La Normalidad
Del 15 de febrero al
19 de marzo de 2006
Palais de Glace
Posadas 1725
Buenos Aires
Entrada libre y gratuita
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Buenos Aires 2003
La Crisis de la representación

Katja Diefenbach
La politización de la vida
Algunas observaciones sobre cómo volverse político sin hacer política y cuáles son las dificultades con las que uno se topa

Todo va a estar bien: los años setenta
En 1972, Jean-Pierre Gorin y Jean Luc Godard filmaron Tout va bien, un film sobre la crisis en la que entraron el amor y la política en los años setenta. En algún momento a principios del film, se ve un fabricante de salchichas que habla del fin de la lucha de clases y del surgimiento de un capitalismo de rostro humano. Cuando se cansan de escucharlo, los obreros, hombres y mujeres, encierran a su jefe en la oficina y ocupan la fábrica. De a poco, comienzan a discutir sobre acciones directas, sobre el trabajo en la cadena de montaje y de que están hartos de que otros los representen: sindicalistas, sociólogos, periodistas. Pintan la oficina de otro color y ponen de patitas en la calle a un mediador de la CGT. Al mismo tiempo ocurre la historia entre ella y él. Ella (Jane Fonda) es una periodista norteamericana en París que escribe sobre la huelga en el frigorífico. Hace años que devino especialista en la izquierda radical francesa, una especialización que comienza a parecerle ridícula. Se pregunta por qué produce notas sobre acciones que luego la emisora de TV reduce a breves fragmentos con formulaciones caricaturizantes, en lugar de participar ella misma de esas iniciativas. Él por el contrario (Yves Montand) es un ex-militante y cineasta de la Nouvelle Vague que ya no sabe qué puede significar en su vida la consigna La lutte continue. Ahora se dedica a la publicidad y para simplificar, lo llama sinceridad. En la segunda mitad del film, ella le explicará que ya no le gusta la imagen que él tiene de su relación. Por breves segundos, se ve un falo erecto. Ella comienza a investigar las condiciones de trabajo de los empleados de comercio. La última escena se desarrolla en un hipermercado, una de esas fábricas sociales fuera de la fábrica. Lento travelling por las 25 cajas, detrás el puesto de un funcionario del PCF que exclama "¡Vivir mejor: el nuevo programa del Partido Comunista por sólo 4 francos con 75!". El stand es rodeado por activistas. Para oponerse a la humilde "mejor vida" del PCF lanzan la consigna "¡Todo gratis!". Con los carritos llenos, la gente avanza en masa hacia la salida, hasta que llega la policía y la emprende a golpes contra los consumidores militantes con su gratuita felicidad consumista.

La politización de la vida
Tout va bien pone en imágenes las nuevas formas de acción que comenzaron a surcar el cielo como luces de Bengala después de 1968. En los años setenta surgieron nuevas formas de militancia sociales sobre todo en Francia y en Italia. La gente decidía pagar menos por sus cuentas de luz y teléfono, reducía por cuenta propia los precios de los supermercados, las tarifas de los transportes públicos y el valor de las entradas de cine. Esta reformulación minoritaria de lo político es el punto de partida que toma gran parte de la izquierda crítica de la globalización de hoy en día.

En los años setenta se pusieron en cuestión toda una serie de formas privilegiadas de articulación política: la fábrica como primer espacio para la lucha, la clase trabajadora como sujeto colectivo que hace historia, la teleología del marxismo hegeliano, según la cual el capitalismo va a caer víctima de sus propias contradicciones en proceso. Se volvieron atacables todas las representaciones del trabajo político: el vanguardismo del cuadro, la actitud patética del combatiente, la posición del intelectual de izquierda, las tristes pasiones de los militantes: disciplina, didactismo moral, mal humor. Los frentes se multiplicaron. Desde entonces, tanto el lugar de trabajo como la pareja pueden ser el espacio de la lucha. De esa manera se desdibuja la frontera entre política y vida. En el activismo político se articulan aspectos de disidencia social invisibles hasta ahora. Se politiza la vida misma: el cuerpo, el sexo, la casa, los sentimientos. Esa socialización de lo político, esa pasión por transformarlo todo en una cuestión política, duplica el movimiento productivo del poder moderno, o dicho de otro modo, se mueve en una relación específica que es a la vez interior y exterior al movimiento del poder moderno. Cabría discutir de qué manera las disidencias sociales y las acciones políticas representan los límites del poder que se refiere a ellas. Es que uno de los umbrales de la modernidad estuvo dado por la politización de la vida que se inició en Europa en el siglo XVI y XVII: la movilización de las actividades, el estímulo de las destrezas físicas, la integración de las poblaciones en un ámbito determinado por el valor y el usufructo. Las luchas de la izquierda no dogmática han generado un enorme aluvión de diferenciación social, política y sexual en las sociedades de Europa occidental, sin obtener en cambio los profundos cambios sociales -socialismo, autogestión etc.- que constituían la meta de muchos de esos activistas. En ese sentido, esas luchas fracasaron con éxito. Y en ese sentido lo que está en cuestión es cómo determinar la relación de fuerzas en un campo biopolítico-capitalista que atraviesa el activismo social.

Desde fines de los años ochenta, los estados nacionales son atravesados por flujos cada vez más interrelacionados y globalizados de usufructo y explotación. Quizás sea pertinente hablar que está comenzando a aparecer un Imperio capitalista en el que no desaparecen los estados nacionales, pero pierden su autonomía política. Está surgiendo un espacio homogeneizado de producción y circulación. Y a la vez, aumenta la heterogeneización en todos los niveles. Por eso, las relaciones de fuerza sociales solo pueden ser determinadas desde la especificidad de la localidad globalizada, porque el Imperio expresa una doble tendencia, la simultaneidad de un movimiento homogeneizador y otro heterogeneizador. Las sociedades se acercan espacial- y temporalmente, sin por eso volverse más homogéneas.

El empresariado biopolítico
Es en esas relaciones de fuerzas homogeneizadas-heterogeneizadas donde se mueve la izquierda crítica de la globalización y el nuevo protagonismo social argentino. Ambos continúan con diferentes dimensiones la línea de la socialización de lo político. Los principios son la autoorganización, el trabajo de base, minimizar la representación a través de funcionarios. Se trata de crear una relación entre universalismo y diferencia que no repita el mecanismo de la inclusión excluyente. Se trata de unir la política con su acto, un ataque a la línea proyectiva y escatológica de la política de izquierda que exige renuncias de uno mismo y de los demás. En lugar de eso: No necesitás estar triste para poder ser militante. No necesitás ser un marginal. Pero si no lo sos, tampoco deberías comenzar a hablar en lugar de los marginalizados.

Quisiera hacer un par de observaciones sobre un desarrollo que en la Argentina se llama protagonismo social. Voy a hablar desde el contexto en el que discuto en Berlín, el de la teoría y la praxis en el marco del movimiento post-autónomo. La cuestión es cómo volverse político sin hacer política y cuáles son los obstáculos con los que uno se topa. Desde la perspectiva en la que vivo, las prácticas políticas minoritarias -la disolución de lo político en la vida- se ven alcanzadas por el hecho de que pueden ser vinculadas con las técnicas de movilización biopolítica del posfordismo. El joven urbano que se las arregla con poca plata, vive al margen, pero está en permanente actividad, lee, sale, hace música, programa computadoras y filma videos es una figura mayoritaria de lo minoritario, un soldado en el frente guiado por el imperativo posfordista de volverse empresario de sus propias capacidades, un empresario biopolítico.

El hecho de que esa dimensión es subestimada políticamente queda demostrado por el ala izquierda del movimiento open source, que parte de la base de suponer que su praxis constituye "una forma germinal de una nueva sociedad más allá del capitalismo". Esta tesis conlleva el problema teórico de que el concepto de forma germinal presupone que el trabajo vivo contiene una sustancia emancipatoria. Pero por el otro lado, plantea un problema eminentemente político: el movimiento open source no puede determinar su propio desarrollo. Actualmente asistimos a la vinculación de las destrezas técnicas de los programadores open source con la gran industria y las instituciones públicas que han comprendido que el software libre es más barato y presenta menos fallas. La última edición de la convención Linux que tiene lugar todos los años en Alemania, que cuenta también con un congreso para funcionarios y negocios organizado por el Ministerio del Interior, tiene como lema publicitario el encuentro de las empresas y la comunidad. Aquí se revela la relación de intercambio entre el empresariado industrial y el biopolítico.

En Berlín también discutimos una segunda dinámica: el hecho de que las prácticas minoritarias fracasan con éxito cuando devienen estilos de vida comercializados que circulan por los medios como imágenes culturalizadas. La publicidad ya no proporciona productos, sino una imagen. El estilo de vida con marca registrada podría ser una buena manera de subsumir el capitalismo biopolítico avanzado.

Hace uno o dos años, de noche llegué casi sin querer a un bar de Berlín Mitte en el último piso de una casa de departamentos. Parecía uno de esos clubes y negocios de okupas a comienzos de los noventa: tras la así llamada reunificación, un grupo difuso de gente -activistas de la última fase del movimiento autónomo y gente de las movidas artísticas y musicales ocuparon casas vacías en el Este, en el viejo centro de Berlín y el ex barrio judío, cuyos habitantes habían sido asesinados casi todos durante el nazismo. Esa movida de los años noventa que se fue hacia el Este, desapareció con el reciclado de la zona como barrio elegante. De ser protagonistas de la movida, pasaron a fundar empresas creativas, negocios de discos o de ropa, agencias de publicidad o kioskos de servicios de Internet, de los cuales muchos quebraron en la crisis de las empresas punto.com. Ese bar era como una cita de comienzos de los noventa. No había cartel indicador, en algún lugar del quinto, sexto piso, un departamento se transformaba en bar, en club. Las paredes estaban empapeladas con fotos de gran formato de jóvenes en look radical-chic: ropa de segunda mano, pero anteojos de sol de diseñador. Primero nos llamó la atención que la cerveza costara 3 euros: el estilo era escena okupa, los precios eran los de la industria de las discotecas. Días después, cuando nos pusimos a mirar las fotos que sacamos en ese bar, nos llamó la atención que todos los pósteres llevaban decentemente integrado el logo de Nike. El lugar tenía sponsor. Un par de semanas después, un par de chicos entraron en el bar, hicieron pintadas en las paredes y leyeron un texto sobre la comercialización de la disidencia y las corporaciones transnacionales. Periodistas de un gran diario llamaron a la gente de la escena politizada y artística para escribir un artículo sobre adbusting, daño de imagen y Nike. Esas historias entre lifestyle y resistencia siempre se venden bien. Ese es el estado en que está Berlin Mitte hoy. La disidencia es efímera y pronto pasa a formas comercializadas. El movimiento político de izquierda es parte de esa disidencia e intenta tematizar cada tanto la simultaneidad de diferentes tipos de vida y la modernización de mecanismos biopolíticos y capitalistas.

En este momento se está desarrollando una campaña bajo el lema "Berlín gratis". Se dirige contra la política de ajuste del gobierno municipal socialdemócrata-socialista, que cierra jardines de infantes, corta los fondos de las universidades, no hace nada por evitar el aumento de precios del transporte urbano, hace barrer las calles por beneficiarios del subsidio social y aumentó el precio de las piletas públicas a 4 euros legendarios. La campaña no exige, de manera eurocéntrica o romántico-reformista, el retorno imposible al Estado de bienestar fordista. No quiere domesticar el capitalismo a la manera de los socialdemócratas extraparlamentarios de Attac. Intenta inventar prácticas y planteos que ataquen el vínculo entre biopolítica y capital: sobre todo la reivindicación del salario social, sin obligación de trabajar, y el reclamo de derecho irrestricto de permanencia para todos los habitantes de un país. Esos reclamos se articulan en el marco de acciones concretas: la campaña imprime boletos de transporte gratuito en ómnibuses y trenes, organiza pequeñas manifestaciones frente a dependencias de Acción Social en barrios proletarios y migrantes, convoca a happenings en las piletas públicas para ir a nadar gratis de manera colectiva, se las agarra a golpes con la gente de seguridad en el borde de las piscinas y organiza seminarios sobre el desmantelamiento social y la crítica del Estado social. La participación en estas acciones es moderada, a veces participan cincuenta, a veces cientos de personas, las formas de la praxis política son lúdicas y tendencialmente subculturales.

Asistentes sociales a escala mundial
La politización de la vida que fue tomando los cuerpos y las poblaciones en la modernidad, comenzando por las ramificaciones más externas de lo cotidiano, no sólo generó el cuerpo movilizado del ciudadano, sino también el cuerpo de la nuda vida, ese que sólo pertenece a lo social en tanto no pertenece. En la población, esa inclusión excluyente puede darse a lo largo de la etnización, proletarización, criminalización, o también atravesar el cuerpo, separando la desnudez del enfermo, del loco o del objeto sexual particular. Desde la perspectiva de una teoría de la soberanía, el teórico italiano Giorgio Agamben ha escrito en el último tiempo sobre la segregación de una vida desnuda, que en un mismo paso es privada de derechos y administrada humanitariamente. Agamben continúa así la crítica al humanismo que ya había sido planteada por el posestructuralismo. No es verdad, dice Agamben, que el activismo humanitario simplemente todavía no haya terminado de imponer los derechos humanos. No, en el fondo de la constitución burguesa se establece el mecanismo que prevé la diferenciación entre ciudadano y ser humano, entre vida calificada y nuda vida. Quien nada tiene salvo la posibilidad de exigir sus derechos humanos -en primer lugar el refugiado-está sometido a una extrema privación de derechos y se lo hospeda en campos. Agamben señala un punto muy actual, porque en el régimen policíaco de control y guerra que se está desarrollando, cada vez hay más lugares donde se estaciona a la gente como mera vida. No son objetivo o punto de paso de una movilización biopolítica. No son estimulados para que se mantengan aptos para el trabajo, capaces de articulación, sanos y sexualizados, sino que conforman una población superflua, que es administrada en términos negativos, cuya migración es detenida, cuyo hambre es racionado, cuyo cuerpo es depositado. De manera análoga a la estrategia movilizadora del biopoder, esta estrategia inmovilizante es ejercida desde abajo, comenzando por las instancias de menor nivel, en los barrios, en las estructuras de abastecimiento, en las instituciones más elementales. Con este desarrollo surge también un nuevo tipo de empresario biopolítico en el imperio: el asistente social mundial, el activista de las grandes ONGs y de las organizaciones humanitarias.

Durante la guerra del Kosovo y el bombardeo de Yugoeslavia por la NATO en 1999, en pocas semanas huyeron más de 750.000 personas, un éxodo que la Unión Europea no quería recibir en sus territorios. Fue así como la OTAN, en estrecha colaboración con las ONGs internacionales y las organizaciones de ayuda, organizó campos de internación en Macedonia y Albania; allí se detenía a los refugiados. En los campos rodeados por altos alambrados había estrictos controles de ingreso y largas esperas cuando llegaban visitas. Los campos eran vigilados por policías con perros. Hubo varios intentos de fugas en masa, durante los cuales se tiraron abajo los alambrados y fueron atacados policías y colaboradores de las ONGs. De hecho, las ONGs estaban ejerciendo funciones casi estatales: controlaban el tránsito fronterizo y recogían a las personas, muchas de ellas traumatizadas. Para cumplir con su trabajo, estaban provistas de cámaras digitales, impresoras de documentos y laptops con un software especial para registrar refugiados, donado por Microsoft. Tras el fin de la guerra, a cada ONGs como Oxfam, Mercy Corps Int., Care, Solidarité etc. se le dio su área de responsabilidad. Esa integración de lo humanitario en lo militar también se percibe actualmente en Afganistán, donde unidades mixtas integradas por ONGs y el ejército trabajan como Provincial Reconstruction Teams para reconstruir la infraestructura.

En el curso de este año, el Ministro del Interior británico presentó ante la EU el plan de sacar las zonas de privación de derechos por razones humanitarias fuera del territorio europeo; la propuesta es ubicar a los solicitantes de asilo y a los fugitivos mientras dure su proceso de admisión, en así llamadas zonas de protección en las proximidades de zonas de crisis y a lo largo de las rutas de la huida.

Observación metodológica: pensar en términos de relaciones de fuerza
El interrogante que se plantea es cómo teorizar la forma en la cual las disidencias sociales y políticas puedan darse por dentro y por fuera del doble movimiento de biopolítica y capital. La cuestión es determinar en qué medida constituyen el límite de un poder que se refiere a esas disidencias. El posestructuralismo insistió en teorizar la sociedad como campo de inmanencias que no es determinado por ninguna ley histórica ni por ninguna trascendencia. En ese punto, surge el interrogante acerca de cómo pensar un afuera dentro de un tal campo de inmanencias que posibilite una transformación emancipatoria. De no ser así, el análisis siempre terminaría con el triunfo de la modernización y una totalidad social cerrada.

Analizar la sociabilidad como campo de inmanencias es uno de los proyectos teóricos que Foucault y Deleuze llevaron adelante durante años en paralelo y con el cual se enfrentaron con los pensamientos dialécticos y teleológicos. Mientras Foucault discutía una coextensión entre poder y resistencia, Deleuze ya planteaba la cuestión de la inmanencia desde la perspectiva del deseo, concepto proveniente de la crítica del psicoanálisis, que paulatinamente dejó de lado a favor de configuraciones heterogéneas y singularidad. A partir de un determinado punto, Foucault no va más allá de un relativismo de poder y resistencia. Eso se puede observar en párrafos como los siguientes:

"Las resistencias no provienen de principios de otro tipo (...) En las relaciones de poder, son el otro lado (...). Por eso están distribuidas de manera irregular (..); cada tanto se cristalizan de modo permanente en grupos o individuos o delimitan determinadas zonas del cuerpo, determinados momentos de la vida, determinados tipos de conducta. ¿Grandes rupturas radicales, divisiones masivas? Suele ocurrir. Pero es mucho más frecuente que haya puntos de resistencia móviles y transitorios, que (...) generan divisiones en una sociedad, rompen unidades y provocan reagrupamientos"

(Foucault: Sexualität und Wahrheit [Sexualidad y verdad])

Deleuze va más allá de esta teoría relacional del poder y la resistencia. Intenta describir la sociabilidad como configuración históricamente específica del deseo que en un primer nivel no está caracterizado sino por el funcionamiento de elementos disímiles. Esa configuración es constituida por el movimiento de líneas de fuga. El concepto es un postulado teórico: no se trata de concebir lo social como determinado por contradicciones, como pensaba el marxismo, sino plantear que al ser, en tanto configuración, siempre se le escapa algo que lo abre hacia nuevas relaciones de fuerza. A diferencia de Foucault, el poder aparece por dentro de esta configuración. El poder es un afecto del deseo. Se transforma en el movimiento del deseo. Deleuze esboza en un análisis del siglo XI cómo cabría pensar el movimiento de un campo de inmanencia social que no podría ser representado en términos de relaciones de sujeto-objeto o de forma-sustancia:

"Lo primero en la feudalidad son las líneas de fuga que supone; lo mismo ocurre para los siglos X al XII; y lo mismo para la formación del capitalismo. Las líneas de fuga no son necesariamente "revolucionarias", al contrario, pero los dispositivos de poder quieren taponarlas, amarrarlas. Alrededor del siglo XI, todas las líneas de desterritorialización se precipitan: las últimas invasiones, las bandas de pillaje, la desterritorialización de la Iglesia, las migraciones campesinas, la transformación de la caballería, la transformación de las ciudades que abandonan cada vez más los modelos territoriales, la transformación de la moneda que se integra en nuevos circuitos, el cambio de la condición femenina (...) etc. La estrategia (del poder) será secundaria en relación a las líneas de fuga, a sus combinaciones, a sus orientaciones, a sus convergencias o divergencias. (...) Son líneas objetivas que atraviesan una sociedad, en las que los marginados se instalan aquí o allá, para hacer un bucle, un remolino, una recodificación".

(Deleuze: Lust und Begehren [Deseo y poder (25, f; 29). Hay traducción en castelllano en: http://www.hartza.com/deleuze.html)

En la perspectiva teórica de Deleuze, la politización minoritaria de la vida, tal como la llevan adelante los nuevos movimientos sociales, es un proceso complejo. Conlleva el potencial del peligro del terror micropolítico, en cuanto estas formas políticas se vuelven voluntaristas o minoritarias y en cuanto una vida subjetiva cae bajo la presión de la conducta recta. La política minoritaria tiene una relación de intercambio con la estetización de la diferencia como estilo de vida. También es extremadamente frágil por el hecho de haberse despedido del disciplinamiento político y de la tecnocracia con su pensamiento táctico y estratégico que cargaba la praxis con el cálculo de la efectividad revolucionaria. La política minoritaria a menudo queda por debajo del grado de intensidad que haría mella en la combinación de control biopolítico y explotación capitalista. La agudeza de lo político depende del entrecruzamiento de líneas de desarrollo en la sociedad: depende de lo que se reúna.

De Génova a Nueva York
20 de julio de 2001. Génova. Segundo día de las manifestaciones contra la cumbre del G-8. Hacia el mediodía, 15.000 activistas del sur y oeste de Europa emprenden desde el estadio atlético Carlini la marcha de los Tute Bianche, que han pasado a llamarse los "disobbediente". Es breve el recorrido de los activistas biopolíticos que una hora después son detenidos por los gases de la policía. Diez, veinte metros hacia delante, todo cubierto de niebla blanca. Atrás, carros blindados. Quien no tenga máscara de gas sale corriendo. ¿Hacia atrás? Allí no hay nada. No hay calles laterales, no hay lugar, a la derecha un paredón muy alto que da contra las vías del tren, a la izquierda, medianera contra medianera. Una hora después, la policía mata a Carlo Guiliani. Se vuelve evidente que la política del estado de excepción que se proponen intensificar los estados de la Unión Europea después del 11 de septiembre también se ejerce hacia adentro, aunque tenga otras dimensiones, más mediadas, más puntuales. La figura que se esboza sería la de un doble régimen policíaco tanto en la política interior como exterior, en el que se vuelve extremadamente móvil el límite que separa adentro de afuera. Fue el gobierno italiano el que se destacó por intentar establecer, después del 11.09., la ecuación seguridad = lucha contra el terrorismo = lucha contra el movimiento de globalización.

En los primeros proyectos para las directivas de la EU para la lucha antiterrorista de fines de 2001, se codifican como terroristas una serie de acciones que pertenecen al campo del activismo social: ocupación ilegal o destrucción de propiedad estatal, medios de transporte, infraestructura; violencia urbana; interrupción de los servicios públicos como agua o energía; ataques contra sistemas informáticos. Esa versión no ha sido aprobada, pero señala la nueva potencia de un régimen de control policiaco en los estados europeos.

Desde mediados de los años 90, los tute bianche -y toda una serie de críticos de la globalización post-autónomos- recurren a conceptos operaísticos: multitud, subsunción real de la sociedad bajo el capital, valoración de toda la vida, de la comunicación, del saber, de los afectos. Estos activistas pensaron: si es verdad que las luchas obreras y los conflictos sociales de los años sesenta y setenta han llevado a que la fábrica se difunda en la sociedad hasta transformar toda la sociedad en una fábrica; si es verdad que el planteo feminista de considerar el trabajo no remunerado como parte de la productividad social ha sido verificado históricamente a una escala aún más amplia; si es verdad que la relación con el capital avanza de manera cada vez más productiva a través de los cuerpos, transforma los sentimientos y las subculturas en valores y empuja a los sujetos para que se vuelvan empresarios de su propia existencia marginalizada, entonces deberíamos inventar un activista biopolítico a la altura de los tiempos.

En Génova miles de personas adhirieron a las manifestaciones de los tute bianche porque desde mediados de los 90 habían desarrollado conceptos militantes de actividad anticapitalista relativamente visibles, que no eran economicistas sino intervenían en todo el campo social: viajar grupalmente sin pagar en los transportes públicos, hacer acciones contra las cárceles para los inmigrantes ilegales, intervenir en conflictos laborales. Se intentaba superar la codificación subcultural de la militancia autónoma y la política identitaria de la bronca organizada en grupúsculos, que aparece en grupos anarquistas del movimiento crítico de la globalización. Como Pink Silver, People´s Global Action, como grupos de autoorganización de migrantes (Kanak Attak, Sans Papiers etc.), los disobbedienti articulan una promesa: la silenciosa reaparición de las opciones hacia fines de los años noventa. Más allá del esfuerzo de tener que seguir adelante en la política, las cosas comenzaron a moverse.

El ataque terrorista contra el World Trade Center del 11 de setiembre de 2001 demostró de un solo golpe como se plantea la potencialidad política reaccionaria. Los días posteriores a Génova parecían iluminados por la posibilidad de una política minoritaria militante, un sol que seguía brillando aunque las posibilidades no se dejaran transformar en realidades, como cuando en Berlín, los eventos públicos y las manifestaciones siguieron recurriendo a los antiguos discursos y formas de articulación de otros tiempos, cuando volvió la sensación de lentitud, cuando quedó en claro que en Alemania, Attac atrae más gente que los sectores más radicalizados del movimiento crítico de la globalización. Ese horizonte de la potencialidad de lo político fue tapado por otro horizonte que se impuso en el campo de visión a la altura de los ojos. El ataque terrorista contra el World Trade Center tuvo una gran fuerza transitoria. Legitimó estrategias hegemónicas de control de la política interior, ya existentes, y un régimen transnacional de intervención en crisis. Catalizó en la derecha una culturalización de la política según la cual sólo existe el orden civil del Imperio y el terror. El terrorismo es ideologizado como el otro absoluto, sin historia, sin motivaciones políticas, que irrumpe cual catástrofe natural sobre los estados hegemónicos.

Estado de excepción
El teórico italiano Giorgio Agamben teoriza acerca de la biopolítica como política institucionalizada de la muerte, una administración humanitaria que opera en nombre de la vida. Establece el estado de excepción, anula el derecho como tal en la misma mediada en que aumentan los procesos jurídicos en la política internacional. Además, Giorgio Agamben diagnostica una nueva inversión funcional de la disciplina. La primera había sido datada por Foucault en el siglo XVII, cuando en Europa, los sistemas de disciplinamiento basados en los mecanismos duros como la cuarentena o la antideserción se transformaron en mecanismos más bien normativos, pedagogizantes, integradores. En la fase tardía del siglo XX, se da para Agamben la coyuntura signada por aquel disciplinamiento de excepción que se basa en la inclusión excluyente y que actualiza los mecanismos más tempranos de la disciplina moderna: "la contención de las amenazas, la sujeción de poblaciones inútiles o inquietas, el control de grandes aglomeraciones humanas" como describió Foucault para el siglo XVI. Las sociedades europeas se caracterizan por el hecho de que coexisten diversos registros biopolíticos de diferente raíz histórica. En Alemania están apareciendo más y más técnicas de disciplinamiento duro, de la más diversa calidad. Por un lado se trata de medidas autoritarias de workfare de baja intensidad, como la obligación de prestar servicios laborales para quienes perciben subsidios sociales o para los desocupados, la obligación de presentarse periódicamente en una oficina y sólo poder irse de viaje con un permiso. También hay medidas especiales de índole racista como la obligación de residencia para los solicitantes de asilo que no pueden abandonar la jurisdicción en la que están registrados o su internación en campos en los aeropuertos hasta tanto se analicen sus pedidos de asilo, que suelen ser desestimados.

La policialización de la guerra
El estado de excepción del que habla Agamben tras una relectura crítica de Carl Schmitt, caracteriza la nueva forma de hacer la guerra. La guerra policíaca es la forma de intervención que se lleva adelante en la interioridad global del capitalismo. Las guerras policíacas no se ganan. La policía siempre está. No hay fin definitivo en una guerra en la que no se trata simplemente de conquistar y ocupar un territorio, sino de mantenerlo accesible. El objetivo es garantizar el libre tránsito de los flujos de mercancías, servicios, recursos y fuerzas productivas en los espacios seguros. Las guerras que no pueden ser ganadas requieren necesariamente de crecientes medidas de control. Eso se puede observar cabalmente desde el 11.09. Antes de que se izara la bandera de Enduring Freedom y que comenzara la guerra de Afganistán, en casi todos los estados hegemónicos se sancionaron leyes de seguridad que flanqueaban la guerra contra el terrorismo sobredeterminada por el racismo. No tiene sentido buscar la causa primera que da lugar a la guerra, como el petróleo, la seguridad o la lucha contra el terrorismo. La guerra policial es una guerra definitivamente hibridizada en la que se persiguen a la vez líneas económicas, ideológicas y biopolíticas.