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Grupo de Arte Callejero
Pensamientos Cartográficos II
Los mapas siempre nos atrajeron como forma de representación, como lenguaje gráfico, por su aparente objetivismo y por lo sintético de sus formas (como forma de transmitir una información que los trasciende, como si fueran la realidad misma y no el producto de trabajo humano que usa códigos preestablecidos y umbrales cuantitativos con mínimos considerables o criterios de clasificación con algún grado de arbitrariedad y homogénesis, como si no fueran armas que se blanden con intencionalidad en un enfrentamiento), un lenguaje tan emparentado con el lenguaje de señalética de control de tránsito que estamos acostumbrados a apropiarnos y subvertir.
Pero no eran sólo las herramientas gráficas y simbólicas las que abrieron un deseo cartográfico en el grupo, sino su relación con la información, la información misma y la posibilidad de que gatillaran discusiones estimulantes : la posibilidad de aprender juntos, de comprender en forma creciente la realidad sobre la que trabajamos nos parecía más accesible si lo hacíamos sobre mapas. Teníamos ganas de construír un espacio semanal de mayor elaboración, un paréntesis temporal para discutir sobre nuestro trabajo, no para suplantar el aprendizaje que se construye en la acción sino para entenderlo y potenciarlo. No nos interesaba el trabajo de representación total de un espacio bajo precisos criterios cartográficos como un fin, sino la investigación que surge como necesidad frente a una acción decidida por el grupo como colectivo o como parte de un colectivo más amplio.
Los mapas, los gráficos y los esquemas de relaciones dicen mucho, bien o mal, recortando más o menos, con lagunas de distinta dimensión y cantidad. Pero es mucho más lo que no dicen, por la obvia razón que una realidad de dimensiones múltiples, compuesta por innumerables realidades (no sólo por su alto número, sino por la imposibilidad de reunirlas a todas y tan distintas en el punto de un eje unidimensional), realidades relacionadas de modos múltiples, algunos de los cuales apenas podemos vislumbrar, que no caben en ninguna representación posible. Esas limitaciones inherentes a las herramientas y el uso que les da el poder no invalidan a las herramientas cartográficas ni a su construcción ni a su uso como arma política. Si no pudiéramos valernos de actos limitados, de palabras limitadas no podríamos hacer nada ni experimentar nada nuevo. Y del mismo modo que la apropiación de las máquinas del Sr Zanón o Brukman por sus empleados es un acto en que se gana autonomía, las herramientas simbólicas y conceptuales también pueden transformarse y transformarnos si sabemos apropiarnos de ellas. Es bueno ser cautos: la toma acrítica de las herramientas materiales y no materiales y de todos los actos que las vinculan nos puede hacer involuntarios reproductores de lo que no deseamos o neutralizarnos en la banalidad. Pero precisamente se trata de hacerlo de un modo creativo y crítico, confiar en que el trabajar colectivamente permita hacernos buenas sugerencias y advertirnos mutuamente los errores.
Esa necesidad 'cartográfica' no surgía puramente de un momento 'interno' del grupo, sino de nuestra relación con los demás, en un sentido amplio que incluye a lo que le pasaba a los compañeros de ruta, a las iniciativas de las nuevas y no tan nuevas identidades militantes, a procesos represivos que acompañaban el compás de la crisis pre-diciembre del 2001, con rasgos mezclados de continuidad y novedad en sus formas y en sus discursos. La originalidad de los sucesos del 19/20 y de los meses posteriores, las sorpresas alegres traídas por tantos cuerpos despiertos y eufóricos, y una sana desconfianza al exitismo autoreivindicativo y automonumental de muchas expresiones militantes, no hicieron más que aumentar nuestro deseo de construir como grupo una mayor comprensión del dinámico 'exterior' y de nuestra relación con él.
Estos y seguramente otros factores, entrelazados a los afectivos, explican la sensación de incertidumbre que vivíamos con cierto malestar, las ganas de seguir creando acciones juntos pero no quedarnos en lo mismo y sin saber cómo.
Esa era nuestra situación cuando nos encontramos con Andreas y Alice y decidimos encontarnos los sábados a la mañana para discutir formas de trabajo cartográfico. No teníamos claro hacia donde íbamos, pero la idea de utilizar mapas era un atractivo. Nuestra experiencia previa al respecto era el mapa Aquí Viven Genocidas, realizado en marzo del 2001 para los 25 años del golpe de Estado. El mapa mostraba los domicilios de los genocidas escrachados en la ciudad de Buenos Aires hasta ese momento, junto a las direcciones de los Centros Clandestinos de Detención (CCD). El día del aniversario lo pegamos en el trayecto de la marcha, sobre las paredes de la Avenida de Mayo, mientras repartíamos a los manifestantes una agendita plegable con la misma información. La manifestación fue multitudinaria y llena de energía, incluso alegre, lo cual nos llamó la atención. Había llovido durante toda la semana y ese sábado apareció un sol radiante. Domingo Cavallo acababa de ser nombrado por Fernando De la Rúa ministro de economía con superpoderes: una decisión que expresaba de un modo claro la continuidad de la pseudodemocracia con la dictadura. Fue como si los presentes hubieran rumiado ese hecho durante la lluvia en su casa y sentido la necesidad de salir con todo el cuerpo a repudiar la dictadura no sólo por lo que había pasado hace un cuarto de siglo, sino por lo que había seguido pasando hasta ese mismo momento. 'Pareciera que volvió la democracia' comentaba una amiga nuestra, hablando de una democracia que nunca existió pero parecía llegar en el '83.
La acción Aquí Viven fue muy bien recibida. Ni bien pegábamos los carteles se formaban grupos de gente alrededor que los estudiaban y buscaban a los escrachados que vivían en su barrio. Las agendas volaron de nuestras manos como si fueran empanadas calientes. Nos reíamos pero le pedíamos calma a la gente, que pedía agitadamente carteles para la escuela, para la oficina, para el sindicato, para la unidad básica.
La potencia de esta acción no hubiera sido posible sin la información que se ponía en juego. Esa información es resultado de lo que podría ser un lindo ejemplo de lo que el Colectivo Situaciones llama 'investigación militante'. La recopilación de datos no se construyó para esta acción, sino que se fue realizando lentamente y durante años por la agrupación H.I.J.O.S. y la Mesa de Escrache para cada uno de los escraches. Es una investigación realizada en forma colectiva que no busca acumular datos ni usarse como prueba de ninguna tésis, sino que forma parte íntima de una práctica de construcción de lazos sociales solidarios, de una lucha colectiva contra la impunidad: una práctica que produce múltiples formas de conocimiento.
A partir de Aquí Viven Genocidas, surgió la idea de utilizar en los preescraches un cartel específico: Aquí vive un Genocida, en el que se advierte a los vecinos la presencia de un genocida en su barrio y el lugar en el que vive. Esta herramienta 'cartográfica' y su uso explica lo que es la Escala 1:1. Apela a la perturbación de la relación de cada vecino con su espacio cotidiano y a ponerlo en estado de alerta por medio de la denuncia. Apela al escrachado, como una advertencia que la normalidad impune en la que vive llega a su fin, pues anuncia la llegada del escrache con todo su significado y consecuencias.
La instalación de señales de tránsito también hace uso de un ejercicio cartográfico a escala 1 a 1. Durante el movimiento de la columna del escrache, uno de nosotros lleva un mapa del barrio donde está marcado el itinerario. Esto permite determinar dónde se colocan las señales que anuncian la cercanía del domicilio del genocida.
La información nos parece de gran utilidad cuando forma parte integrante de una acción sobre cuerpos que transitan un espacio de disputa, o cuando permite conocer previamente a dicho espacio con mayor precisión, pero sabiendo que el espacio se transforma en la misma acción, de modos que no son siempre coincidentes con los objetivos compartidos. Es esa forma de conocer, en parte conciente y en parte no, en parte objetiva y en parte subjetiva, la dinámica que compartimos con mayor intensidad como colectivo y a la que llamamos escala 1 a 1, por oposición a la definición 1: 1000 1:1000.000 1 a n, de los mapas geográficos, escolares, demográficos o militares. Es la escala en la que vivimos la acción y nos movemos, nos detenemos, confrontamos, avanzamos o retrocedemos, es la negación de la representación de otra cosa, pues es la realidad vivida como inmediata y de manera compartida. El 1 a 1 entonces aparece como una reiteración de lo uno y único, o como una posibilidad de relación entre 2 cuerpos diferentes.
El trabajo que hicimos para la Bienal de Venecia fue un alejamiento de este tipo de trabajo. Un experimento que no salió bien. La invitación a participar en un espacio tan consagrado del autodenominado mundo del arte fue parte del fenómeno mediático de multiplicación de imágenes en todo el mundo de los sucesos de diciembre de 2001. De pronto nuestro trabajo era atractivo en espacios en los que éramos ignorados. No es algo que nos pasó sólo a nosotros sino a un amplio conjunto de colectivos y expresiones políticas que rápidamente se identificaron como representantes de un fenómeno de importancia mundial. La complejidad de la crisis argentina fue presentada y reducida por voces locales y de otros países como la rebelión de un pueblo frente al neoliberalismo. En la mayoría de los análisis estuvo ausente la importancia de los enfrentamientos entre sectores capitalistas y las luchas intestinas del poder en todos sus niveles. De ahí la sorpresa por la rápida recuperación de las instituciones que en algún momento se creyeron irreversiblemente quebradas y deslegitimadas. O el apuro en ver una derrota de las múltiples y enriquecedoras experiencias de contrapoder, como si se tratara de una partida de ajedrez entre opuestos equivalentes, que se disputan el mismo tablero y se mueven en tiempos sincrónicos.
Participar en la bienal era introducirse en un territorio que nos resultaba completamente ajeno. ¿ Podía tener algún sentido participar? ¿ Era posible generar algún hecho político en un espacio tan indolente y polimorfo? ¿ Corríamos ser fagocitados y asimilados por un sistema de producción y circulación de mercancías funcional al capitalismo? ¿ No estaríamos legitimándolo con nuestra única presencia y deslegitimándonos frente a los compañeros de ruta? ¿Qué tipo de acción, intervención u obra no sería funcional al sistema artístico constituido? ¿ Era posible pensar en ese territorio como un espacio válido para la denuncia de un hecho puntual? Esas eran las preguntas que nos hacíamos y que provocaban discusiones muy fuertes. No llegamos a una conclusión válida para cada una de ellas. Los que querían participar insistieron en la importancia de vivir la experiencia y sacar conclusiones de la misma. En aprovechar la situación para obtener recursos materiales que podrían utilizarse para acciones locales y que la fetichización de ese espacio por sectores del establishment artístico local o internacional podía utilizarse como una herramienta de intervención en el territorio de esos mismos sectores. Los que sentían más rechazo, plantearon su disgusto por lo que experimentaban como un desplazamiento del propio territorio, de la propia experiencia y un aporte demasiado generoso de nuestros esfuerzos y de nuestra identidad a la Sociedad del Espectáculo. No impidieron que la experiencia se realice, pero al no participar todos con convicción en todo el proceso tampoco estábamos construyendo una acción a partir de un verdadero consenso, con lo cual a la discusión sobre qué hacíamos le faltó potencia. Discutimos distintas posibilidades: realizar una denuncia sobre el mismo espacio de la bienal, pero eso requería de un conocimiento preciso del funcionamiento de ese territorio y sus relaciones con otros espacios: su contexto.
- Hacer un mapa de conecciones políticas y económicas entre Italia y Argentina durante la dictadura, pero no teníamos tiempo para realizar una investigación consistente.
- Hacer un grafitti que dijera 'No Estamos Aquí', pero era muy autorreferente y no arriesgábamos nada. - Exponer para la venta los cerámicos de la Fábrica Fasinpat (ex-Zanón) y escrachar al d ueño italiano, ligado a la dictadura y a los gobiernos constitucionales posteriores, pero nos faltaba una relación real con los trabajadores que habían tomado el establecimiento.
- También pensamos en hacer una góndola de supermercado en la que se ofrecían productos del GAC entre otras mercancías o utilizar el lenguaje de supermercado para presentar las armas que se estaban utilizando para la invasión de Irak.
Finalmente optamos por hacer un ejercicio cartográfico sobre una temática que veníamos discutiendo, la Cartografía del Control, y que formaba parte de los encuentros con Andreas Siekmann y Alice Creischer, con quienes realizamos el video sobre el Riachuelo que formaba parte de la instalación en Venecia. Se trataba de trabajar sobre el Riachuelo, como la frontera entre la capital y el sur del conurbano, un territorio devastado por las políticas represivas y económicas de los últimos 25 años. Nuestra intención era hacer una disección política y económica de esa línea fronteriza, en la que se producen enfrentamientos entre los Movimientos de Trabajadores Desempleados (los piqueteros) y las fuerzas de seguridad, señalando sus puntos geográficos claves, tanto para el control físico del movimiento de personas y mercancías como para la acumulación financiera. Es una zona militarizada, cuyos puntos de acceso principales, los puentes y las vías férreas, son disputados en el enfrentamiento.
El 26 de Junio del 2002 las columnas piqueteras que trataban de ingresar a la capital por el puente Pueyrredón fueron salvajemente reprimidas y se produjo el asesinato a sangre fría de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki por la policía. Distintos voceros del gobierno habían preanunciado la masacre, al advertir que defenderían el derecho a la circulación delos automovilistas a cualquier precio. El hecho no sólo significó un punto de inflexión en las movilizaciones de trabajadores desempleados y asambleístas, sino la oportunidad para establecer el calendario electoral que permitiría darle una salida al gobierno de Duhalde y buscar una salida institucional a la crisis legitimada por las elecciones. Unos meses después se produjo una ola de secuestros extorsivos, transformada y amplificada por los medios de comunicación como una crisis de inseguridad. Se promovió desde la iglesia y un conjunto de establecimientos educativos un cacerolazo contra la inseguridad. De pronto el ruido de las cacerolas parecía ahora implorarle al poder que haga algo. La esquizofrenia no era total ni compartida por todos: los vecinos de Jahuel, Ezeiza, quemaron una comisaría al determinarse que había efectivos de la bonaerense involucrados en el secuestro de Ezequiel, un chico que finalmente apareció muerto. Pero el montaje escenográfico permitió el desarrollo del Operativo Candado, con el cual se aumentó la presencia de miembros de las fuerzas de seguridad (Policía Federal, Bonaerense, Prefectura y Gendarmería) en las líneas de ferrocarril urbano y en los puntos de acceso a la capital. Con el pretexto de controlar el crimen, se desplegaba la maquinaria represiva sobre los movimientos sociales, recuperando sus espacios perdidos y avanzando sobre otros en los que por un tiempo estuvieron ausentes. Los policías implicados en casos de corrupción, gatillo fácil y secuestros extorsivos se presentaban nuevamente como manzanas podridas de instituciones necesarias para el bien ciudadano, discurso que no podía pronunciarse abiertamente desde los asesinatos de diciembre del 2001. Fue en ese contexto que realizamos la acción Para Muestra Basta un Botón: No es un sólo Policía, es toda la Institución.
En noviembre del 2002, a 5 meses de la masacre del Puente Pueyrredón, los MTD Aníbal Verón convocaron a la población a realizar una marcha masiva hacia la capital atravesando el mismo puente. Decidimos hacer una instalación de señales de tránsito que advertían la presencia de las fuerzas de seguridad. Realizamos una serie de figuras policiales que se repetían haciendo un efecto de zoom sobre las armas y los ojos, transformados en una mira telescópica. Estábamos contentos de participar de un modo activo en la marcha, que se percibía como una reactivación en la capacidad de movilización masiva de los piqueteros después del 26 de junio. Pero no estuvimos muy convencidos de la efectividad de la acción hasta que el desplazamiento de los manifestantes fue interrumpido por un fastuoso operativo policial en el puente mismo. Las señales cobraron su máximo sentido formando parte de esa situación de aparente inmovilidad, que duró horas e implicó una tensa espera, con las fuerzas de seguridad y los participantes de la marcha frente a frente. Los piqueteros mostraron una gran capacidad al contener a los convocados y evitar provocaciones. Finalmente y por resultado de negociaciones, la marcha pudo continuar y llegar al centro de la ciudad.
Era este tipo de experiencias las que nos impulsaban al ejercicio cartográfico y a las que quisimos volver como un acto de salud cuando nos sentimos saturados por nuestras discusiones sobre qué hacer frente a las convocatorias de los espacios institucionales, discusiones y actos que toman tiempo, un tiempo que le resulta precioso a un grupo que no vive de su actividad militante,y cuyos momentos compartidos son robados al tiempo laboral y al cotidiano. Se trataba de volver a la escala 1 a 1 con mayor conciencia de su valor.
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