La Normalidad
Del 15 de febrero al
19 de marzo de 2006
Palais de Glace
Posadas 1725
Buenos Aires
Entrada libre y gratuita
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Berlín 2003
Planes para huir de las visiones panoramicas

Los Parados Felices
En busca de recursos oscuros. ¿... y usted, que hace en la vida?


Lo que sigue va en contra de los hasta ahora válidos principios de los parados felices, a los que no les gusta empezar por la teoría. Prefieren en cualquier caso la propaganda mediante los hechos, o alguna fechoría, y sobre todo la inacción. Lo cierto es que todavía no existen resultados de investigación en el campo del paro feliz susceptibles de ser presentados aquí. Pero se echaba de menos unas explicaciones, porque los rumores -que hacían que los parados felices ya gozaran de cierta notoriedad secreta- no carecen de malentendidos. Malentendidos incluso acerca de aspectos elementales, es decir acerca de la felicidad y también del paro.
Para empezar, cuando uno habla de felicidad, el asunto se vuelve de inmediato escabroso. La felicidad es irresponsable. La felicidad es un sentimiento burgués. La felicidad es anti-europea. Y además, ¿cómo se puede ser feliz teniendo en cuenta la miseria, la violencia y las vienas que ahora cuestan 67 peniques aunque resulten ser poco más que insípidas bolsas llenas de aire?
Paul Watzlawick ya dio en el clavo en su libro "Construya usted mismo su propia infelicidad": "¿Qué tal si fuéramos absolutamente inocentes del pecado original? ¿Si nadie pudiera culparnos de colaboración? No cabe ninguna duda, en este caso somos puras víctimas. Que nadie se atreva entonces a cuestionar mi estatus de sacrificado o pedir que remedie mi desgracia. Lo que me fue infligido por Dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los genes y hormonas, la sociedad, los padres, los parientes, la policía, los profesores, los médicos, los jefes y, peor todavía, por los amigos, es tan injusto y causa tanto dolor que sólo con insinuar que yo pudiera hacer algo en contra es añadir el insulto al ultraje. Y además no es científico."
Para extendernos más sobre este tema, tendríamos que adentrarnos en las ciénagas de la psicología, ¡qué Dios nos libre de ello! Pero nos cruzamos con otros argumentos que van en contra del afán de felicidad. Se dice por ejemplo que el totalitarismo consiste en querer hacer feliz a la gente contra su propia voluntad. Respecto a ello, no hay que preocuparse sobre manera: los Parados Felices no pretenden imponer ninguna forma de felicidad a los demás. No tenemos poción mágica que ofrecer. Y en el plano programático, vemos la cosa tal como Lautréamont lo había formulado para él mismo en 1869:
"Hasta ahora, se ha descrito la desgracia para inspirar terror y lástima. Voy a describir la felicidad para inspirar lo contrario."


El paro: ¿problema o solución?

Pero vayamos al grano: todos sabemos que ya no se puede abolir el paro. Si la empresa marcha mal, se despide a los trabajadores. Si marcha bien, se invierte en la automatización y se despide igual. Antes se necesitaba mano de obra porque había trabajo. Ahora se necesita desesperadamente trabajo porque sobra mano de obra y nadie sabe que hacer con ella, porque las máquinas trabajan más deprisa, mejor y más barato. La automatización siempre ha sido un sueño de la humanidad. Hace 2300 años, el parado feliz Aristóteles ya decía:
"Si cada herramienta pudiera cumplir con su función por sí sola, si por ejemplo la aguja del telar pudiera trabajar sola, no necesitaría el maestro ningún ayudante y el amo ningún esclavo". Ahora se ha realizado este sueño pero como una pesadilla para todos, porque las relaciones sociales no han cambiado tan deprisa como la técnica. No obstante, este proceso ya no tiene marcha atrás: robots y máquinas jamás serán sustituidos nuevamente por obreros. Además, cuando todavía hace falta, se traslada la labor "humana" a países con mano de obra más barata, o es ejercida por inmigrantes extremadamente mal pagados. Semejante espiral descendente sólo podría desembocar en el restablecimiento de la esclavitud.
Todo el mundo lo sabe, pero esta verdad no se puede enunciar. Del lado de la oficialidad, se desata la "lucha contra el paro", pero en realidad se trata de luchar contra los parados. Para ello, se falsifican estadísticas, se "ocupan" -en el sentido militar de la palabra- a los parados, y se ejercen controles para fastidiar. Y como estas medidas nunca terminan de convencer, se les añade la moralina y se pide al parado que asuma que él tiene la culpa de su situación, exigiéndole pruebas de "búsqueda activa de trabajo". Todo para forzar la realidad a amoldarse a la propaganda. El Parado Feliz dice en alto lo que todo el mundo ya sabe.
"Paro" es desde luego una palabra chunga, un término con connotaciones negativas, la otra cara de la moneda trabajo. Un parado no es más que un obrero sin trabajo. No se dice nada acerca de esta misma persona como poeta, paseante, buscador, "respirante". En público, sólo se puede hablar de la falta de trabajo. Solamente en el ámbito privado, sin periodistas, sociólogos u otros espías delante, uno se atreve a ser honesto:
"Me despidieron, ¡de puta madre! Por fin voy a tener tiempo para ir a fiestas todas las noches, ya no tendré que comer platos recalentados en el microondas y podré hacer el amor sin trabas."
¿Será posible abolir esta separación entre sabiduría privada y mentira pública? Nos dicen que no es el momento oportuno para criticar el trabajo, que sería una provocación que les vendría de perla a los pijos. Hasta hace veinte años, los obreros podían cuestionar su curro y el trabajo en general. Hoy, sólo porque no están parados, tienen que fingir la satisfacción. Y los parados tienen que decir que están insatisfechos por el solo hecho de no tener trabajo. Así se disolvió la crítica del trabajo. El Parado Feliz se mofa de semejante chantaje.
Donde se ha perdido la ética del trabajo queda el miedo al paro como mejor látigo para aumentar el servilismo. [...]
En cambio, establecer un ambiente propicio a los Parados Felices contribuiría también a mejorar la situación de los trabajadores: su miedo a quedarse parado disminuiría y el coraje para decir "no" podría expresarse más libremente. Quizás un día la correlación de fuerzas volvería a estar favorable para los trabajadores. "¿Qué?, ¿quieren controlar si verdaderamente estoy enfermo o no? Si es así, prefiero ir a juntarme con los parados felices."
El trabajo es una cuestión de supervivencia. Nadie lo puede negar. He aquí lo que dice del asunto Bob Black, desde los Estados Unidos: "El trabajo es un crimen en serie, un genocidio. [...] En este país, el trabajo mata cada año entre 14 mil y 25 mil personas. Y esto sin contar las enfermedades profesionales, los accidentes del tráfico yendo al trabajo, o volviendo, o buscando uno, o buscando no pensar en él... Sin contar tampoco las víctimas de la contaminación, del alcoholismo y de la drogadicción ligados al trabajo. Así se tendría que multiplicar por seis el número de asesinados. Todo esto nada más para poder seguir vendiendo big macs y cadillacs a los supervivientes."
El zapatero o el carpintero se enorgullecían de su arte. Antaño, los astilleros podían emocionarse al ver zarpar el barco que habían construido. Esta sensación de ser útil a la comunidad ya no existe en el 95% de los curros. El sector "servicio" sólo emplea peones intercambiables atados a sus ordenadores, que no tienen ninguna razón para sentirse orgullosos. El sector "perro guardián", con sus policías, guardias jurados y técnicos en sistemas de alarma, es prácticamente el único que sigue creciendo, pero su utilidad social es bastante limitada: vigilar lo que sin ellos podría ser gratuito. Incluso un médico funciona cada vez más como representante/vendedor de los grandes consorcios farmacéuticos. ¿Quién hoy día puede decir que se siente útil para los demás? La cuestión ya no es: para qué sirve esta cosa, sino: cuánto se puede ganar con ella. El único objetivo de la producción es aumentar la ganancia de la empresa. En consecuencia, la única relación del obrero con su trabajo es su sueldo.


El dinero es el problema:

El paro existe justamente porque el dinero es la verdadera finalidad, y no la utilidad social. El pleno empleo significa crisis económica. El paro trae un mercado sano. ¿Qué pasa? Cuando una empresa anuncia que aniquilará x puestos de trabajo, todos los que especulan en la bolsa alaban su estrategia de saneamiento, suben las acciones, y pronto se dará un balance positivo de los beneficios. De modo que los parados participan en aumentar la ganancia más que sus ex-colegas de trabajo. Sería lógico entonces premiarlos por su contribución sin igual al desarrollo económico. Pero por lo contrario el parado no recibe ni un pimiento de esta ganancia que él ha creado. El Parado Feliz piensa que debería ser remunerado por su no trabajo.
Por lo pronto, nos referiremos a Kasimir Malevitch, el valiente creador del "Cuadrado negro sobre fondo blanco". En el año 1921, escribió en su libro "La Pereza: verdadera meta de la humanidad", que fue publicado en ruso hace tan sólo dos años:
"El dinero no es otra cosa que un pedacito de pereza. Cuanto más se tiene de aquello, tanto más se podrá disfrutar de las delicias de la pereza. [...] Bajo el capitalismo, el trabajo es organizado de tal manera que no facilita el acceso a la pereza a todas las personas por igual. Sólo pueden gozarla aquellas personas que poseen el capital. Así la clase de los capitalistas se ha librado de este trabajo del cual se tiene ahora que librar toda la humanidad"

Si el parado es infeliz, no es porque no tiene trabajo, sino porque no tiene dinero. Así que ya no deberíamos hablar de "demandantes de empleo" sino de "buscadores de dinero", ni de "búsqueda activa de empleo" sino de "búsqueda activa de dinero", para poner las cosas en su sitio. Como se va a ver a continuación, el Parado Feliz pretende paliar esta carencia con la búsqueda de recursos oscuros.

Calculen cuánto dinero en total los contribuyentes y las instituciones destinan "al paro", y dividan la suma obtenida por el número de parados: A ver..., ahí se vislumbran indudablemente muchísimos más ceros que los que encontramos en nuestras cuentas corrientes, ¿verdad? Lo grueso de lo que se gasta no es para el bienestar de los parados, sino para un mezquino control, citas inútiles, supuestos programas de formación que salen de ninguna parte y terminan en la nada, pseudo-trabajos por un pseudo-sueldo,... y todo ello con el único propósito de bajar artificialmente las estadísticas. Todo para mantener las apariencias de una quimera económica.
Nuestra primera propuesta se puede llevar a la práctica en seguida: poner fin a todas las medidas de control contra los parados, cerrar todas las oficinas del INEM, de estadísticas y de propaganda (esto será nuestra contribución a la reducción del gasto público), e ingresar el subsidio automáticamente y sin condiciones, incluyéndole las sumas así ahorradas.
El nuevo delirio conservador reprocha a los parados vivir a expensas del Estado providencia. Bueno, pero como muy bien sabemos, el Estado aún sigue existiendo y también cobra impuestos. Por eso no vemos ninguna razón por la que deberíamos renunciar a su apoyo. Aunque no estamos obsesionados con el Estado. A nuestro entender, el sueldo del paro feliz igual podría ser financiado por el sector privado, bien sea a través de sponsores, de la adopción, de impuestos sobre el capital, o también del chantaje. No tenemos preferencia.
Si el parado es infeliz es también porque el único valor social que él conoce es el trabajo. Ya no tiene nada que hacer, se aburre. Ya no tiene contactos, porque el trabajo es a menudo la única posibilidad de relacionarse. Y lo mismo vale decir también de los jubilados. Pero el causante de esta miseria existencial es por supuesto el trabajo y no tan sólo el paro. El Parado Feliz introduce nuevos valores sociales, aunque esto sea lo único que haga. Desarrolla contactos con mogollón de gente simpática. Se declara incluso dispuesto a impartir cursos de resocialización para trabajadores despedidos.
Porque todos los parados disponen de una cosa que no tiene precio: el tiempo. Esto podría llamarse una suerte histórica, la posibilidad de vivir una vida llena de sentido, alegría y razón. Se puede definir nuestro objetivo como una reconquista del tiempo. Somos entonces todo menos inactivos, cuando a la "población activa" sólo le queda obedecer pasivamente a los diseños y a las órdenes de sus superiores jerárquicos. Y es porque somos activos que no tenemos tiempo para trabajar.
Jacques Mesrine -alguna vez el enemigo número uno del Estado francés y autor del libro "El instinto de muerte"- tomó un día esta decisión:
"No quería que mi vida fuera planeada por otros. Cuando a las seis de la mañana tenía ganas de hacer el amor, quería dedicarle tanto tiempo como yo deseaba, sin mirar el despertador. Quería vivir sin reloj, porque con el medir del tiempo llegó la primera presión sobre la vida de los seres humanos. Las frases más frecuentes de la vida cotidiana sonaban en mi mente: "No tengo tiempo para...", "llegar a tiempo", "ganar tiempo", "perder el tiempo". Pero yo quería "tener tiempo para vivir", y la única posibilidad para lograrlo es no volverse esclavo del tiempo. Sabía lo irracional que era mi teoría y que con ella no se podía fundamentar una sociedad. Pero, ¿qué tipo de sociedad era aquella, con sus bonitos principios y leyes?"...


El cementerio de la moral:

Se nos replica que el parado feliz sólo es parado (sin-trabajo) en el sentido que hoy en día el uso común da a la palabra "trabajo", que es, en definitiva, el trabajo asalariado. A esto tenemos que contestar con firmeza que el parado feliz no busca trabajo asalariado pero tampoco busca trabajo como esclavo. Y sólo hay, que sepamos, dos tipos de trabajo: el trabajo esclavo y el trabajo asalariado. Bueno, es verdad que también existen estudiantes, artistas y otros listillos que no escriben o garabatean sobre cualquier papel sin presumir de estar haciendo un "trabajo" importante. Incluso los llamados "autónomos" no son capaces de organizar un "seminario" anticapitalista sin llevar "debates productivos" en grupos de "trabajo". Palabras pobres para pensamientos pobres.
No viene de ayer la carga de desgracia que conlleva la palabra trabajo. Siempre lo ha tenido [...] En alemán moderno, la raíz de la palabra arbeit significa "pena", "tormento", "actividad sin dignidad". En las lenguas latinas se sabe que la palabra "trabajo", "travail", etc., proviene de la palabra romana "tripalium", un instrumento de tortura con tres picos que se utilizaba contra los esclavos. En siciliano trabajar se dice fatigar.
El valor espiritual del trabajo como predestinación del ser humano en este mundo, lo promovió Lutero: "El hombre nació para trabajar, como el pájaro para volar", llegó a afirmar. Se podría opinar que querellarse por el sentido de una palabra no tiene tanta importancia. Pero si se confundiera la palabra "bebida" con "Coca-Cola", o la palabra "cultura" con "Carmen Sevilla", o incluso "actividad" con "trabajo", eso no dejaría de tener secuelas graves.
Cuando hablamos de trabajo o de paro, tratamos con categorías morales. Esta tendencia se agudiza día a día. Sólo hay que leer los periódicos para darse cuenta. "Una concepción del mundo venció a otra", se vanagloria un experto de Washington. "En vez de considerar que la pobreza tiene causas económicas, la nueva escuela de pensamiento que predomina ahora considera que la pobreza es consecuencia de un comportamiento moral erróneo".
Como cuando los curas vieron amenazado su monopolio sobre el espíritu, la moral sólo sirve para poner parches encima de la ruptura que se va ensanchando entre la realidad y su imagen ideológica. Quién diga a un parado: "Has pecado", espera que éste haga penitencia o dé prueba de su buena voluntad. En ambos casos, habrá reconocido la existencia de la culpa. Los lastimeros intentos para provocar la compasión de este mundo provocarán como mucho compasión. Sólo una risa superior podrá seriamente hacer tambalearse la moral.

Es innegable: Paul Lafargue, yerno de Karl Marx y autor del "Derecho a la pereza", es un modelo histórico para el Parado Feliz:
"Los economistas no tienen descanso en animar a los obreros: ¡Trabajad!, para que crezca la riqueza nacional. Y sin embargo, fue uno de ellos, Destutt de Tracy, que dijo: "Las naciones pobres son aquellas donde el pueblo está a gusto. En las naciones ricas el pueblo se encuentra normalmente miserable". Pero, idiotizados y ensordecidos por su propio griterío, los economistas siguen respondiendo: "Trabajad, proletarios, trabajad; multiplicad la riqueza nacional y a través de ella vuestra miseria personal. Trabajad, para que, cada vez más pobres, tengáis más razones para trabajar y ser miserables".
Sin embargo, no pedimos ningún derecho a la pereza. La pereza, al fin y al cabo, no deja de ser nada más que lo contrario del empeño. Donde no se reconoce el trabajo, la pereza pierde su sentido. No hay vicios sin virtud (y viceversa). Desde los tiempos de Lafargue se ha comprobado que el llamado "tiempo libre" concedido al trabajador, la mayoría de las veces llega a ser mucho más aburrido que el propio trabajo. No resulta suficiente entonces reducir el tiempo de trabajo y aumentar el tiempo libre. ¿Quién quisiera vivir entre tele, juegos interpasivos y viajes organizados? En cambio, nos solidarizamos al cien por cien con aquellos obreros españoles que, cuando hace poco se quiso en España acabar con la siesta bajo el pretexto de que amenazaba el mercado europeo, opinaban que por el contrario era la Unión europea que debería introducir la euro-siesta.
Hay que aclarar que el parado feliz no apoya a los partidarios de la reducción de la jornada laboral, los que piensan que el problema se resolvería si cada uno siguiera con su trabajo, pero sólo con 5, 3 o 2 horas diarias. ¿Qué chapuza es ésta? ¿Miro el reloj cuando preparo una comida para mis amigos? ¿Estoy pendiente de cuanto tiempo dedico a escribir este maldito texto? ¿Se calcula el tiempo cuando se hace el amor?
Pero ¡ojo!, esto no quiere decir que el Paro Feliz sea una nueva utopía. Utopía significa "lugar no-existente". El utópico diseña los planes exactos de una supuesta construcción ideal y espera que el mundo se amolde a ella. Al contrario de éste, el Parado Feliz es más bien "topista": tantea y experimenta con lugares y cosas que tiene al alcance de la mano. No elabora ningún sistema, sino que investiga todas las posibilidades para mejorar su entorno.
Un honrado corresponsal nos escribe: "¿El Parado Feliz anhela un reconocimiento social con la financiación sin condiciones que lo acompaña?, o ¿se trata más bien de subvertir el sistema a través de acciones ilegales como por ejemplo pinchar los contadores de la luz? La combinación de las dos estrategias no parece muy lógica: puedo difícilmente exigir aceptación social y a la vez fomentar el ilegalismo.
Bueno. El Parado Feliz no es ningún fanático de la ilegalidad. En su afán de hacer bien está incluso dispuesto a hacerlo a través de medios legales. Es más, lo que hoy en día es un derecho, antes era un crimen, como por ejemplo el derecho a la huelga. Y puede volver a ser considerado un crimen otra vez. Hablamos sobre todo de reconocimiento social. No nos dirigimos al Estado o a las instituciones públicas, sino a fulano y a mengano.
Ahí, ya escuchamos el coro de los teóricos de la lucha de clases: "Todo esto no es nada más que una válvula de escape para el sistema, gracias a la cual las capas desocupadas del proletariado muevan las funciones vitales que les quedan hacia rincones ilusorios, para suavizar las contradicciones del capitalismo. Mientras los Parados Felices se divierten, la burguesía puede extraer su plus-valía sin encontrar resistencia. ¡Traición!, ¡Traición!".
Cada paso adelante, y hasta incluso el solo hecho de respirar, puede ser calumniado como veleidad de adaptación. Pero no se trata de otra cosa: la posibilidad de respirar. La crítica social, por más aguda que sea, de poco sirve si su conclusión práctica no pasa de ser un eterno "Wait and see". Somos conscientes de que nuestro intento pueda fracasar por motivos diversos. Por ejemplo, puede quedar en una broma, un cachondeo sin consecuencias. La idea original puede también ser ahogada bajo toneladas de seriedad acartonada. También podría ocurrir que un grupito de parados se vuelva tan famoso que se conviertan en empresarios felices sin relación alguna con su entorno originario. Aquellos son riesgos, pero ninguna fatalidad. Ahora hemos lanzado la pelota. No depende sólo de nosotros si se termina en gol o no.


La ventaja de ser excluido:

Hoy, se dan múltiples movimientos e iniciativas contra los recortes sociales, contra el paro, contra el neoliberalismo, etc. Pero la cuestión es: ¿A favor de qué se debería declarar uno? Seguramente no del Estado de bienestar y del pleno empleo, ya que su reinstauración es de todos modos menos probable que la vuelta a la locomotora de vapor. Es más, lo que nos acecha podría resultar peor todavía: podemos muy bien imaginar que se les conceda a los parados la posibilidad de cultivar sus verduras e improvisar relaciones sociales en los terrenos baldíos o en los vertederos de basura de la posmodernidad, vigilados a distancia por una policía high-tech y entregados a una mafia cualquiera, mientras la minoría rica podría seguir con sus asuntos sin más preocupaciones. Los Parados Felices buscan una salida a esta terrorífica alternativa. Empezar es lo que importa.
Otra palabra clave de la propaganda oficial es la palabra "exclusión": los parados estarían excluidos de la sociedad y las almas generosas abogan por su reintegración. Un humanista de la Unesco explicó lo que significa esto en la "Cumbre Social" de Copenhague: "El primer paso para la integración social es ser explotado". ¡Gracias por la invitación! Hace tres siglos, los campesinos alzaban la mirada con envidia hacia el castillo del señor. Con razón se sentían excluidos de sus riquezas, de su nobleza, de su ocio, de los artistas de la corte y de las cortesanas. Ahora bien: ¿A quién le gustaría vivir como un ejecutivo estresado? ¿Quién sueña con llenarse la cabeza con renglones de cifras sin sentido, follar deprisa, beber sus Burdeos adulterados, y reventar finalmente de su infarto de miocardio? Nosotros nos excluimos de buenas ganas de esta abstracción dominante. Nosotros deseamos otro tipo de integración.
En los países pobres, millones de personas viven al margen de los circuitos de la economía de mercado. Cada día, los periódicos hablan de las plagas del llamado Tercer Mundo, de su horrenda cadena de hambrunas, dictaduras, guerras y enfermedades. Pero a pesar de todo, no se puede olvidar que al mismo tiempo que se da esta miseria (la mayoría de las veces importada) existe también otra realidad: una vida intensamente social, apoyada en tradiciones precapitalistas. Si se comparan con aquello, las sociedades occidentales parecen moribundas. Allí se desprecia el trabajo del hombre blanco porque no tiene fin ni finalidad-al contrario de los artesanos somalíes, por ejemplo, cuyas ganancias se gastan de golpe en una fiesta anual. La fórmula se ha hecho famosa: cuanto más bajo el Producto Interior Bruto por cabeza, tanto mayor la capacidad de la gente para gozar. El antropólogo Serge Latouche escribe en "El planeta de los náufragos":
"La actividad informal evidencia que la solidaridad es una forma de riqueza auténtica. Poner su pobreza en común con la esperanza de obtener abundancia no es nada irrealista. Los pobres son muchísimos más ricos de lo que uno piensa y de lo que ellos mismos piensan. La increíble alegría de vivir que asombra muchos observadores en los suburbios de las ciudades africanas resulta menos engañosa que los deprimentes cálculos objetivos de instituciones estadísticas que sólo toman en cuenta los parámetros occidentales de la riqueza y de la pobreza".
Claro, para un europeo existe el peligro de recrearse en un exotismo barato. Sin embargo, basta con escuchar lo que cuentan los mismos inmigrantes, que conocen por experiencia los dos mundos, para convencerse de la ventaja que tiene el Sur en cuanto a vínculos sociales. El egipcio Albert Cossery, en "Mendigos y orgullosos":
"En ese momento, su cara reflejaba todas las preocupaciones terrestres. Pero este estado de ánimo se lo imponía a sí mismo sólo de vez en cuando, para no perder la fe en su dignidad. Porque El Koldi pensaba que la dignidad sólo era fruto de la desgracia y la desesperación. Era la lectura de libros occidentales que había trastornado su espíritu de tal manera".
Los parados felices pueden aprender mucho de África y de otras culturas no occidentales. Y también desaprender. Por supuesto no se trata de imitar antiguos hábitos sociales, pero podemos encontrar en ellos una refrescante fuente de inspiración. Ya lo hicieron Picasso y los dadaistas cuando se inspiraron del arte africano.
Aquí sólo mencionaremos un ejemplo: hace algunos años, un grupo de sociólogos examinaron la vida de la población del Grand Goff, un barrio pobre de Dakar, Senegal. Se dieron cuenta que el ingreso real de una familia mediana de 12 personas es siete veces mayor a sus recursos oficiales. No vaya a creer que esta gente encontró la fórmula mágica para multiplicar por 7 los billetes de banco... Pero saben aumentar el rendimiento de sus precarias finanzas organizando su intensa circulación. Es imposible vivir en África sin pertenecer a una etnia, a un clan, a una familia ampliada, a un círculo de amigos. Dentro de cada una de estas redes, el dinero está sometido a una circulación permanente, a través de todo un sistema de regalos, donativos, préstamos y devoluciones, inversiones, participación a diversas "cajas de ahorros" informales... Así, cada miembro del grupo puede disponer, para salir de un apuro o financiar un proyecto, de una suma mucho mayor que sus magros recursos personales. Además, estos flujos monetarios sólo son uno de los aspectos de esta "economía de la reciprocidad", la cual consiste también en el intercambio de un sin fin de servicios de reparación, mantenimiento e instalación, fabricación de calzado y ropa, preparación colectiva de comidas, trabajo del metal y de la madera, servicios de salud y educación, sin olvidar la organización de numerosas fiestas que fortalecen la unidad del grupo, todas cosas en las cuales el dinero no juega ningún papel. Es la razón por la cual resulta imposible medir el "nivel de vida" de esas poblaciones con los criterios occidentales.
Imaginemos que este sistema se aplicase aquí: ¡los que reciben el subsidio dispondrían de golpe de 7 veces su valor! Lo que no resolvería todos los problemas, pero al menos aliviaría un poco lo cotidiano... Y encima, se beneficiarían de cosas que no se pueden comprar con dinero. La pregunta ¿cuánto dinero necesito para vivir bien? es insuficiente. Quien vive totalmente aislado, en un limbo asocial, jamás tendrá suficiente dinero para colmar su miseria existencial. Claro, aquí el beneficiario del subsidio conoce un gran impedimento: no está apoyado por ningún clan o ninguna costumbre. Todo tiene que ser reinventado. Pero, por lo menos, tenemos una ventaja: nuestras condiciones de vida no son (todavía) tan duras como las de los africanos, ¿verdad?
Ante los Parados Felices se extiende el campo abierto de la experimentación. Lo que llamamos nosotros la "búsqueda de recursos oscuros".
Como usted se habrá probablemente percatado ahora, nuestra relajación es ambiciosa, a la vez teórica y práctica, seria y lúdica, local e internacional (¡nada más que aquí en Europa, existen ya 20 millones de parados felices virtuales!). Un día, podrá Ud. decir con orgullo: yo he vivido el comienzo.