La Normalidad
Del 15 de febrero al
19 de marzo de 2006
Palais de Glace
Posadas 1725
Buenos Aires
Entrada libre y gratuita
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Berlín 2003
Planes para huir de las visiones panoramicas

Imma Harms

La compulsión de escribir la historia
(fragmentos)


La Casa de la Literatura de Berlín (Literaturhaus Berlin ) es un punto de encuentro y un espacio abierto a la cultura asentado en una antigua casa resguardada por arbustos densos y verdes, residencia ilustre del barrio berlinés Charlottenburg. En la actualidad se halla en exposición la muestra Protest!Literatur. Cuando me inclino sobre las vitrinas en exposición, veo reflejado mi propio rostro que me observa. Los restos de nuestros actos de protesta durante los 60 y los 70 reaparecen aquí como sedimentos históricos. Las vitrinas parecen sarcófagos de cristal en la bóveda donde yace el acervo de la cultura hegemónica. Los testimonios personales parecen el residuo de las identidades políticas de aquellos que hace tiempo están en algún otro lugar. Pero yo no estoy en algún otro lugar. La mayoría de lo que aquí se presenta como pre- y protohistoria, para mí es en cambio mi actual campo de batalla. ¿Soy de ayer? ¿Soy el ayer?

Muchas de las publicaciones alrededor de la historia de la izquierda, hoy pelean por un lugar y un significado en el mercado de los medios de comunicación -historias de vida, reconstrucciones de jornadas históricas, crónicas de grupos aislados o de movimientos enteros: justificantes, críticas, orgullosas o sarcásticas. Las crónicas de la historia parecen más confiables y verídicas, cuando las y los cronistas han sido partícipes de aquellos acontecimientos pasados. Esto es justamente lo que quiero poner en duda. Quiero sembrar la duda acerca de los criterios según los que se lleva a cabo la tarea de revisión y reconstrucción de la historia -y más aún precisamente si son las y los propios actores los que cuentan la historia. Mi premisa es que tanto la verosimilitud de los acontecimientos como la autenticidad de las informaciones se ven distorsionados por un interés de tres órdenes:
- el interés por apropiarse de la historia: cuando se realiza una valoración subjetiva, en pos del propio interés, de los conflictos políticos del pasado;
- el interés por aprovecharse de la historia: cuando se aprovecha y se hace eco de la pretendida exclusividad de los recuerdos;
- el interés por asegurarse la historia: cuando se construyen interpretaciones que justifican quiebres dolorosos en la propia identidad política.

"La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino aquel pleno de tiempo-ahora. (…) La moda husmea lo actual, dondequiera que lo actual se mueva en la jungla de otrora. La moda es el salto de tigre al pasado (…) se mueve en un terreno en donde manda la clase dominante" (Walter Benjamin, Obras Completas, pág.697)

El llamado tiempo-ahora de Benjamin está dado por el marco de condicionamientos e intereses de conocimiento de aquí y ahora dentro del cual se articula la reflexión histórica. Ese husmear, ese olfato por lo actual como salto de tigre al pasado es el indicio de que existe un vasto cúmulo de acontecimientos vírgenes, no interpretados todavía, que pueden ser materia prima para un aprovechamiento de la historia y una valoración historiográfica subjetiva que sirva a los propios intereses.

(…)

Pero ¿es posible, en definitiva, contraponer a la tradición historiográfica dominante una historiografía practicada desde abajo?; ¿cuál es el criterio que distingue una de otra?; ¿por qué una mirada hacia el pasado, que pretende ver algo distinto de aquello que vio la corriente dominante, habría de ser más auténtica?.

(…) La idea de una historiografía desde abajo es un mito por el solo hecho de que, en la tradición historiográfica y cultural, ha existido siempre una lucha por determinar qué es abajo y arriba, central y marginal en estas relaciones de poder. Esta lucha es muy compleja, y lo que hoy se considera abajo, mañana seguramente vaya a considerarse una muy buena estrategia de las concepciones hegemónicas.

Pero si entonces no es posible deducir la pretensión de verdad de ciertas concepciones historiográficas a partir del lugar que ocupan en el plexo de conflictos sociales y políticos, ¿cómo podría ser posible siquiera acercarse a la (propia) historia?; ¿o es el constructo historia en sí mismo el que ha de atacarse, como sostiene Foucault?

"Todo aquello a lo que uno se apega para volverse hacia la historia y captarla en su totalidad, todo lo que permite retratarla como un paciente y continuo movimiento, todo eso hay que romperlo sistemáticamente. Hay que hacer pedazos el juego consolador del reconocimiento" (Foucault).

No coincido con Foucault en que sea el impulso a escribir la historia en sí mismo lo que deba abatirse y superarse, simplemente porque esto es imposible. Cuando en su concepto de genealogía Foucault exige "percibir la singularidad de los acontecimientos más allá de toda finalidad monótona", pasa por alto que un acontecimiento sólo se vuelve un acontecimiento perceptible y digno de ser percibido a través del contexto dentro del cual se lo interpreta.

Esta es exactamente la paradoja de la cual me ocuparé a continuación:

De la historiografía no puede decirse que sea o no correcta; sin embargo la historiografía no puede escapar a la compulsión de querer ser correcta. Ni siquiera el análisis genealógico de la historia, es decir, un análisis que contemple fracturas y enigmas, logra escapar a la tendencia de homogeneizar; porque es un análisis articulado desde la intencionalidad del observador y desde su ser así individual y social. …Por eso, cada declaración o enunciado exige para sí una pretensión de validez, al menos en el momento en que se manifiesta como acto comunicativo. Tal pretensión de validez no es ilimitada, ni atemporal, pero sí es absoluta en el instante en que se pretende hacerla valer.

También por esta misma razón toda interpretación exige coherencia interna. Tal exigencia no puede evadirse argumentando simplemente que la discontinuidad sea la esencia de la historia. Pretender que lo fractual sea la forma, hacer de la disociación una regla de pensamiento, es tal vez una fascinante estrategia del pensamiento; aunque una estrategia que no es más que un juego hipotético. El juego hipotético se acaba cuando se trata de algo concreto. Prescindir de la interpretación entendida como un "proveer de sentido", es decir, contextualizar, establecer correspondencias, en definitiva, prescindir de esquemas de interpretación que permitan extraer conclusiones convincentes y comprensibles, sería tanto como renunciar al propio lugar en el mundo, renunciar a la política. En este sentido, resulta inexorable a la hora de interpretar los acontecimientos del pasado dentro del análisis y el debate político, no perder de vista el contexto histórico ni las huellas dejadas por aquellos acontecimientos.

Y la palabra "inexorable" debe tomarse literalmente. La premisa de la que parto es que la historiografía de izquierda o la "historiografía de los afectados" no es tanto un develar de las mentiras de los sectores dominantes, como tampoco es un acto soberano de deconstrucción genealógica de su historia, sino más bien un acto de autoafirmación (…)

Nosotros, los que alguna vez fuimos o todavía somos autónomos, consideramos al tiempo-ahora poco movilizante. Es decir: las carencias individuales prácticamente no se traducen en acciones colectivas de resistencia o apropiación. Y esto se debe en parte a que se han perdido las utopías, pero también a que se ha perdido la confianza en el contenido utópico del propio deseo.

…Con la caída de la fuerza historiográfica propia de un accionar por naturaleza resistente, el ser de izquierda deja de ser una pretensión política para convertirse en una mera forma, una identidad política. La confrontación cede ante el debate acerca de la confrontación; la movilización se lleva a cabo en un salón, el espacio virtual del simbolismo político. …En el análisis en torno a la pérdida de las utopías, la historiografía se vuelve, por un lado, un sustituto de la política: la voluntad o la acción conjunta ceden ante la memoria colectiva; y por el otro lado, una labor de aprovechamiento de los residuos en el mercado de la producción de sentido y del entretenimiento. La historiografía también refleja la necesidad de sellar las grietas en la propia identidad política.

W se halla frente a una consigna que veinte años atrás escribía sobre las paredes y aclamaba en manifestaciones. "No crean a los medios ni una sola palabra: ¡Stammheim (1), eso era la muerte!" Estaba absolutamente convencido de su lema y lo habría defendido contra el mundo entero. Hoy el mundo entero opina distinto, W siente que ya no puede sostener la verdad de su consigna sin un contexto que avale su opinión y lo contenga. Ya no puede volver atrás la duda acerca de si su consigna es correcta. ¿Acaso W se ha convertido ahora en aquél del que antes prevenía?

Aquí es donde se traduce lo que en el comienzo presenté como una compulsión interior por adoptar una perspectiva coherente. Pues se cae en un vacío de conocimiento cuando las convicciones que construyen la identidad se desmoronan: ¿acaso yo misma fui captada por la propaganda de los sectores dominantes? ¿mi visión está tan perturbada que no tengo la más mínima confianza en lo que digo? ¿o es que en aquel entonces estaba ciega y deslumbrada, da lo mismo el porqué? ¡En ese tiempo tenía tanta certeza de conocer la verdad como la tengo ahora! ¡Si antes estaba convencida, y hoy soy la misma persona, entonces hoy puedo volver a equivocarme de la misma manera! Pero ¿cómo puede uno representarse una imagen de sí mismo como la de alguien que se representa una imagen falsa de sí mismo?. La respuesta es una sola: ¡Yo es otra! Y esa necesidad de salirse de sí mismo determina la visión de los acontecimientos del pasado y la historia que se construye en consecuencia.

(…)

En definitiva, el éxito de todos los procesos de confrontación y superación del pasado depende de que sus constructos no se desmoronen frente a las tantas huellas delatoras, que hay siempre en todas partes. Por lo tanto, el procedimiento más efectivo es el de una revisión de las concepciones políticas que no niegue, que no ignore concepciones políticas pasadas opuestas a la propia, sino que simplemente las integre mediante una adecuada interpretación, que las incorpore como un fenómeno más de un contexto explicativo más amplio. (…)

Este cambio de perspectiva sobre las relaciones históricas se vuelve dominante y (de la misma manera aunque en sentido inmanente) imbatible, en la medida que no niega su cambio, sino que lo integra como fundamento de su argumentación. La figura de la falsa conciencia necesaria recoge este principio: en la medida que la conciencia contempla sus estados anteriores como fenómenos de un necesario estadio de transición colmado de errores, se considera a sí misma como el punto final correcto de una evolución. En consecuencia, aquello que se ha impuesto es siempre lo correcto. Hegel era un gran estratega de este tipo de construcciones históricas. ¿Acaso la vieja izquierda, que certifica su propio pasado, da cuenta de los acontecimientos acaecidos en tanto contribuye a reformular postulados históricamente exitosos en postulados metahistóricos correctos? ¿Intenta evadir el desgarramiento entre la postura política disidente, desesperanzada y marginal, y las concepciones hegemónicas cuando toma de las posturas que se han impuesto en la sociedad sus aspectos aparentemente objetivos?

(…)

Toda interpretación es siempre un combate y los argumentos objetivos, una artimaña para imponer indirectamente el criterio personal.

"El surgimiento, o la emergencia, se produce siempre en un determinado estado de relación de fuerzas. El análisis del surgimiento debe reconocer y exhibir el juego, la manera como luchan unas contra otras, su combate contra las circunstancias adversas, y también su intento -dividiéndose entre ellas mismas- por escapar a la degeneración y revigorizarse a partir de su propio debilitamiento" (Foucault).

Estoy de acuerdo con Foucault en que sería bueno poder poner en evidencia el juego de las fuerzas. Pero esto no es posible sin el relato histórico propio, es decir, sin jugar un juego propio y ser parte del baile de las interpretaciones y reinterpretaciones. …Una apropiación de la historia por parte de la izquierda significaría, sobre todo, adoptar concientemente un punto de vista determinado y buscar el opuesto. Sólo así podremos reconocer en nuestra construcción de la historia la construcción resultado de nuestro reposionamiento en el presente. De cualquier modo, este juego de interpretaciones es principalmente importante para nosotros mismos.

Utilizan el pasado como cajón de ideas y revelador de palabras claves. En este sentido, resultan de gran importancia los archivos, colecciones, recuerdos, incluso revisiones críticas de la historia, a los que se les adjudica el rol de asesores de la política: se puede buscar en ellos, y se les puede arrancar lo que se necesita según el momento y las circunstancias. Pero este inventario no debería sobrecargarse con el peso de las desilusiones y (como yo opino) de las exigencias de sumisión al poder de lo fáctico. Las nuevas generaciones políticas tienen razones más que buenas para dudar acerca de si pueden aprender algo de sus antecesores. ¡Porque si ellos hubieran sabido cómo hacerlo mejor, lo habrían hecho mejor!


(1) Cárcel de máxima seguridad en la ciudad de Stuttgart donde se hallaban recluidos los principales miembros de la organización terrorista RAF (Ejército de la Fracción Roja) que murieron en extrañas circunstancias. Mientras que el gobierno alemán presentó un cúmulo de pruebas para fundamentar la tesis del suicidio colectivo, con el tiempo cobró mayor fuerza la idea de que el Estado los había ejecutado. N.d.T