Los movimientos post-socialistas, el acontecimiento y la política
MAURIZIO LAZZARATO
Las jornadas de Seattle constituyeron un verdadero acontecimiento político
que, como cualquier acontecimiento, produjo, en primer lugar, una mutación
de la subjetividad, es decir de la manera de sentir. La consigna Otro mundo
es posible es sintomática de esta metamorfosis. Con relación a otros
acontecimientos políticos del siglo que acaba de terminar, el desfasaje es
radical.
La consigna no remite, por ejemplo, a la lucha de clases y a la necesaria
toma del poder. No nombra al sujeto de la Historia (la Clase obrera), ni a
su enemigo (el Capital), ni la lucha a muerte que los opone. Se limita a
anunciar que algo "posible ha sido creado", que nuevas posibilidades de
vida son "actuales" y que se trata de "realizarlas". Se ha expresado la
posibilidad de otro mundo, pero aún falta llevarla a cabo. Así, hemos
entrado en una nueva atmósfera intelectual, en otra constelación
conceptual.
Lejos de mí pensar que el, o la, que inventó dicho enunciado tenía en mente
que "mundo" y "posible" son conceptos fundamentales de la filosofía de
Leibniz. Pero la expresión vagamente leibniziana del enunciado existe e "
insiste " en cada manifestación, en cada panfleto: sí, otro mundo es
posible.
***
Antes de Seattle, otro mundo era solamente virtual. Ahora es actual, pero
es un actual que falta llevar a cabo. La mutación de la subjetividad debe
inventar el ordenamiento espacio-temporal que permita una reconversión de
los valores que la nueva generación (que creció tras la caída del muro,
durante la fase de expansión norteamericana y el nacimiento de la nueva
economía) supo crear.
Se trata de una creación doble, de una doble individuación, de un doble
devenir que se confronta con los valores dominantes. Aquí es donde podemos
definir el " conflicto " con lo que existe. Estas nuevas posibilidades de
vida chocan con la organización de los poderes en ejercicio y los valores
establecidos.
En el acontecimiento observamos todo lo que una época tiene de intolerable,
así como las nuevas posibilidades de vida que permite. Lo problemático es
el modo del acontecimiento. El acontecimiento no es la solución a un
problema sino una apertura de posibles. Así, para Mikhail Bakhtine el
acontecimiento revela la naturaleza del ser como pregunta o como problema,
de manera que la esfera del ser- acontecimiento es la de las "respuestas y
preguntas".
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Para tratar de comprender los comportamientos políticos de los así llamados
movimientos post-socialistas, necesitamos una teoría del acontecimiento y
de la multiplicidad. Utilizaremos la neo-monadología de Gabriel Tarde,
quien inauguró, en más de un sentido, la lectura de Leibniz en el siglo XX.
Pero, nosotros también podríamos haber utilizado los cuentos de Jorge Luis
Borges, y principalmente "El jardín de los senderos que se bifurcan", que
seguramente ustedes conocen mejor que yo.
A partir de La obra de Gabriel Tarde, todas las relecturas de la filosofía
de Leibniz (ante todo Whitehead y Deleuze), buscarán alguna modalidad en
sus conceptos para salir de la filosofía del sujeto.
De Kant a Husserl, pasando por Hegel y Marx, todos explican la constitución
del mundo y de uno mismo a través de la ontología de la relación sujeto
/objeto y a través de su variación ínter-subjetiva. Peter Sloterdijk señaló
el importante papel que esas filosofías del sujeto tuvieron en la
modernidad, y que, en su más alto nivel, desembocan en las teorías del
trabajo, cuya culminación es la obra de Marx.
Para el paradigma del sujeto-trabajo y especialmente para el marxismo, la
constitución de sí mismo y del mundo está pensada como producción, como
hacer, como exteriorización del sujeto en el objeto, como transformación y
dominación de la naturaleza y del otro mediante la objetivación de las
relaciones subjetivas. Nosotros, en cambio, trataremos de pensar el proceso
de constitución a partir de una teoría del acontecimiento, la única, en
nuestra humilde opinión, capaz de percibir la crisis del concepto de clase
y la crisis del concepto de individuo, es decir, la crisis de las teorías
socialistas y liberales y la emergencia de la multiplicidad y sus formas de
conflictos y de resistencia.
En las teorías liberales, a los individuos se los presupone como ya
constituidos, libres y autónomos, mientras que en las teorías socialistas
se sabe de antemano lo que es un colectivo (el paso de la clase en sí a la
clase para sí es un falso devenir). Actualmente, nos encontramos frente a
una situación inédita: las individualidades y los colectivos, no son el
punto de partida sino el de llegada de un proceso abierto, imprevisible,
riesgoso, que debe crearlos, inventarlos juntos.
En la neo-monadología de Tarde, las mónadas (el sujeto en el lenguaje de
Leibniz) tienen dos características principales: permiten pensar la
relación entre singularidad y multiplicidad, (como alternativa a la
oposición entre individualismo y holismo) y permiten concebir la actividad
ya no como un hacer, un producir, sino como efectuación de los mundos de
acuerdo con las modalidades del acontecimiento.
En efecto, la mónada es al mismo tiempo singularidad y multiplicidad. Es
multiplicidad porque contiene todas las relaciones que constituyen el mundo
donde está implicada. Es singularidad, porque sólo expresa claramente una
parte de este conjunto de relaciones (el resto constituye el fondo sombrío,
pero activo de su proceso de individuación).
Para decirlo en un lenguaje sociológico, lo social está incluido,
virtualmente, en el individuo, pero se expresa desde un punto de vista
particular (singularidad). La mónada (la singularidad), por lo tanto, es
para Tarde, une sociedad, un espacio público de ella sola.
El modo de existencia de las mónadas es la diferencia. Las mónadas son
singularidades irreductibles, nombres propios (Adán, César, yo, usted,
etc.), substancias individuales. A tantas mónadas, tantas substancias
individuales, diferentes. Y, agrega Tarde: " noten bien esto, diferentes
". De este modo retoma y lleva a su término la desubstancialización del ser
comenzada por Leibniz.
La actividad de la mónada no remite a un hacer, sino a una creación, a un
comienzo y a la realización de esta creación (o a la prolongación de este
comienzo que inaugura una cadena de acciones imprevisibles), según las
modalidades de lo virtual y de lo actual.
Hemos visto, muy, muy rápidamente (pido disculpas por esta caricatura de la
neo-monadología), algunos conceptos que Tarde toma prestados a la filosofía
de Leibniz. Pero su neo-monadología se distingue radicalmente de la
monadología leibniziana cuando se trata de describir el proceso de
constitución del mundo a través de las mónadas, es decir cuando se trata de
pensar el estar juntos, la cooperación y la coordinación de la
multiplicidad de singularidades irreductiblemente diferentes.
En la filosofía de Leibniz las mónadas están sometidas a una doble
condición: de cierre y de selección. En la monadología, cualquier fenómeno
no es más que una nebulosa que puede ser conducida a acciones que emanan de
una multitud infinita e innumerable de agentes. Las mónadas no tienen
puertas ni ventanas y, por lo tanto, no se comunican directamente entre sí.
Este politeísmo implica el acuerdo universal (la armonía preestablecida) de
esta multiplicidad de seres, todos independientes y autónomos, todos
irreductiblemente singulares y cerrados sobre sí mismos.
A diferencia de las mónadas de Leibniz, las mónadas tardianas no son una "
cámara oscura donde el mundo se pinta en tamaño reducido y bajo un ángulo
especial ", sino un universo en sí (un mundo posible) o con aspiraciones de
serlo, que produce su propia temporalidad y su propio espacio, en lugar de
existir en un tiempo y un espacio universales. Las mónadas son abiertas,
tienen puertas y ventanas y actúan unas sobre otras. Las mónadas "se
entre-penetran recíprocamente en lugar de ser exteriores unas a otras", de
manera que el proceso de constitución ya no remite a una trascendencia
(Dios), sino que es inmanente a las dinámicas de la multiplicidad.
Para Leibniz la providencia divina opera la constitución del mundo por una
doble selección o, más precisamente, por una misma selección que se
articula en dos momentos.
El primero es la armonía, la convergencia de las mónadas. Pero en el
entendimiento de Dios hay una infinidad de mundos posibles. Y dentro de esa
infinidad opera la segunda selección, haciendo que uno solo pase existir.
Los otros mundos, que tienen una existencia virtual, no son imposibles,
sino incomposibles, incompatibles unos con otros. Según Leibniz, el mundo
donde Adán no ha pecado es incomposible con el mundo donde Adán ha pecado,
pero no imposible. Adán pecador y Adán sin pecado sólo son contradictorios
si se los incluye en un mismo mundo. Pero si, como pretende Leibniz, los
mundos son infinitos, entonces Adán pecador y Adán no pecador existen en
mundos diferentes que son incompatibles uno con el otro.
La situación que describe Tarde es totalmente diferente y entra en sintonía
con nuestra actualidad. Nosotros nos encontramos en una situación donde lo
que no era posible con la filosofía de Leibniz se realiza. Todos los mundos
incompatibles pueden pasar a existir al mismo tiempo. Los mundos
divergentes, los mundos que se bifurcan ya no están sólo en el
entendimiento de Dios. Se puede encontrar una magnífica descripción de esta
situación en los cuentos de Borges.
Como destaca Deleuze " sería globalmente posible, dado que la
incomposibilidad es una relación original diferente de la imposibilidad y
de la contradicción."
La ontología de Tarde es radicalmente diferente de la que se ocupa de la
filosofía del sujeto. Para ésta, y para las teorías que a ella se refieren,
no hay más que un mundo posible, construido por el sujeto. Las filosofías
del sujeto (o del trabajo) son teorías de la identidad, dado que implican
un solo mundo posible. Las ciencias sociales construidas sobre este modelo
sólo podrán ser teorías del equilibrio o de la contradicción que, de manera
diferente pero complementaria, remiten a la identidad.
La neo-monadología nos ofrece un mundo bizarro, poblado por una
multiplicidad de singularidades, pero también por una multiplicidad de
mundos posibles. Nuestra actualidad asiste al tronar de esos mundos
diferentes que quieren realizarse al mismo tiempo. Eso implica otra idea de
la política, de la economía, de la vida y del conflicto.
Pero volvamos a nuestras mónadas: a las oportunidades y a las dificultades
adonde las colocó la muerte de Dios.
Las mónadas se encuentran en una situación embarazosa por partida doble.
Son libres e impotentes a la vez, dado que, tras la muerte de Dios no
pueden actuar sin la colaboración de buena parte de otras mónadas. "
Librada a sí misma una mónada no puede nada. Ese es el hecho capital, y nos
da pie para explicar otro hecho que es la tendencia de las mónadas a
agruparse".
Como la fuerza de la mónada no es infinita sino determinada, debe
arreglarse con otras mónadas para aumentar su potencia por medio de
relaciones de apropiación, de captura.
Pero también se confunde porque, sin Dios y sus armonías, la mónada se
encuentra a caballo de una infinidad de mundos posibles, y puede participar
de varios mundos a la vez.
Esta doble impotencia (de verse librada a sí misma y estar a caballo de
diferentes mundos) es lo que la mónada de Tarde heredó del Dios de Leibniz.
En realidad no se trata de una desventaja sino de una oportunidad por
partida doble: el poder de selección, es decir, de ordenar las series de
mónadas y armonizar su relación, y la posibilidad de crear una infinidad de
mundos. Ha heredado el poder de creación y de constitución.
La providencia (el poder de ordenamiento y de coordinación o de
convergencia) es inmanente a la mónada. Constituye su singularidad.
***
¿Cómo calificar el conflicto en esta nueva ontología de la que hemos
esbozado sus líneas generales? ¿De qué manera se despliega el combate en
esta nueva situación donde diferentes mundos posibles coexisten dentro del
mismo mundo? ¿Qué quiere decir "resistir" y "crear" cuando lo incompatible
es la condición de la existencia de la multiplicidad?
La tradición política occidental, a partir de la democracia griega se
constituyó alrededor de la existencia de un solo mundo posible. La política
siempre fue pensada bajo la forma de una totalidad, de uno: la ciudad, la
nación, la clase.
Tanto el concepto polémico o guerrero de la política (la relación amigo /
enemigo o la relación entre clases en lucha por el poder), como su versión
comunitaria (el todo como expresión de las categorías sociales o como
representación de los iguales en derecho, o de la comunidad entre
hermanos), tienen en común el hecho de pensar la lucha o el estar juntos
dentro de un mismo mundo compartido.
Al contrario, a lo largo de los siglos XIX y XX, emerge una multiplicidad
que despliega su poder inventando y realizando diferentes mundos posibles.
El poder de cada mónada y de sus formas de coordinación se expresa en la
creación y en la realización de una multiplicidad de mundos que no tienden
a la unidad, a la totalización, sino a su proliferación litigiosa y
heterogénea.
El proceso de constitución de la multiplicidad rompe radicalmente con la
manera de pensar y de practicar el estar juntos y el conflicto propio de la
tradición política occidental.
Sin embargo la dinámica de poder de uno y la dinámica de potencia de la
multiplicidad coexisten en el mismo mundo, ya no como universo
contradictorio, sino como incompatibles. ¿Cómo se articulan ambas lógicas
desde el punto de vista de los movimientos?
Me parece que, a partir del 68, los movimientos políticos y las
individualidades operan en dos planos a la vez: el que les impusieron las
instituciones (que funciona de acuerdo con la lógica de un solo mundo
posible) y el elegido por los movimientos y las individualidades que es el
de la creación y la realización de una multiplicidad de mundos posibles. El
poder establecido no puede reconocer esta nueva dinámica, so pena de
implosión, de derrumbe de sus instituciones; y los movimientos no pueden
abstraerse en la creación de sus mundos posibles, ignorando el mundo de la
política, so pena de impotencia.
Los movimientos post-socialistas despliegan su potencia según la lógica de
la diferencia, y no la de la contradicción. La política de la diferencia no
significa ausencia de conflicto, de oposición, de lucha, sino su radical
modificación.
En lugar de desaparecer el conflicto, la oposición y la lucha, estamos en
presencia de su desdoblamiento, de su despliegue en dos planos asimétricos.
En el primero, los movimientos políticos y las individualidades se
constituyen conforme a la lógica del "rechazo", de estar en "contra", de la
división. A primera vista, parecen reproducir la separación entre "nosotros
y ellos", entre el amigo y el enemigo, una característica de la lógica del
movimiento obrero o simplemente de la política. Pero este "no", esta
afirmación de la división, se dice de dos maneras diferentes. Por un lado,
está dirigido contra la política y expresa una separación ontológica
radical de las reglas de la representación o de la división dentro de un
mismo mundo; por otra parte, es la condición de una apertura a un devenir,
a una bifurcación de los mundos y su composición conflictiva, pero no
totalizadora. En este caso, el rechazo y la división son la condición de la
invención de un estar juntos que se despliega según las modalidades de
cooperación entre cerebros que tratamos de describir. Acá, en este segundo
plano hay litigio, conflicto, porque las fuerzas siempre se expresan para
tener, poseer, aprehender, pero no hay enemigo.
En el primer plano la lucha es secesión y la misma se expresa como huida de
las instituciones y de las reglas de la política. Las instituciones, los
partidos políticos y los sindicatos están literalmente vacíos de
"participación". Uno simplemente se sustrae, se va como se fueron los
"pueblos del este" del socialismo real, atravesando las fronteras o
recitando in situ la fórmula de Bartleby "I would prefer not to", hubiera
preferido que no.
En el otro plano, las singularidades individuales y colectivas que
constituyen el movimiento (movimiento de los movimientos, de acuerdo con la
definición surgida a partir de Seattle) despliegan una dinámica de
subjetivación, que a la vez es afirmación de la diferencia y composición de
un común imposible de alcanzar.
En el primer plano, se presupone que el "pueblo" siempre espera, en el
segundo, "falta" y siempre seguirá faltando porque jamás puede coincidir
con él mismo (el feliz excedente, caracteriza, según Bakhtine, la acción
del "pueblo"). Sólo en el segundo plano puede establecerse la comunidad
"imposible" de los hermanos, los iguales, pero como un estar juntos que
jamás se fusiona en un todo pacífico.
Secesión en el primer plano y constitución (actualización y realización de
los mundos) en el segundo; prácticas de huida y de sustracción a lo
político en el primero y estrategias de "empowerment" de mundos posibles en
el segundo.
Los movimientos y las individualidades pasan con cierta facilidad de un
plano a otro (planos que, repito, no son contradictorios sino
incompatibles), mientras que el poder establecido se ve obligado a
permanecer en un solo plano, el del todo, el del uno, de la totalidad.
Nuestra hipótesis es que los movimientos políticos y las individualidades,
después del 68, rompen radicalmente con la tradición socialista y
comunista. Rompen radicalmente porque la lógica de sus tradiciones se
encuentra totalmente adentro de la visión "totalizadora" de la política
occidental y a menudo ha funcionado, sobretodo en el siglo XX, como
represión, como bloqueo de la potencia de la multiplicidad.
Esta nueva dinámica opaca el comportamiento de los movimientos y de las
individualidades, y los torna incomprensibles para los politólogos, los
sociólogos, los partidos políticos y los sindicatos. Se habla, entonces, de
despolitización, de individualismo, de cooking, de repliegue en lo privado,
o sea un montón de idioteces que oímos a diario y que son regularmente
desmentidas por la emergencia de luchas, de formas de resistencia y de
creación.
***
Soy consciente de lo difícil que resulta percibir estas dinámicas; que las
categorías son más débiles que las prácticas, que todavía no poseen un
vocabulario adecuado.
Para comprender mejor las modalidades de despliegue de las estrategias de
los movimientos y de las singularidades post-socialistas, las
confrontaremos con uno de los más interesantes análisis contemporáneos de
lo político. Jacques Rancière, retornando a las fuentes de la política
occidental intenta rehabilitar la tradición más auténticamente
revolucionarias del movimiento obrero. Este retorno a los principios de la
política occidental y del movimiento revolucionario, tal vez nos permita
verificar la ruptura radical que anima las prácticas de los movimientos
post 68 con esas tradiciones.
Rancière quiere reintroducir el concepto de una democracia conflictiva, una
democracia del disenso, en contra del vacío consensual de la política
contemporánea. Al "tumulto económico de la diferencia que se llama
indistintamente capital o democracia", él opone la división como práctica
de todas las "categorías" que son "víctimas" de la política, que sufren el
"agravio" de su exclusión de la igualdad.
¿Qué es lo político, se pregunta Jacques Rancière? es el encuentro
litigioso de dos procesos heterogéneos. El primero, llamado policía,
"consiste en organizar el agrupamiento de los hombres en una comunidad y su
consentimiento, y está basado en la distribución jerárquica de los lugares
y de las funciones".
El segundo proceso es el de la igualdad, o de la emancipación que consiste
en el juego de las "prácticas guiadas por el presupuesto de la igualdad de
todos con todos y la preocupación por verificarlo."
El encuentro entre el proceso igualitario y la policía se produce en "el
tratamiento de un agravio", pues cualquier policía, por el hecho de
distribuir los lugares y las funciones, está agraviando a la igualdad.
El proceso de emancipación siempre es puesto en movimiento en nombre de una
"categoría" a la que se le niega la igualdad, "trabajadores, mujeres,
negros u otros". Sin embargo, la puesta en práctica de la igualdad no es la
manifestación de lo propio o de los atributos de la categoría en cuestión.
La emancipación es un proceso de subjetivación que, a la vez, es un proceso
de "des-identificación o de desclasificación", dado que la lógica de los
sujetos que encarnan el conflicto e intentan demostrar la igualdad es
doble: por un lado plantean la pregunta "¿somos o no somos ciudadanos?", y
por el otro afirman "lo somos y no lo somos."
En el fondo, se trata de una variante fiel a la más revolucionaria
concepción de la política y del conflicto de Marx, tal como reconoce el
mismo autor: la clase como disolución de todas las clases. La clase obrera,
mientras trabaja para constituirse contra la policía que atenta contra la
igualdad, trabaja también para su propia destrucción como clase.
Pero, ¿por qué la des-identificación y la desubjetivación jamás lo lograron
en la tradición del movimiento obrero? ¿Por qué, en lugar de ser un
operador de la desclasificación, la clase siempre funcionó como fuerza de
constitución de sí misma como un todo? ¿Por qué siempre fue un operador de
identificación?
No creo que tan decepcionantes resultados puedan atribuirse a la traición
de los dirigentes sino a algo más profundo, contenido en el paradigma del
sujeto-trabajo y que Rancière expresa a su manera. Emanciparse no es hacer
una secesión, sino afirmarse como co-compartiendo, en el litigio, un mundo
común. Emanciparse es afirmar la pertenencia a un mismo mundo, "que sólo
puede decirse en la polémica, un agrupamiento que solo puede hacerse en la
lucha". La demostración de igualdad es "probarle al otro que hay un solo
mundo".
La política es la constitución de un "lugar común", aunque no sea un lugar
de diálogo o de búsqueda de consenso al estilo Habermas, sino un lugar de
división.
Creo que los movimientos y las individualidades post 68 se constituyen como
negación de esta ontología que funda la política en la pertenencia y en la
prueba de que "hay un solo mundo". Cambiando una cita de Deleuze a
propósito de Leibniz que utilicé anteriormente, podríamos decir: "lo que
los movimientos y las singularidades no quieren es la idea de un solo
mundo".
Los movimientos de mujeres, una de las "categorías" citadas por Rancière,
son los que llegaron más lejos, tanto en la teoría como en la práctica, en
la estrategia de doble propósito que tratamos de describir. Por un lado,
parecen acompañar fielmente el recorrido trazado para demostrar la
igualdad: ¿somos iguales a los hombres? Aquí hay realmente una división,
rechazo, conflicto, con la policía que define los lugares y las jerarquías
de los sexos y los géneros.
Tal como pretende Rancière, esta afirmación es al mismo tiempo una obra de
desclasificación de la división en géneros operada por la policía. Pero,
justamente ahí, se produce la ruptura radical con relación al modelo
propuesto por Rancière. La desclasificación no puede hacerse en el espacio
político clásico, aún si se lo define como el "pueblo", la división, la
prueba de la igualdad tal como menciona Rancière. La subjetivación es la
des-identificación de los géneros, pero sólo puede desarrollarse como
constitución y proliferación de mundos posibles que huyen, que hacen
secesión del mundo "común y compartido" que es el fundamento de la política
occidental.
Aquí no hay subjetivación posible, porque no hay diferencia posible. En lo
político no hay ni espacio ni condiciones para desplegar un ordenamiento de
la diferencia y de la repetición. Aquí, la potencia de invención, la
desubjetivación, el acontecimiento, no pueden ser más que una "excepción"
que debe ser controlada y delimitada por procedimientos específicos. La
creación de posibles no puede ser la regla, sino la excepción.
Los movimientos de mujeres han tenido la sabiduría de jamás pensar en la
"politización" de los mismos; en la constitución de un partido u otra forma
de institucionalización en el plano del uno, (lo que no se contradice con
la utilización de las instituciones - como sabemos, las cosas diferentes se
tornan contradictorias sólo si se las refiere a un solo mundo).
Para los movimientos post-socialistas, la demostración de la igualdad no es
más que la condición de una apertura al devenir, a procesos de
subjetivación heterogéneos.
En los movimientos de mujeres, después de la primera etapa de afirmación de
la igualdad, según la doble lógica invocada por Rancière, se abrió el
debate sobre los límites del concepto de género y diferencia sexual y sobre
la multiplicación de las "identidades" que también son procesos de
subjetivación heterogénea; "identidades mutantes que son un devenir
múltiple, un devenir monstruo, una actualización de los "mil sexos", del
"infinito de monstruosidades que esconde el alma humana": las lesbianas,
los transgéneres, los transexuales, las mujeres de color, los gays.
La "critica feminista del feminismo", uniéndose al pensamiento
post-colonial y el de las mujeres de color, se concentró en la
"des-construcción" del sujeto "mujer", saliendo así de la trampa de los dos
mundos (masculino /femenino) a uno solo (heterosexualidad). Los "sujetos
excéntricos" (Teresa de Lauretis), las "identidades fracturadas" (Donna
Haraways), "movientes", los "sujetos nómadas" (Rosi Braidotti), piensan y
practican la relación entre diferencia y repetición a partir del lugar
donde Rancière se detiene (a través de esta extraña y "aporética"
categoría de las "identidades post-identitarias").
Los conceptos de género y de diferencia sexual del primer feminismo,
construido sobre la lógica de la "demostración de la igualdad", no
alcanzaban e inclusive eran un obstáculo para la comprensión de las
"relaciones de poder que se (re)producían y se (re)producen inclusive
dentro del mundo de las mujeres; relaciones que generan opresión entre
mujeres y entre categorías de mujeres, y relaciones que esconden o reprimen
las diferencias internas de un grupo de mujeres o aún en cada una de
ellas." (Teresa de Lauretis)
Las mujeres no son sólo una "clase" que fusiona las diferencias en un
sujeto colectivo totalizador, sino una multiplicidad, un pachtwork, un todo
distributivo. "Nuestra supervivencia exige que contribuyamos con todas
nuestras fuerzas a la destrucción de la clase - mujeres - ... Somos
traidoras a nuestra clase de la misma manera que lo fueron los esclavos
"marrones" norteamericanos al escapar de la esclavitud..." (Monique Wittig).
Corremos el riesgo de caer en el "mito de la-mujer" dice Witting, de la
misma manera que el movimiento obrero cayó en el mito de la clase, acotamos
nosotros.
A través de los movimientos de mujeres, la huída de la clase (del
salariado, del capitalismo, del patriarcado) se asemeja, y reinventa la
estrategia de huída de la esclavitud.
Esta muy importante salida práctica de la dialéctica de los géneros
(construida todavía sobre la lógica de dualismos, a la manera de los
dualismos socialistas de clase), permite, siempre según Teresa de Lauretis
hacer que funcione el análisis de la microfísica de Foucault como
"comprensión de lo social como campo diferenciado de las relaciones de
poder" y dar cuenta de lo que antes traté de decir. En el segundo plano, la
constitución de los movimientos no es un proceso pacífico, porque las
fuerzas sociales que allí se expresan siempre se relacionan entre sí a
través del tener, la apropiación y la aprehensión, aunque sea fuera y
contra la lógica del amigo y del enemigo.
***
Rancière nos propone reconstruir la trampa donde cayó el movimiento obrero
y que los movimientos post-feministas supieron evitar. Según Rancière , "La
esencia de la política es la manifestación del disenso, como presencia de
dos mundos en uno solo". De acuerdo con el movimiento post-feminista la
política es la manifestación del disenso, pero como construcción de una
multiplicidad de mundos para tornarse uno solo, como bifurcación de las
series de mundos incompatibles dentro del mismo mundo. La diferencia es
notable y resume por sí sola la distancia entre los movimientos actuales y
la tradición del movimiento obrero.
La última afirmación de Rancière que citamos, "dos mundos en uno solo", me
recuerda de manera irresistible los muy bellos y breves textos del camarada
Mao sobre la dialéctica, donde él se expresa en el lenguaje de la poesía
popular, jamás igualada, si "el uno se dividiera en dos y el dos se
compusiera en uno".
Dicho sea de paso, las prácticas post-feministas son un banco de pruebas
para la ontología contemporánea. El desprecio con el que Alain Badiou habla
de los feminismos demuestra, en mi humilde opinión, la verdad de su teoría
del acontecimiento, inutilizable para los movimientos post-socialistas. La
diferencia se lee, también aquí, a la manera de Platón: pretender, como los
sofistas, "todo o cualquier cosa". Lo que altera el principio de selección
(o de división, de la demostración de la igualdad) y pervierte el
raciocinio de "la" política de clase.
En el espacio político de la tradición occidental, no se puede afirmar más
que la identidad y la igualdad (somos mujeres y somos iguales a los
hombres). Pero la igualdad, sin la proliferación de los mundos posibles es
un poderoso medio de integración en la política, en la identidad y en la
unidad.
La igualdad debe someterse a una política de la diferencia que no es el
"tumulto del capital y la democracia" (Rancière), sino la invención y la
realización de la multiplicidad de mundos, el devenir diferente,
conflictivo, de las subjetividades.
Me parece que aquí el problema no es el de demostrar la igualdad, sino
demostrar la diferencia. Una demostración (negativa) de la diferencia en
tanto que separación, división, rechazo de la política (tanto consensual
como litigiosa) y una demostración (positiva) de la diferencia en tanto
que virtual, creación y realización de mundos posibles.
***
No se trata de oponer ambos campos de lucha: el de la igualdad y el de la
diferencia. Se trata de saber que el primero no es más que una condición,
una especie de zócalo ontológico que los movimientos pretenden
irreversible, para desplegar el segundo.
Los movimientos post-socialistas luchan por la igualdad, pero como premisa,
como condición de una política de la diferencia. El ejemplo que da
Rancière, el del movimiento estudiantil de 1986 contra el CIP, un programa
de gobierno que quería implantar la selección en la universidad (y que, por
lo tanto, era un agravio a la igualdad), es sintomático de las estrategias
de los movimientos políticos contemporáneos y de sus subjetividades.
Los movimientos se oponen a las políticas selectivas, no igualitarias. Pero
no pueden subjetivarse en este campo. Necesitan otro plano de inmanencia
para expresar la desubjetivación y la des-identificación.
En efecto, estos movimientos "defensivos" desaparecen una vez que se
alcanza el objetivo. Algo así se produjo con el movimiento del 95 -las
condiciones de reproducción de la "vida" no se tocan - o también con las
movilizaciones después de la primera vuelta de las elecciones
presidenciales de 2002 en Francia contra el candidato de extrema derecha Le
Pen. No queremos volver atrás, pero no es aquí, en el terreno del
antifascismo, en el campo de la defensa del Welfare, de la defensa del
empleo y las conquistas sociales donde podrá desarrollarse una política
post-socialista de la multiplicidad. Aquí los movimientos son prisioneros
de la democracia consensual o litigiosa, dos caras de una misma moneda,
como lo demostró la historia del socialismo en los países occidentales.
El intento de "politizar" estos movimientos, saliendo o quedándose en este
campo, está destinado a un fracaso seguro (ejemplo: la decepción de los
verdes y los comunistas). En el terreno del poder estamos "en contra", nos
rehusamos a aceptar las reglas de lo político, pero nos constituimos en
otra parte.
Estos movimientos desaparecen del espacio político consensual o litigioso y
aparecen en otra parte. ¿Dónde los hemos visto emerger?
1° en los movimientos anti-globalización bajo una forma "política"
2° en la constitución de las islas del archipiélago, en la trama del
pacthwork de la cooperación entre cerebros que, para no medirse
directamente con la política, no dejan de ser lugares de procesos de
subjetivación radicales.
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