El ocaso de la víctima La creación se libra del rufián y se reencuentra con la resistencia [1]
SUELY ROLNIK
Subjetividad paradójica
La subjetividad es el laboratorio vivo donde se crean universos y
otros se disuelven. Son muchas las políticas de subjetivización y los modos de relación
con la alteridad del mundo que tales politicas implican, combinaciones variadas y
variables de dos modos de aprehensión y de relación con el mundo en cuanto materia: como
diseño de una forma o como campo de fuerzas; modos estos que, a su vez, dependen de la
activación de diferentes potencias de la subjetividad.
Conocer el mundo como materia-forma convoca la percepción, operada por los órganos de
sentido; en cambio, conocer el mundo como materia-fuerza apela a la sensación, engendrada
en el encuentro entre el cuerpo y las fuerzas del mundo que lo afectan. Aquello que en el
cuerpo es susceptible de ser afectado por estas fuerzas no depende de su condición de
orgánico, de sensible o de erógeno sino de carne recorrida por ondas nerviosas: un
"cuerpo vibrátil". La percepción del otro trae su existencia formal a la subjetividad, su
representación; mientras que la sensación le trae su presencia viva. Entre estos dos
modos de aprehensión del mundo reside una paradoja irresoluble: por un lado, los nuevos
bloques de sensaciones que pulsan en la subjetividad en la medida en que esta va siendo
afectada por nuevos universos y, por otro, las formas a través de las cuales la
subjetividad se reconoce y se orienta en el presente. Tal disparidad, ineluctable, acaba
por poner en jaque las formas actuales pues estas se convierten en un obstáculo para
integrar las nuevas conexiones con la alteridad del mundo que provocaron la emergencia de
un nuevo bloque de sensaciones y, así, dejan de ser conductoras de proceso, se vacían de
vitalidad, pierden sentido. Se instaura en la subjetividad una crisis que presiona y
produce incomodidad. Para responder a esta presión, se moviliza en el hombre la vida en
cuanto potencia de resistencia y de creación; es decir, la incomodidad lleva a crear una
nueva configuración de la existencia, una nueva figuración de sí, del mundo y de las
relaciones entre ambos; lleva del mismo modo a luchar por la incorporación de los nuevos
contornos, su existencialización.
Es la asociación del ejercicio de las dos fuerzas lo que garante la continuidad de la
vida, su expansión. Las múltiples transformaciones moleculares que de ahí resultan se van
acumulando y terminan por precipitar nuevas formas de sociedad, una obra abierta y en
proceso cuya creación es, por lo tanto, necesariamente colectiva. La paradoja en la
subjetividad y la crisis que tal paradoja provoca son, de esta manera, constitutivos del
proceso de individualización en su constante devenir otro, son sus disparadores. Esto
hace de cualquier modo de subjetivización una configuración efímera en equilibrio
inestable.
La práctica o no de estos dos modos de conocimiento y el lugar que cada uno de ellos
ocupa en la relación con el mundo definen modos de subjetivización que implican políticas
de relación con la alteridad cuyos efectos no son neutros. Tales políticas favorecen o,
por el contrario, constriñen la procesualidad de la vida, su expansión en cuanto potencia
de diferenciación, potencia que es, al mismo tiempo e indisociablemente, fuerza de
invención que descompone y compone mundos y fuerza de resistencia que garantiza el
cambio. En otras palabras: diferentes políticas de relación con el otro favorecen o
constriñen la potencia de la vida. ¿Cómo problematizar en estos términos la política de
subjetivización dominante en el contexto actual del "capitalismo mundial integrado" [2]?
Invención secuestrada
Algunos autores contemporáneos, especialmente en el entorno de Toni
Negri, afirman que a partir de los años 1970 u 80 el capitalismo viene haciendo de la
fuerza de invención su principal fuente de valor y el motor mismo de la economía. ¿Cómo
pensar este fenómeno desde el punto de vista de la política de subjetivización que
involucra?
Dos aspectos se destacan y entrechocan: por un lado, el conocimiento del mundo como
materia-fuerza tiende a ser desacreditado, lo que tiene como efecto su desactivación; por
otro, se intensifica brutalmente la paradoja entre los bloques virtuales de sensaciones y
las formas de vida actuales, hecho que intensifica igualmente la tensión y la
movilización de la fuerza de creación que esta disonancia provoca.
Muchas son las causas de la intensificación de esa disonancia. Por no referirnos más que
a dos de las más evidentes, nos atendremos, en primer lugar, al hecho de que la
existencia urbana y globalizada que se instaura con el capitalismo implica que los mundos
a que está expuesta la subjetividad en cualquier punto del planeta se multipliquen cada
vez más y varíen a una velocidad cada vez más vertiginosa; la subjetividad, de este modo,
resulta continuamente afectada por un torbellino de fuerzas de toda especie. En segundo
lugar, nos atendremos al hecho de que la necesidad de que se estén creando constantemente
nuevas esferas de mercado - necesidad inherente a la lógica capitalista - implica tanto
que tengan que ser producidas nuevas formas de vida que le den consistencia existencial
como que otras salgan de escena, junto con sectores enteros de la economía que se
desactivan. La asociación de estos dos factores, entre otros, acorta el plazo de validez
de las formas en uso, que se vuelven obsoletas antes incluso de que se haya tenido tiempo
de absorberlas; además, tal asociación impone la obligación de reformatarse rápidamente,
antes incluso de que se haya tenido tiempo de acusar las sensaciones que el cambio
suscita. Se vive en estado de tensión permanente, al borde de la exasperación, lo que
hace que muy frecuentemente se invoque la fuerza de invención.
Para agravar la situación, ese proceso se da en una subjetividad ciega a las fuerzas de
la alteridad del mundo, disociada del cuerpo vibrátil y, consecuentemente, sin acceso a
los nuevos bloques de sensaciones que movilizan su potencia de invención; cuerpo-brújula
que orienta la creación de territorios para hacerlos funcionar como actualización
existencial de tales sensaciones. Un manantial de fuerza de invención se libera,
entonces, sin que sea posible apropiarse de él para la construcción de mundos singulares
en consonancia con lo que pide el proceso vital. Es este manantial de fuerza de creación
"libre" lo que el capitalismo contemporáneo descubre como una mina virgen, poderosa
fuente de valor a ser explotada; fenómeno que Toni Negri y Cía. tuvieron la capacidad de
detectar y circunscribir.
Para extraer de la fuerza de invención su máxima rentabilidad, el capitalismo la
fomentará más aún de lo que ya la moviliza por su propia lógica, pero para hacer de ella
un uso perverso: como un rufián, la explota al servicio de la acumulación de plusvalía,
aprovechando y, de esa manera, reiterando su alienación con respecto al proceso vital que
la engendró; alienación esta que la separa de la fuerza de resistencia. Por un lado,
fuerza de invención acelerada y liberada de su relación con la resistencia y, por otro,
tensión agravada en el contexto de un abordaje de la alteridad del mundo disociada de su
aprehensión como materia-fuerza por parte del cuerpo vibrátil: tales son los dos vectores
que definen el modo de subjetivación del capitalismo en su actualidad.
Acelerada y liberada de su asociación con la resistencia, la potencia de invención es
capturada por el capital al servicio de la creación de territorios-estándar para
configurar los tipos de subjetividad adecuados a cada nueva esfera que se inventa. Son
territorios de existencia homogeneizados cuya formación tiene como principio organizador
- principio que se sobrepone al proceso y lo sobrecodifica - la producción de plusvalía.
Verdaderas "identidades prêt-à-porter" de fácil asimilación, acompañadas de una poderosa
operación de marketing que cabe a los medios fabricar y vehicular de forma de hacer creer
que identificarse con esas estúpidas imágenes y consumirlas es imprescindible para
conseguir reconfigurar un territorio y, más aún, que este es el canal para pertenecer al
disputadísimo territorio de una "subjetividad-lujo". Esto no es poco, pues, fuera de este
territorio, se corre el riesgo de muerte social por exclusión, humillación, miseria,
cuando no por muerte real; el riesgo de caer en la cloaca de las "subjetividades-basura"
- con sus escenarios de horror hechos de guerra, favelas, tráfico, secuestros, colas de
hospital, niños desnutridos, gente sin techo, sin tierra, sin camisa, sin papeles, gente
"sin"-; un territorio, en fin, que crece cada día. Si la subjetividad-basura vive
permanentemente la molestia de la humillación de una existencia sin valor, por su parte,
la subjetividad-lujo vive permanentemente la amenaza de caer en el territorio-cloaca:
esta caída, que puede resultarle irreversible, la asombra, la agita y la deja ansiosa en
una búsqueda desesperada de reconocimiento.
El proceso se completa beneficiándose del agravamiento de la tensión que crea un ambiente
propicio para el asedio de los medios que venden promesas de apaciguamiento garantizado
por la reconfiguración instantánea que el consumo de sus territorios-estándar-mercancía
supuestamente propicia. Tal operación inyecta en esa subjetividad fragilizada dosis cada
vez mayores de ilusión de que la tensión puede calmarse y la mantienen alienada de las
fuerzas del mundo que piden paso.
En el vértigo de este proceso que se acelera cada vez más, hay cada vez menos
oportunidades de conocer la realidad viva del mundo como materia-fuerza ("conocer" en el
sentido de hacerse vulnerable a sus resonancias); hay cada vez menos oportunidades de
escapar a esa disociación. No es posible dejar de entregarse al asedio non-stop de los
estímulos bajo pena de dejar de existir y caer en la fosa de las subjetividades-basura.
El miedo pasa a comandar la escena.
Sin embargo, como también nos señalan los que trabajan en el entorno de Negri, si el
capitalismo contemporáneo avivó la fuerza de invención para, como rufián, vivir de ella,
en contrapartida, la movilización de esta fuerza en el conjunto de la vida social ha
creado las condiciones para un poder de resistencia de la vida como potencia de
variación, probablemente sin comparación con otros períodos de la historia de Occidente.
En esto radica una ambigüedad constitutiva del capitalismo, su punto vulnerable. Por la
brecha de esa vulnerabilidad viene creciendo la construcción de otros escenarios, regidos
por otros principios.
¿Qué estrategias de subjetivización son las que desobstruyen el acceso al cuerpo
vibrátil, reconectan el poder de creación con el poder de resistencia y lo liberan de su
rufián? Responder a esta pregunta depende de que nos ubiquemos en una zona donde la
política y el arte se entremezclan, las fuerzas de resistencia de la política y las
fuerzas de creación del arte se afectan mutuamente y sus fronteras se vuelven
indiscernibles. Propongo que hagamos la prueba de situarnos en esta zona de hibridación
para vislumbrar estrategias de este tipo, primero, del lado de la política contaminada
por su vecindad con el arte y, después, del lado del arte contaminado por su vecindad con
la política.
Políticas de resistencia: "el acontecimiento Lula" Tomaré la reciente victoria de Lula en
las elecciones presidenciales de Brasil como ejemplo de estrategias que, en el ámbito de
la política, tienden a liberar la fuerza de creación de su sometimiento al rufián y a
reconectarla con la fuerza de resistencia. Más allá del hecho tangible de la elección, un
verdadero acontecimiento parece haber tenido lugar durante la campaña electoral: la
figura de Lula encarna la disolución de una subjetividad-basura en su versión brasileña;
subjetividad que es resultado de 500 años de una política de subjetivización colonial,
esclavista, dictatorial y capitalista; herencia histórica en la que se superponen
distintos regímenes de exclusión y segmentación que han llevado al país a la cima del
ranking mundial de la desiguladad social. El acontecimiento Lula es la deserción del
lugar de la subjetividad-basura y de su posición de víctima.
La figura de la víctima pertenece a una política de relación con la crueldad que consiste
en denegarla. La crueldad, condición trágica de la vida, se impone como necesidad vital
en función de la ya mencionada disparidad entre la aprehensión del mundo como
materia-forma y su aprehensión como materia-fuerza: cuando tal disparidad alcanza un
umbral, la crueldad ha de ser ejercida para que se deshaga un mundo que ya no tiene
sentido; ella constituye el carácter inexorable del movimiento vital, su "violencia
positiva" o "activa". Se ejerce por medio de la potencia de creación que inventa otras
formas de existencia y, coextensivamente, por medio de la potencia de resistencia, de
lucha por la construcción y defensa de esos nuevos mundos; sin esto la vida no sale
adelante.
Al tratarse, como sucede actualmente en el capitalismo, de una subjetividad escindida de
la realidad viva del mundo en tanto materia-fuerza, de acuerdo con los que vimos, las
potencias de resistencia y creación se disocian. La subjetividad no tiene cómo reconocer
la crueldad de la vida como causa de su asombro, por eso este se transforma en miedo y
desamparo. Restricta al conocimiento del mundo como materia-forma y, por tanto, al mapa
de la forma vigente con sus figuras y sus conflictos de intereses, para encontrar una
explicación y aliviarse, esa subjetividad proyecta en el otro la causa de su miedo y le
atribuye la autoría de la crueldad. Mobilizada por la experiencia de la crueldad, pero
pasada por el tamiz de esta interpretación, la fuerza de resistencia, en este caso, en
vez de dirigirse a la afirmación y defensa de nuevas formas de vida que se vuelven
necesarias, se dirigirá contra el otro. Tal fuerza es entonces capturada por la matriz
dialéctica como lucha entre opuestos: subjetividades reificadas en figuras identitarias
cuya lucha gira exclusivamente en torno al poder. Sin embargo, sea cual fuere el
vencedor, en términos de política de deseo, lo que vence en este caso es la fuerza del
conservadurismo que defiende la forma vigente: resistencia negativa que deniega el germen
de diferencia que pide paso y frena el acontecimiento de la creación de una forma de vida
que se hace necesaria para que el germen gane cuerpo y se actualice.
En esta política de resistencia reactiva, la multiplicidad de fuerzas en juego se
silencia y se encuadra en solo dos figuras subjetivas: víctima y/o verdugo, anverso y
reverso de una misma lógica. En el verdugo la lucha tiene como objetivo someter al otro
para que, tomado como objeto, pueda ser instrumentalizado al servicio de la conservación
de sí mismo y de su expansión en cuanto tal. Política perversa del ejercicio de la
resistencia en versión negativa, que toma la forma de la maldad y con ella se confunde.
Es la violencia en su ejercicio reactivo, que va desde la violencia explícita, física o
moral, hasta la violencia implícita de una forma "pacífica" que consiste en el respeto
políticamente correcto del otro sazonado a la piedad, que lo fija en un lugar
identitario. Si en el verdugo la "violencia negativa"es asumida explícitamente, en la
víctima se justifica como reacción a la violencia del otro, confinado en la figura del
"enemigo". O se ejerce implícitamente en un estilo quejoso, bajo la forma resentida y/o
de auto-conmiseración melancólica, que acaba con el otro por medio de la culpa; o se
ejerce explícitamente en un estilo rabioso, bajo la forma vengativa y/o paranoica.
Resentimiento y venganza, se trata de políticas de resistencia de la víctima que
responden como un espejo a aquello mismo que pretenden combatir: la lógica de la maldad,
violencia reactiva que esas políticas alimentan voluptuosamente.
Esta lógica de la resistencia reactiva es hegemónica en nuestra contemporaneidad: la
violencia tiende a ser siempre reducida a su versión negativa, concepción ampliamente
propagada por el capitalismo mundial integrado que de ella se sirve para cultivar el
miedo y el desamparo y, así, alimentar el modo de subjetivación que le da consistencia
existencial. Los medios son el principal vehículo de esta propagación cuyas estrategias
se han vuelto cada vez más refinadas, más hábiles y más eficientes. [Hoy, la
representación de una guerra del porte de la de Irak pasa por un único filtro mundial: la
CNN que ignora la violencia negativa del agresor - en este caso, los EE.UU. - y las
fuerzas aliadas del capitalismo mundial integrado. De esta violencia no se transmite
ninguna imagen y la guerra se interpreta como venganza contra la supuesta violencia
negativa del otro, o sea, "el árabe".] En el caso de Brasil esta micropolítica del
capitalismo se instaló con la dictadura militar y continúa hasta hoy.
Subyace en las dos figuras, la de la víctima y la del verdugo, la creencia en la
subjetividad-lujo y en la subjetividad-basura, en la jerarquía que marca su relación y,
por tanto, en el valor superior de la subjetividad-lujo, referencia ideal para ambas. En
la víctima, la subjetividad-lujo moviliza admiración, identificación y envidia, aquello
que el psicoanálisis califica como "identificación con el agresor". Por debajo tanto de
su reivindicación rencorosa como del ataque vengativo, hay en realidad una demanda
dirigida a la subjetividad-lujo tomada como modelo: demanda de valoración social, de
reconocimiento, de pertenencia, o sea, una demanda de amor dirigida al agresor.
El "acontecimiento Lula" es la desarticulación de la figura de la víctima. Un cuerpo que
habla desde otro lugar: el lugar de la aprehensión de la realidad viva del mundo como
materia-fuerza, que se presenta en la subjetividad como sensación. Un habla que,
producida desde este otro lugar, es portadora de la exigencia y de la libertad de
problematizar la configuración actual del mundo como materia-forma. Un tipo de
conocimiento que no se aprende en la escuela, ni tampoco en la mejor de las
universidades, sino en una verdadera exposición al otro como campo de fuerzas que afectan
al cuerpo vibrátil y agitan y convulsionan la subjetividad, obligándola a crear nuevas
cartografías de existencia como es el caso de crear un proyecto político para un país.
Lula se desplaza, por tanto, de una política de conocimiento del mundo que lo reduce a
sus formas e, indisociablemente, se desplaza de una política de deseo que naturaliza la
forma vigente y la jerarquía de valor social y de saberes que tal forma implica. En su
habla ya no hay lamento resentido ni ataque vengativo: la subjetividad-lujo pierde
integralmente su poder como referencia. De ahí la serenidad de la presencia de Lula: nada
que ver con el marketing para forjar una figura light de "paz y amor" que procura
tranquilizar a la elite, como quisieron sus opositores. Es esta cualidad de presencia la
que movilizó poco a poco una amplia adhesión, pues el desplazamiento de la política de
deseo que expresa es portadora de una potencia de contaminación de la subjetividad de los
brasileños, sobre todo de las subjetividades-basura que constituyen el 90% de la
población del país. Ese desplazamiento se autoriza, se propaga y llega a la victoria.
[Aunque el candidato adversario, en su desesperación frente a la amenaza de fracaso, haya
insistido agresivamente en el valor de la formación universitaria y en la movilización
del miedo de ser gobernado por quien no detenta este conocimiento, estos argumentos
perdieron todo poder de seducción.] Evidentemente, este no es un proceso que comienza con
Lula e, incluso, si consideramos su figura como una fuerza importante en la genealogía de
este desplazamiento histórico, no es algo que comience con la campaña electoral en
cuestión. [3]
Si consideramos que toda sociedad implica políticas específicas del deseo y de la
subjetividad, podemos vislumbrar que estamos frente a un pasaje irreversible de un mundo
a otro aunque haya, y seguramente las habrá, muchas idas y vueltas. Estamos frente a un
momento histórico significativo y no solo por la alegría de una victoria de la izquierda
sino, especialmente, por tratarse de un candidato que reúne en sí varias categorías de
subjetividad-basura: obrero metalúrgico, emigrante nordestino, inmigrante habitante del
conurbano de San Pablo al cual le falta un dedo que alguna máquina se tragó en sus
tiempos de tornero mecánico, un brasileño, en fin, que, para completar, "habla mal" el
portugués. Este es solo el aspecto más obvio, por no decir el más ingenuo, de esa alegría
y, aún más, el más peligroso pues puede confundirse con esperanza, afecto triste que
alimenta mesianismos, populismos y toda especie de ideales de un mundo fusional sin
diferencias y, por tanto, sin crueldad, sin resistencia, sin creación, sin vida.
Realmente vital es la alegría por las señales de vaciado del inconciente
colonial-esclavista-dictatorial-capitalista que mantiene a los brasileños rehenes de una
jerarquía que los fija en la posición de subjetividad-basura, víctimas de un supuesto
destino trascendental.
Si el mundo vuelve los ojos hacia Brasil en este momento es porque la disolución de la
figura de la víctima habla sobre una necesidad que trasciende el escenario nacional.
Encarnar esta figura es un vicio secular de la izquierda que supone mantener la
subjetividad reducida al conocimiento del mundo como materia-forma, temer la violencia
positiva de la crueldad inherente a la vida y por eso denegarla, proyectar su causa en el
otro y ejercer violencia reactiva contra él. Vicio que transforma la crueldad del
movimiento vital en maldad humana y separa la vida de sus potencias de creación y de
resistencia.
La fórmula que el acontecimiento Lula propone para el tratamiento de este vicio nefasto
consiste en activar el acceso al cuerpo vibrátil que permite a la subjetividad descubrir
al otro como campo de fuerzas de un mundo distinto al suyo, fuerzas que afectan tal
subjetividad y frente a las cuales esta puede desear correr el riesgo de exponerse. Se
trata de una fórmula que consiste en encarar la crueldad tanto liberando la potencia de
creación de la disociación del cuerpo y de la captura que de ella hace el capital, como
liberando la potencia de resistencia de su interpretación por parte de la matriz
dialéctica y de su trasmutación en maldad. Están dadas las condiciones para una política
de deseo en la cual resistencia y creación se reencuentren en un cuerpo que se abre a las
fuerzas del mundo. ¿No será exactamente esta la tan esperada "apertura" que, desde los
años de la dictadura militar, los brasileños denominaron democrática? Recordando que la
víctima es una presencia inconveniente también en las prácticas culturales, especialmente
las de cuño más explícitamente político, cabe preguntarse: ¿estaría esta figura
desvanesciéndose de la misma manera en esta escena? ¿Cómo puede escapar a la erotización
de la víctima la creación artística en sus interfaces con la resistencia? Aún más, ¿cómo
puede participar activamente de la desinversión de ese personaje nefasto en todo el
cuerpo social? Y en un sentido aún más amplio: ¿cómo se aúnan creación y resistencia en
las prácticas artísticas de la actualidad si nos ubicamos en esa zona en la que la
política y el arte se entremezclan, afectan sus fuerzas recríprocamente volviendo sus
fronteras indiscernibles?
Políticas de la creación: prácticas artísticas en la actualidad Si consideramos que la
práctica artística consiste en actualizar sensaciones, hacerlas visibles y decibles,
producir cartografías de sentido, y que la sensación es la presencia viva en el cuerpo de
las fuerzas de la alteridad del mundo que piden paso y llevan a la quiebra a las formas
de existencia en vigencia, podemos afirmar que actualizar estas fuerzas es socializar las
sensaciones, comunicando a un colectivo las nuevas composiciones de fuerzas que lo
afectan y lo hacen derivar hacia nuevas configuraciones.
Decir que la fuerza de invención se encuentra no solo movilizada sino celebrada e
intensificada en todo el campo social significa decir que el ejercicio de la creación no
se encuentra ya confinado al arte como una esfera específica de actividad humana. Esta
situación le plantea al arte nuevos problemas y le exige nuevas estrategias. ¿Por medio
de qué estrategias las prácticas artísticas estarían operando su función crítica en el
momento actual? ¿Cómo estarían promoviendo la reconexión de las potencias de creación y
de resistencia, de los afectos estético y político?
Permanecer simplemente en el gueto del "arte" como una esfera separada a la que se
confinaba la potencia de creación en el régimen anterior es correr el riesgo de
mantenerla disociada de la potencia de resistencia y limitarla a ser fuente de valor para
que el capital, su rufián, viva de ella. Riesgo de verse reducido en tanto artista a la
función de proveedor de droga pesada de identidades prêt-à-porter con sus lotes de
cartografías de sentido impregnadas de glamour, para ser comercializadas por los dealers
de turno en el mercado en ascenso de subjetividades con síndrome de abstinencia de
sentido y de la propia silueta. Llevada al límite, esta posición corresponde al cinismo
de algunos artistas cuya creación se orienta por el deseo de pertenencia a esa escena
glamourizada y que se ofrecen voluptuosamente a la explotación por parte del rufián.
Sin embargo, tampoco se trata de insistir en la cantinela de la necesidad de reconectar
arte y vida del mismo modo en que esta cuestión se planteaba en la modernidad pues, si
arte y vida siguen disociadas, ya no se debe a la desactivación de la creación en el
conjunto de la vida social y su confinamiento en el gueto del arte: esta situación ya fue
resuelta por el capitalismo antes y de manera más eficaz que por el arte. Si existe una
disociación - y es evidente que existe -, ciertamente se desplazó y se volvió, al mismo
tiempo, más sutil y más perversa. Se trata de una operación que es de gran complejidad y
que puede incidir sobre diferentes etapas del proceso de creación y no únicamente en la
final y más evidente, cuando la disociación incide sobre sus productos reificándolos o
como "objetos de arte" separados del proceso vital en función del cual se realizó la
creación o como fuentes de plusvalía de glamour que se asocia al logotipo de empresas y
hasta de municipios como, por ejemplo, el de Bilbao. En este caso, el glamour aumenta el
poder de seducción del logotipo y, por lo tanto, su poder de movilizar la identificación
y el deseo de consumo, lo que favorece su éxito comercial.
En la actualidad, algunas prácticas artísticas parecen manejarse de un modo especialmente
eficaz con el problema planteado arriba. Su estrategia consiste en la inserción sutil y
precisa en puntos de desgarramiento de la estructura social en los cuales pulsa una
tensión por la presión de una nueva composición de fuerzas que piden paso; se trata de un
modo de inserción movilizado por el deseo de exponerse al otro y correr el riesgo de tal
exposición en vez de optar por la garantía de una relación políticamente correcta que
confina al otro a una representación y protege la subjetividad de una contaminación
afectiva. La "obra" consiste en traer a la existencia tales fuerzas y la tensión que
provocan y esto pasa por la conexión de la potencia de creación con un pedazo de mundo
aprehendido como materia-fuerza por el cuerpo vibrátil del artista y, coextensivamente,
por la activación de la potencia de resistencia. Se inventan "dispositivos
espacio-temporales de otro estar-junto" [4]: la presencia viva de esta actitud encarnada
en una práctica artística tiene poder de contaminación y de propagación en los medios en
los cuales se inserta, directa o indirectamente. Estando movilizada tanto en este medio
como por todas partes, la fuerza de creación, al ser autorizada a reconectarse con el
mundo como materia-fuerza y a ser ejercida como potencia de resistencia, gana una
oportunidad para liberarse del destino perverso que la destituye del poder de inventar
cartografías singulares que actualizan las mutaciones que en las sensaciones están en
curso. La obra propiamente dicha es este acontecimiento.
¿Qué otras estrategias artísticas estarían enfrentando los problemas que aquí observamos?
¿Qué otros problemas estarían siendo planteados por la disociación entre resistencia y
creación en el ámbito de las prácticas artísticas? Y, en el ámbito de otras prácticas
sociales ¿cómo estarían reactivándose e imbrincándose el afecto político y el afecto
estético, potencias esenciales para una salud vital en cualquier actividad humana?
Encontrar direcciones de respuesta a estas preguntas es una tarea que no puede realizarse
individualmente. Tal trabajo depende de la acumulación de experimentaciones
infinitisimales en toda la trama del tejido de la vida colectiva.
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