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Maristella Svampa
Algunas preguntas de carácter "topológico"
Mi intervención se propone tomar como eje algunas preguntas de carácter topológico o topográfico, de orden general, para intentar leerlas en su inflexión específica, esto es, desde la situación en Argentina. Digo que mis preguntas son de carácter topológico o topográfico, porque se trata de identificar lugares, espacios, territorios, desde los cuales iniciar modestamente un recorrido, un viaje, una reflexión.
Primera Pregunta: ¿Desde dónde pensar los movimientos sociales? Y me refiero a nuestro trabajo intelectual.
Segunda Pregunta: ¿Dónde, en qué lugar se generó la resistencia? Esto nos lleva al tema de los movimientos contra-culturales, a los cuales se ha evocado tanto en las distintas mesas, y a las llamadas "categorías marginales", a las cuales aludió Laclau.
Tercera Pregunta: ¿Cuáles son los lugares de la política hoy? Y cuales algunos de sus nuevos desafíos, a un año y medio de las movilizaciones que sacudieron al país.
1.Creo que los acontecimientos de diciembre de 2001 plantearon nuevos desafíos, especialmente para aquellos que provenimos de una academia hiperprofesionalizada y auto-referencial, que durante los años ´90 se enclaustró en una suerte de defensa del saber profesional y en otros casos -que no es el mío-, que ha sido tan proclive a las consultorías técnicas.
Estos nuevos desafíos reflotaron polémicas que parecían desterradas en el ambiente académico acerca de la relación entre intelectuales y movimientos sociales. Muchos de nosotros, que desde el comienzo estuvimos inmersos en el proceso asambleario nos planteamos interrogantes : ¿Desde qué lugar pensar los movimientos sociales? ¿Que vínculo entablar con ellos? ¿Cuál es nuestro rol como intelectuales? ¿Qué es ser intelectual hoy?
A un año y medio de producida la ruptura, bien vale la pena subrayar lo que me parece un logro y aquello que me parece un desafío.
El logro: creemos que un sector hizo una clara apuesta por pensar a los movimientos sociales, desde los propios movimientos sociales. Y que más allá de los "ismos" producidos, esos compromisos militantes abrieron una suerte de brecha -saludable- en el saber académico hiperprofesionalizado, consultoril, problematizando métodos y estilos de trabajo, estrategias y registros de escritura, subrayando la relevancia de ciertas preguntas que hasta hace poco no se consideraban pertinentes para la investigación. Yo quiero aclarar a mis colegas extranjeros que esto último no es un detalle menor, pues el tipo de pregunta, antes que la respuesta, define sin duda la actitud, el talante intelectual, el juego de pasiones y preocupaciones que atraviesa nuestro trabajo. La disociación del trabajo académico respecto del mundo abigarrado de los movimientos sociales ha sido uno de las cuestiones más saltantes y mas naturalizadas de la última década.
Pero, queremos aclarar que el haber podido plantearnos otras preguntas, cómo ser ¿cuál es nuestro lugar con relación a los movimientos sociales? Y de manera más cercana, tratar de pensar las dificultades de los mismos, nos coloca, inmediatamente, en tensión con las propias instituciones académicas. Y bueno es que traslademos hacia el interior de las instituciones esta tensión, antes que decidir huir de ellas.
Sinceramente yo no creo que exista una única y cierta manera de abordar o producir el conocimiento. Lejos de aportar respuestas definitivas, tendemos a pensar, más modestamente, que es posible construir conocimiento en esa suerte de vaivén inestable o equilibrio cambiante entre, por un lado, el compromiso con una realidad que nos envuelve y nos atraviesa fuertemente y, por el otro, el obligado distanciamiento crítico. Retomando a Norbert Elías, hay que partir de un doble reconocimiento: primero, nadie nos asegura una convivencia ordenada en esta relación entre compromiso y distanciamiento; segundo, de esta interrelación depende no sólo la producción de conocimiento, sino también la vida social, pues "ésta se quebraría si uno de estos dos impulsos avanzara demasiado en una de estas dos direcciones". El verdadero desafío consiste, pues, en que "los impulsos hacia el compromiso y los impulsos hacia el distanciamiento se mantengan en jaque unos a otros".
Esto nos lleva al desafío: somos conscientes de que hace tiempo la Argentina se ha convertido en un país caracterizado por una fragmentación social creciente. En su interior, coexisten numerosas y disímiles sociedades, con zonas de regulación diferente, con recursos muy desiguales y niveles organizativos diversos. Hoy podemos ver que no solo la auto-organización, sino también la heterogeneidad y la fragmentación aparecen como los rasgos más notorios del diversificado mundo popular. Analizar hasta dónde se confrontan, se entreveran o se ignoran estos mundos, a su vez altamente diferenciados en su interior, es una tarea que se impone para cualquier científico social que se precie hoy de intelectual.
Pero esta tarea plantea a su vez el desafío de la multipertenencia. Somos intelectuales, somos académicos, somos investigadores militantes: transitamos distintos mundos y sin duda, en distintos momentos los universos por los cuales transitamos nos pueden plantear conflictos de pertenencia, generando múltiples y profundos malestares éticos e ideológicos. Ahí es donde yo creo que es necesario reafirmar la naturaleza anfibia del intelectual, uno de cuyos mayores desafíos consiste precisamente en no renunciar a la multipertenencia, sino más bien en tratar de pensar creativamente en los cruces, en los puentes, en las articulaciones, aun fugaces y precarios, entre aquellos universos tan diferentes.
2. La segunda pregunta topológica tiene que ver mas precisamente con los movimientos sociales y se refiere a la cuestión de donde se generó la resistencia. Les digo de entrada que aquello sobre lo cual quiero preguntarme es sobre el rol de los movimientos contraculturales en Argentina. Pues resulta claro que para Negri y Hardt, los movimientos contra-culturales del ´68 y años posteriores, tuvieron un rol fundamental en la constitución del nuevo orden social y político que ellos denomina imperio. En la nueva sociedad, el control de las subjetividades es más flexible y mas ductil; la sociedad disciplinaria se debilita, sus elementos trascendentes disminuyen, pero se acentúan y generalizan los aspectos mas inmanentes. En fin, estamos en la era de la auto-disciplina. Pero, lo que es mas importante para Negri y Hardt es la primacía que toman las dimensiones subjetivas en el cambio social, pues fue la liberación de la potencia creativa, a la cual aludieron mis colegas, la que abrió nuevos caminos a la lucha, a través de la trasmutación de valores y, por ende, del cuestionamiento del régimen disciplinario. Así, los nuevos movimientos sociales entrecruzaron, potenciaron y en definitiva tornaron indistinguible la dimensión política y cultural. Como dice bellamente Suely, el capital es un rufián, un cafisho que explota y distorsiona nuestra fuerza creadora.
Ahora bien, yo no creo que en Argentina hayamos tenido movimientos contra-culturales equivalente a aquellos de los cuales nos hablan nuestros colegas europeos. En realidad, en los ´60 los incipientes movimientos contraculturales fueron absorbidos por los movimientos de carácter más eminentemente político, antes de ser reprimidos y desarticulados por la dictadura militar. En ese sentido, hay que tener en cuenta que, a fines de los ´60, en Argentina, el movimiento de modernización cultural, ligado a las vanguardias artísticas, fue absorbido por la exigencia de radicalización del compromisos político, frente a un régimen autoritario y altamente represivo. Por otro lado, y esto se refiere ya específicamente al protagonismo social y político de la juventud entre 1971 y 1973, los movimientos sociales desarrollaron una dimensión movimientista que encontró ciertos límites con la manera de concebir la política que atravesaba la época, tan marcada por la opción -vista como indisociable- entre revolución y lucha armada y, al mismo tiempo, por los fuertes liderazgos personalistas.
Así visto, en términos de militancia, el ethos de los ´70 tuvo dos inflexiones mayores: una específicamente "movimientista", que fue ejemplifica por las "tomas" (las ocupaciones) realizadas durante la corta primavera camporista (mayo-junio de 1973), época en la cual coincidieron el máximo grado de movilización social con la máxima aspiración al cambio. La otra inflexión es de corte "militarista", y aparece encarnada a cabalidad por las organizaciones armadas de izquierda. Aunque había entre ambos una solución de continuidad, los dos tipos de militancia desbordaban ampliamente el marco propio del sistema democrático-populista y amenazaban por ello la escasa estabilidad del régimen recién instaurado. Pero resulta claro que, en la época, la opción por la confrontación armada se impuso por sobre la inflexión movimientista, marcada por una tendencia hacia la autonomía de lo social.
Aclaro que mi intención con esto no es separar la paja del trigo, si no mas bien señalar dos tendencias o mas bien la primacía de una sobre otra, que marcaron las formas de hacer política en la Argentina de los ´70.
Tal vez bien valdría la pena preguntarse si lo que sucedió en diciembre de 2001, aquí en Argentina, no fue precisamente la eclosión -yo no diría tardía, pero si tal vez, contundente- de las fuerzas contraculturales, con una fuerte tendencia al movimientismo y la autonomización. Pero esto no lo digo a fin de tranquilizar mi reflejo sociológico y operar así con una nueva taxonomía: decir, por ejemplo, señores, estamos aquí frente a movimientos contra-culturales, tal como lo reflejan ciertos MTD y mas claramente, las asambleas barriales que sobrevivieron, y por supuesto los colectivos de arte y de contra-información.
Lo digo porque me parece que ésta es una y solo una de las dimensiones de los movimientos sociales hoy realmente existentes en Argentina. Y para ello quiero volver al tema de la resistencia y a la pregunta que motivó este largo excursus. ¿Donde se originó la resistencia en la Argentina neo-liberal? ¿Fueron las fuerzas contra-culturales que denunciaban la irracionalidad del sistema y huían o rechazaban -desde una positividad superior- el régimen disciplinario? Sinceramente, no lo creo así.
La resistencia provino de aquello que Laclau evocó bajo la expresión "elementos residuales" o "categorías marginales", de aquellos que dejaron de ser funcionales en la reproducción del sistema capitalista; a aquellos quienes se ignoró, se los condenó a la invisibilidad social y al sacrificio. Laclau recordó las teorizaciones sobre la masa marginal que se han hecho en América latina y que nos recuerdan que, en estas sociedades, tradicionalmente los individuos han dependido menos de los mecanismos de integración sistémica (proporcionados por el Estado o por un mercado suficientemente expandido), y más, mucho más, de las redes de sobrevivencia que la sociedad ha ido generando desde sus propios contextos de pobreza. En este sentido, la situación de la Argentina refleja un cuadro por demás atípico, pues aparece como uno de los pocos países latinoamericanos en el cual aquello que algunos estudiosos europeos han llamado "sociedad salarial" (R. Castel), tuvo un fuerte desarrollo. Un país con identidades sociales y políticas fuertes, donde hubo una porción importante de la clase trabajadora, integrada en términos de derechos, protección social y estabilidad laboral.
Sin embargo, el proceso de reformas estructurales, que arranca en los ´70 pero que encuentra su realización a partir de los años ´90, implicó el desmantelamiento de la estructura salarial "fordista" (derechos sociales, protección social y estabilidad laboral). La vertiginosidad de estas transformaciones se expresaron por un inédito proceso de descolectivización. Subrayo el termino " descolectivización ", pues éste revela la radicalidad de un proceso que nos colocó frente a lo considerado tradicionalmente como "lo irrepresentable": los desocupados.
La descolectivación fue un poderoso des-identificador: trabajadores de las mas variadas condiciones sociales y trayectorias laborales, equipados con mayor o menor habilidad o saber, fueron expulsados del mundo del trabajo. Fueron hombres, militantes políticos de izquierda -no precisamente peronistas ni provenientes de los partidos de izquierda tradicional- y mujeres, algunas de ellas con experiencia de trabajo comunitario en los barrios, los que lograron redefinir positivamente la situación, quienes a través de su involucramiento masivo en marchas y cortes de rutas colocaron la demanda en un nuevo lugar, al tiempo que realizaron un trabajo activo de reconstrucción de la cotidianeidad.
Así, desde el fondo de la descomposición social, nuevas formas de organización y de movilización fueron emergiendo. A partir de 1996-97, una parte de aquella Argentina sacrificada por el modelo neo-liberal e ignorada por los medios de comunicación, hizo su irrupción en las rutas del país, impidiendo la libre circulación de personas y mercancías, en demanda de puestos de trabajo.
Si traigo a colación este tema es por dos razones. Primero, para insistir que nuestra experiencia de resistencia al modelo neoliberal, debe pensarse no desde el centro (por ejemplo, desde la experiencia de sectores integrados que a través de sus luchas sociales elevaron los costos de reproducción y el salario social; desde sectores que definieron su lucha en términos de afirmación e implicación subjetiva), sino desde el límite, el extremo de la descolectivización. Lejos estamos aquí de aquellas situaciones que nos hablan de la resistencia como expresión de un rechazo al régimen disciplinario. Más aún y por encima de que la situación haya abierto nuevos procesos de subjetivación, dentro del movimiento piquetero, como para el caso de los trabajadores de las fábricas recuperadas, permanentemente aparece tanto la perplejidad frente a la nueva situación -en muchos casos, todavía vivida como transitoria- así como la nostalgia por un modelo de relaciones laborales y sociales anterior. La nostalgia del "pueblo trabajador" ilustrada por el primer peronismo, y encarnada por un personaje a todas luces plebeyo -y contracultural, me atrevería a decir- como Evita Perón, recorre las experiencias de varios de los movimientos sociales más disrruptivos del país.
En segundo lugar, porque creo que el ejemplo sirve para ilustrar también una determinada estrategia discipilnaria del régimen neoliberal contra la cual se tornó necesario luchar. Pues a diferencia del modelo de estado de bienestar, el modelo neo-liberal tiende a producir y multiplicar hasta el infinito la heterogeneidad y las diferencias. Mas aún, en la teoría social hubo toda una serie de desarrollos, funcional a los mandatos del neoliberalismo que asoció los conceptos de desregulación, autoregulación con reflexividad e individualización compulsiva.
La exigencia de individualización atraviesa tanto el modelo de relaciones laborales (la ruptura de las solidaridades intracategoriales; la multiplicidad de los estatus y vínculos contractuales que cuestionaron la posibilidad de un accionar colectivo) como el proceso de subjetivación: es necesario hacerse cargo de uno mismo, construirse como individuo soberano, sostenerse en base a sus propias competencias, independientemente de los soportes materiales con los cuales cuente el individuo (protección social, derechos sociales o simplemente, capital económico)
Más aun, me pregunto si esto no muestra que estamos inmersos en una suerte de lógica diferencialista que pretende anular, borronear, todo principio de unificación y de identidad, multiplicando la heterogeneidad y sembrando la fragmentación.
Sabemos cuales son las dificultades de "devenir individuo" en las sociedades del capitalismo periférico. En este sentido, en Argentina la auto-organización compulsiva de lo social en un contexto de urgencia y de necesidad abrió las puertas a la experiencia de la autogestión, lugar desde el cual los individuos pueden volver a pensarse y de recrearse como trabajadores y, por ende, de reencontrar su dignidad. Desde el fondo de la descolectivización, y solo a través de la acción colectiva, la exigencia de auto-regulación fue resignificada, reapropiada positivamente -y hasta de manera subversiva, como experiencia de auto-organización y autogestión.
3. Desde que lugares pensar la política es una pregunta que atraviesa nuestro país, de manera más virulenta, desde diciembre de 2001.
Voy a plantearlo de entrada. Yo no tengo certezas que comunicar ni hallazgos que trasmitir. No vengo a dar el pésame a la vieja política, ni a declarar pomposamente que, de una vez por todas, que hay una nueva manera de pensar y hacer la política que es superadora de las anteriores, en nombre de la multiplicidad y la diferencia.
Tengo más bien interrogantes, planteos que hablan de la dificultad de pensar las dificultades que atraviesan hoy los movimientos sociales en mi país. Tengo dudas y cuestiones, que deben ser tomadas menos como axiomas normativos o como definiciones cerradas, y mas como indicios de una pasión, como expresión de un talante, por qué no, de una actitud intelectual.
Me resultó muy interesante la jornada de ayer. Aprendí bastante. Por momentos, supongo que les habrá pasado también a ustedes, tuve la impresión de que estábamos frente a dos paradigmas inconmensurables, incomunicables. Para retomar un concepto que utilizó Lazzarato, ayer, por momentos, estuvimos frente a "mónadas". Pero no me refiero a la monadología de Gabriel Tarde, que no conozco, sino a la de Leibniz, pues parecía que las mónadas, a fuerza de carecer de puertas y ventanas, no podían comunicarse. Pero, a diferencia del universo leibniziano, aquí, desde mi humilde entender, no había armonía pre-establecida. Lo cual complicaba aun mas el escenario.
Pero como yo solo tengo algunas preguntas y mucha preocupación por lo que sucede, lo cierto es que me resulta más fácil detectar los excesos y los déficits, antes que las verdades plenas, si las hubiera.
Resulta claro que la política encuentra nuevos espacios de potenciación en la argentina: desde la ruta, la calle, hasta los barrios, en ese vaivén se van definiendo las nuevas coordenadas de la resistencia y de la creación de los nuevos lazos sociales.
En este sentido, lejos estamos también de extender un certificado de defunción a las fuerzas movilizadas desde hace un año y medio. Todo lo contrario, creemos que hay una acumulación positiva, un decantamiento visible en las nuevas experiencias de autogestión, en las corrientes contra-culturales, en la creciente participación de la mujer en las luchas sociales y su impacto en las relaciones de genero, en la conformación de una generación de cuadros militantes. Lo cual no es poca cosa.
Sin embargo, no ignoramos ni queremos ocultar las dificultades atravesadas durante el año 2002, un año excepcional, a todas luces para nosotros los argentinos. Y creo que habrá que pensar en las dificultades de la construcción política: no solo aquellas vinculadas a la intervención desgastante de ciertos partidos de izquierda con pretensiones hegemonizantes, sino también aquellas otras tensiones que estaban inscriptas en la propia dinámica inaugural de aquellos acontecimientos. Y me refiero específicamente en la negación de toda representación articuladora de las luchas. No es posible escamotear una pregunta que recorre hoy un conjunto plural de voces acerca de la posibilidad o no de articular las diferentes luchas sociales, sin subsumir las diferencias en una totalidad cerrada. En realidad, la pregunta requiere delimitar necesariamente aquello qué queremos articular: si se trata de unificar concepciones y perspectivas teóricas, lo cual deviene un tanto improbable; si se pretende establecer acuerdos políticos o programáticos, lo cual implicaría hablar, hasta cierto punto de la necesidad de construir movimientos u organizaciones de gran escala; o bien si s trata de encontrar puntos comunes en la discusión, para definir una agenda o mas sencillamente, un plan de lucha.
El escenario sigue abierto y son los movimientos sociales, y aquellos que los acompañamos en su andar y en su reflexión, los que debemos hacernos cargo de estos desafíos y dilemas.
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