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Cartas de viaje
Carta 2
Buenos Aires, 10 de diciembre de 2002
Esta es nuestra primera carta desde Buenos Aires. Queremos contarles sobre nuestras
proyecciones, los preconceptos con los que vinimos, y sobre la manera en que se van
corrigiendo. Suponemos que, por lo personal, le resultará más interesante a nuestros
amigos europeos que a los argentinos que trabajan en el proyecto. Esperamos sin embargo,
que de ese péndulo que va desde la proyección a la experiencia pueda surgir algún
estímulo para continuar con nuestro intercambio.
Llegamos a Buenos Aires con la información de los noticieros: más del 40% de la población
vive debajo de los índices de pobreza, que cada vez hay más casos de desnutrición
infantil, con las imágenes de piqueteros que bloquean los accesos a la Capital, de
familias que revuelven la basura, de seres que ganan entre 5 y 8 pesos por noche
vendiendo cartón usado, de redes de trueque, ollas populares y asambleas barriales. Lo
que esperábamos era encontrarnos con un contexto urbano social resquebrajado por la
crisis en su conjunto, sin excepciones o fragmentos. Porque, sin querer, imaginábamos que
"la crisis" era una suerte de superficie democráticamente abarcativa, que tocaba a todos
los estamentos sociales por igual; de la misma manera en que, de manera inconsciente, uno
piensa que una economía nacional efectivamente atañe a una Nación en su conjunto.
Ahora podemos reconocer la superficie de la ciudad y leer en las huellas de la historia
de los proyectos económicos: zonas peatonales de los 70, gentrification [1] (renovación) en
los años 80 y 90 de grandes áreas urbanas pobres transformadas en barrios de moda, y los
Docklands de Puerto Madero, arquitectura de inversiones más recientes. Esta engañosa
legibilidad, que por el momento no podemos interpretar de manera más diferenciada, opera
de manera directa sobre nuestra manera de sentir lo cotidiano, sobre nuestra
sensibilidad. Se trata de la obvia apropiación de patrones estandarizados que, a través
de nuestra propia proyección de la crisis, percibimos de manera distorsionada. El primer
día de nuestra llegada fuimos a hacer compras al supermercado Coto; allí nos vimos
confrontados con una cantidad de artículos suntuarios que, según nuestro prejuicio, era
verdaderamente obscena: montañas de fruta y dulces, fuentes de pescado sobre hielo,
platos de comida o /menúes enteros exhibidos a través de un lay out tan atractivo como
tentador: pasillos enteros llenos del mismo producto que dan la sensación de que uno se
sumerge en la mercancía misma.
Paseamos por las galerías del centro de la ciudad, a través de ese ambiente idéntico al
que conocemos de los passages en Europa que prometen, por un lado, una seguridad que debe
ser constatada a cada paso, y por el otro, ostentan una opulencia que parece instalada
desde siempre, como si fuera parte natural de una riqueza antigua y esencial, nunca
cuestionada, nunca amenazada. En comparación con éstas, la arquitectura de las galerías
europeas, tan valorada por los inversores, parecen sólo una pálida copia. La ciudad está
llena de imágenes de una riqueza inasible, sólida. Como si la inasibilidad de las
suntuosas fachadas de los bancos que custodian el corralito fuera el reflejo de una
manera en la que vive, come, pasea y goza de la cultura cierta clase de personas.
Será por eso que tenemos una sensación de pérdida de espacio cuando visitamos ciertas
instituciones culturales cuyo diseño arquitectónico e institucional, que se refleja en
sus actuales muestras, se funden con eso que de alguna manera es el standard
internacional. Porque más allá de esa banalidad imperial y cultural, lo que nos asusta es
la secuencia intacta, sin quiebres, la omnipresencia de un procedimiento artístico e
institucional que en las épocas de la Guerra Fría se interpretaba como lenguaje universal
y hoy provoca la claustrofobia de todo aquello que ya no está en condiciones de ser
tocado.
Para volver a la representación de "la crisis", a sus imágenes y al contenido ideológico
que transportan: no logramos ponernos de acuerdo sobre la manera en que la clase que
tiene el poder de articularse en esos standards hegemónicos internacionales, tiene
también la capacidad de generar imágenes para una realidad política en conjunción como
esta crisis.
Andreas: Esta clase no puede generar imágenes propias de la crisis. Toma prestadas
imágenes de una miseria que, si bien le concierne, no pone en juego su forma de vida de
manera directa. Acaso la imagen más apropiada sea la de la cola ante los bancos: la
espera disciplinada como símbolo de la clase media, la esperanza de que las cosas se
arreglen, una proyección de los buenos viejos tiempos, tan fantasmal y tan totalitaria
como en Alemania. El lunes pasado se abrió el Corralito. La gente vuelve a tener acceso a
sus cuentas de ahorro, hecho que genera las mismas colas de hace un año atrás, cuando se
sancionó el corralito.
Alice: Esta clase no tiene más que imágenes: ruedas de autos en llamas, el bloqueo de los
Piqueteros, los niños desnutridos de Tucumán, ollas populares, los carros de las familias
de cartoneros en la penumbra de la noche... el estado en que las imágenes se congelan en
una cifra, allí permanecen, arrestadas, tan custodiadas como la riqueza. Porque aquí está
claro que no es el Estado ni sus Instituciones sino la policía o los sistemas privados de
seguridad los que custodian la intangibilidad de la riqueza. Las primeras partidas
asignadas después de la liberación del corralito fueron para pagar a la policía.
Luego de nuestros primeros encuentros en Buenos Aires nos dimos cuenta de que, en
realidad, los fenómenos de la pobreza que hoy valen como "imágenes de la crisis" existían
ya desde hace tiempo, sólo que no se filtraban en los informativos; se las desechaba
porque no servían en tanto y en cuanto la Argentina se proclamaba parte del mundo
desarrollado. "La crisis" se nos hizo visible recién a partir de conversaciones privadas
acerca de la pobreza: encuentros con personas a quienes la dignidad hace que la pérdida,
la nueva intemperie, el estar sin techo, aparezca en segundo plano, en frases sueltas de
la conversación: familiares o colegas que emigran, los colegios que no cierran durante el
verano para que los alumnos no pierdan el vaso de leche.
Cuando en Europa la división internacional del trabajo (y con ello, la eficiencia del
security management) condena a la pobreza a los márgenes, aquí, esta división -los
working poor, la explotación de los recursos a través de las multinacionales con sus
filiales en países de mano de obra barata- se manifiesta en un mismo lugar. La crisis
tiene aquí la forma de una tijera abierta a dos puntas: una se llama cercenamiento de la
salud "racionalizar", la otra, segregación. Ahora se venden distintos tipos de bolsas de
basura para que la ciudadanía reparta los deshechos y le facilite el trabajo a los
cartoneros. Esta solidaridad anuncia también una sorda aceptación de la presencia del
trabajo indigno; sobre todo cuando se puede sacar ventaja de la inquina entre la
persistencia de los piqueteros y la "laboriosidad" de los cartoneros.
Otra de nuestras conversaciones nos reveló la existencia de una figura política
fascinante por su ambivalencia: el Puntero, un broker de la información, nos explicaron.
El puntero es la persona encargada de repartir las dádivas sociales de su barrio. A veces
puede estar a cargo de facilitar ciertos trámites (residencia, trabajo, salud.) Cuando
hay elecciones es el puntero quien reparte las boletas en sobres que no se pueden sellar.
Es posible que antes de las elecciones reparta un contingente de zapatos izquierdos y se
guarde el de los derechos para después. No queda claro si el puntero obedece a los
dictámenes de un determinado partido político. Al parecer, el puntero exigirá su óbolo
del partido que gana las elecciones, como si fuera el responsable de que en ese barrio
ese partido salió ganador. Esta ambigüedad de Jano bifronte no se corresponde con las
formas de gobierno que conocemos. Nosotros estamos acostumbrados a los modelos
tradicionales, al fluir de sus sistemas capilares institucionales que apenas dejan lugar
para las filtraciones. Nos preguntamos cuál es la subjetividad que esta arbitrariedad
construye. Tal vez se trate de una subjetividad que refleje esa misma forma de gobierno,
un conglomerado de intereses partidarios y carreras políticas a punto de perder su
legitimidad. Esta pérdida de legitimidad está en concordancia con la actual
"lean-politic" y el desmoronamiento de estructuras progresivamente vacías de toda forma
jurídica e institucional, cada vez más, hasta que sólo queden máscaras. Hay afiches que
sólo prometen "Menem 2003" para las próximas elecciones, como si se tratara de una marca
omnipresente que, sin contenido alguno, sólo necesitara ocupar el espacio público.
Terminamos aquí. Por el momento no hacemos referencia a la gente que estamos conociendo
ni a la vehemencia y la multiplicidad de la protesta opositora. Esperamos que no lo tomen
a mal y prometemos ser más explícitos en la próxima carta. Omitimos hablar de la gente y
de la protesta acaso porque no nos sentimos con derecho o porque estamos atrapados en la
complejidad de las preguntas que enunciamos más arriba. Esperamos que nuestras ganas de
entender puedan servir de estímulo y sugerimos armar un espacio donde se puedan leer y
reenviar los comentarios que surjan.
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proceso urbano por el cual barrios donde solían vivir personas de bajos ingresos se modifican por la llegada de habitantes de mayor poder adquisitivo |
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