos, las cámaras que
controlan esas viviendas también.
Con el fin de ilustrarles un incierto temor, vamos a contarles brevemente acerca de una
de las discusiones que tuvo lugar en el marco del Foro Social Mundial de Porto Alegre,
durante el segundo día, en ese inmenso estadio cubierto que es el Gigantinho. Allí se
discutía sobre las crisis económicas y la manera de prevenirlas. Participaban de la mesa
funcionarios de las Naciones Unidas, de diferentes ONGs, un político del ministerio del
interior del Brasil y una diputada argentina, la misma que durante uno de los debates del
Congreso había desplegado la bandera norteamericana delante de la sorpresa de los allí
presentes con el fin de ilustrar quién tomaba las decisiones en la Argentina. La retórica
en contra del FMI era brillante y en ese vehemente torneo de repudio a los EEUU que
apelaba a una nueva soberanía nacional, no se hizo una sola mención crítica a los
gobiernos que llevaron al país a su estado actual. Días antes Lula había hablado ante un
multitudinario auditorio organizado con banderas, carteles, delegaciones extranjeras y
ovacionantes 50.000 personas que lo despedían antes de viajar a Davos. Al parecer, los
funcionarios argentinos que estuvieron en Porto Alegre ya se habían olvidado del "Que se
vayan todos".
Pensamos en la cantidad de descripciones del Estado como socio del capital y nos
sobreviene el miedo a una amnesia generalizada de la brutalidad y la corrupción de la
casta política; casi podría decirse que esa amnesia ya ha comenzado cuando todavía
circulan infinidad de anécdotas sobre malversaciones, robos y manos en la lata. Nos da
miedo la nostalgia de aquellos sistemas incólumes que transformaron a la mayoría de la
población en una "quantité negligéable" a través de su control y vigilancia, a través de
sus planes industriales, familiares, sociales y habitacionales. Nos atemorizan los
intentos de reanimación de un estado fordista que olvida que los puestos de trabajo, los
autos, las viviendas y el desarrollo de la clase media fueron comprados a través de un
imperialismo vergonzante, con ayuda de la venta de armas y la domesticación de los
individuos. Le tenemos miedo a ese estado neofordista zombie que declara la prescindencia
de un gran número de personas y al mismo tiempo cumplen con la apariencia de mantener a
la gente ocupada. Para qué, si no para una guerra, se necesitaría tanta cantidad de
gente? Aunque esa pregunta está fuera de lugar ahora.
Al asumir, Lula prometió solucionar el problema de las Favelas con la ayuda de los
militares. El argentino Rodríguez Barrientos murió de un infarto en el avión de Air
France que lo repatriaba a su país por no tener permiso de residencia. Para evitar que
los pasajeros no fueran molestados por sus gritos, la policía le había colocado un casco
de motociclista y le mantenía la cabeza entre las piernas para disimular su
desesperación. Hay una guerra, es una guerra interna contra aquellos de los que se puede
prescindir. Y hay una guerra por los recursos que el 15 de febrero pasado reunió a
millones de manifestantes en todo el mundo. Ambas se dejan legitimar por una ética
burguesa: mantener la democracia, libertad de decisión y derechos humanos.
Es la ética de la Clase Media, la misma que nos llena de desprecio porque nosotros somos
parte de ella y porque el contrato con el aparato del gobierno no se pone en duda.
[1] Golondrinas se le dice a aquellas fábricas que se dejan armar o desarmar muy
rápidamente en cualquier lado, por lo general allí donde la mano de obra es barata, donde
las medidas de seguridad no son rigurosas, donde no se pagan impuestos, donde hay
suficiente infraestructura para un transporte rápido y, sobre todo, donde existe una
clase política permeable a las contravenciones. Comp. Naomi Klein: No Logo)
[2] La frase fue una manera de tranquilizar a los militares luego del golpe de 1987.
Alfonsín cede ante la presión militar y sanciona la Ley de Punto Final, por la que dos
meses después caducan todos los plazos para presentar pruebas acerca de los crímenes de
las Juntas. Esto llevó a una serie de denuncias masivas que provocó un intento de golpe
en el mes de abril de ese año. Meses después se sanciona la Ley de Obediencia debida, a
través de la que los torturadores son declarados inocentes en función de haber cumplido
órdenes superiores.
[3] Beate Clarsfeld recibió una condena de cuatro meses de prisión y salió en libertad condicional;durante el proceso no se tematizó el pasado nazi del canciller Kiesinger. La
sociedad la condenó como provocadora histérica; fueron tantas las difamaciones de las que
fue presa, que no pudo publicar más en Alemania. La mayoría de sus libros salieron en
Francia. Beate Clarsfeld no cesó en su persecución de los crímenes nazis y fundó una red
de niños descendientes de víctimas del nazismo.
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